Monday, April 9, 2007


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FORMARSE.COM.AR

 

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CABALLO DE TROYA 6 (HERMÓN) – J. J. BENÍTEZ

 

SÍNTESIS DE LO PUBLICADO

 

Enero (3)

 

Las Fuerzas Aéreas Norteamericanas inauguran la operación secreta deno-

 

minada Caballo de Troya. Un ambicios o proyecto científico que sitúa a dos

 

pilotos en el año 30 de nuestra era. Concretamente, en la Palestina de Jesús

 

de Nazaret.

 

El objetivo es tan complejo como fascin ante: conocer de primera mano la vida

 

y los pensamientos del llamado Hijo del Hombre.

 

Jasón y Eliseo, responsables de la expl oración, viven paso a paso -casi minuto

 

a minuto- las terroríficas jornadas de la Pasión y Muerte del Galileo. Y com-

 

prueban que muchos de los sucesos narrad os en los textos evangélicos fueron

 

deformados, silenciados o mutilados.

 

Tras el primer «salto» en el tiempo, Jasón, el mayor de la USAF que dirige la

 

operación y autor del diario en el que se narra esta aventura, experimenta

 

una profunda transformación. A pesar de su inicial escepticismo, la proxi-

 

midad del Maestro conmueve sus cimientos interiores.

 

Marzo (1973)

 

Los responsables de Caballo de Troya deciden repetir el experimento. Algo

 

falló…

 

Además, en el aire han quedado algunas incógnitas. Una, en especial, esti-

 

mula la curiosidad de los científicos: ¿qué ocurrió en la madrugada del do-

 

mingo, 9 de abril del año 30? ¿Cómo explicar la misteriosa desaparición del

 

cadáver del rabí de Galilea?

 

Jasón entra de nuevo en Jerusalén y as iste, perplejo, a varias de las apari-

 

ciones del Maestro. La desconcertante experiencia se repite en la Galilea. No

 

hay duda: el Resucitado es una realidad física… Esta vez, la Ciencia no tiene

 

palabras. No sabe, no comprende el cómo de aquel «cuerpo glorioso».

 

Jasón se aventura en Nazaret y reconstruye la infancia y la mal llamada «vida

 

oculta» de Jesús. Idéntica conclusión: los evangelistas no acertaron a la hora

 

de narrar esas trascendentales etapas de la encarnación del Hijo de Dios. La

 

adolescencia y madurez fueron más intensas y apasionantes de lo que se ha

 

dicho o imaginado.

 

El mayor va conociendo y entendiend o la personalidad de muchos de los

 

personajes que rodearon al Galileo. Ja más, hasta hoy, se había trazado un

 

perfil tan minucioso y exhaustivo de los hombres y mujeres que participaron

 

en la obra del Maestro. Es así como Caballo de Troya desmitifica y coloca en

 

 

 

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su justo lugar a protagonistas como María, la madre de Jesús, Poncio o los

 

íntimos.

 

Pero la aventura continúa. Deseosos de llegar hasta el final, de conocer, en

 

suma, la totalidad de la vida pública o de predicación de Jesús de Nazaret, los

 

pilotos norteamericanos toman una drástica decisión: actuarán al margen de

 

lo establecido oficialmente. Y aunque sus vidas se hallan hipotecadas por un

 

mal irreversible -consecuencia del propio experimento- se preparan para un

 

tercer «salto» en el tiempo. Una experiencia singular que nos muestra a un

 

Jesús infinitamente más humano y divino . Un Jesús que poco o nada tiene que

 

ver con lo que han pintado o sugerido las religiones y la Historia…

 

EL DIARIO

 

(SEXTA PARTE)

 

18 DE MAYO, JUEVES (AÑO 30)

 

«Me equivoqué, sí… Una vez más…

 

Pero Eliseo, mi entrañable compañero, supo esperar. Supo escuchar. Supo

 

comprender. E hizo fácil lo difícil.

 

Como creo haber mencionado, los recu erdos, a partir de esa mañana del

 

jueves, 18 de mayo, son confusos. Algo me transformó y dominó. Abandoné

 

precipitadamente la Ciudad Santa y, olvidando la misión, galopé sin des-

 

canso.

 

«El Maestro nos esperaba…

 

»Su amor nos cubriría…»

 

¿Qué había sucedido en aquella larga y postrera presencia del rabí? Mejor

 

dicho, ¿qué me había ocurrido?

 

No era yo. No era el científico que, supuestamente, debía valorar, contrastar

 

y juzgar. Algo singular, en efecto, se instaló en mi corazón. En mi mente sólo

 

brillaban un rostro, una frase y un guiño de complicidad…

 

«¡Hasta muy pronto!»

 

Estaba decidido. Lo haríamos…, ¡ya! Adelantaríamos el ansiado tercer

 

«salto» en el tiempo. Él nos esperaba.

 

Pobre Poseidón. Apenas si le concedí descanso.

 

La cuestión es que, bien entrada la noche, Eliseo me recibía desconcertado. Y

 

durante un tiempo -en realidad, todo el tiempo-, atropelladamente y sin

 

demasiado acierto, intenté dibujar lo acaecido en el piso superior de la casa de

 

los Marcos y en la falda del monte de las Aceitunas. Mi hermano, como digo,

 

comprendiendo que algo no iba bien, se limitó a escuchar. Dejó que me va-

 

ciara. Después, tras una espesa pausa, señaló hacia las literas, sentenciando:

 

-Descansemos… Demos a cada día su afán. Mañana decidiremos.

 

 

 

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A qué negarlo. Me sentí decepcionado. Insistí.

 

-Él nos espera…

 

No hubo respuesta. Yo sabía de su ardiente deseo. Él, como yo, había plani-

 

ficado la nueva aventura con tanta precisión como cariño. Sin embargo…

 

Ahora le comprendo y bendigo su templanza.

 

Ahí murió mi fogosa defensa. El cansancio tomó entonces el relevo y se hizo el

 

silencio. Lo último que recuerdo es a un Eliseo de espaldas, enfrascado en la

 

revisión de los cinturones de seguridad que peinaban la solitaria cumbre del

 

Ravid.

 

Sí, mañana decidiríamos…

 

19 DE MAYO, VIERNES

 

Eliseo, prudente, me dejó dormir. Fue un sueño dilatado. Profundo. Vivifi-

 

cador. Un descanso que hizo el prodigio. ¿O no fue el sueño? Veamos si soy

 

capaz de explicarme…

 

La nueva mañana se pres entó espléndida. Luminosa. Los sensores de la

 

«cuna» ratificaron lo que teníamos a la vista. Temperatura, a las 9 horas, 18°

 

centígrados. Humedad relativa a un 47 po r ciento. Visibilidad ilimitada. Viento

 

en calma.

 

Sí, una jornada primaveral…, y distinta. Al principio, como venía diciendo,

 

atribuí el cambio al sereno y reconfortante sueño. Pero, al poco, al asomarme

 

a la plataforma rocosa del «portaavio nes», empecé a intuir que allí ocurría

 

algo más… Las palabras, una vez más, me frenan y limitan.

 

Era una sensación. ¿O debería hablar de un estado? Casi no recordaba al

 

Jasón del día anterior. Aquella fogosidad, aquel ciego empeño por abordar el

 

tercer «salto», parecían ahora una lejana pesadilla. Algo irreal.

 

¡Dios, cómo explicarlo!

 

Por supuesto, lo contrasté con mi hermano. Y estuvo de acuerdo conmigo. Él

 

también lo había percibido. Fue aparentemente súbito, aunque sigo teniendo

 

serias dudas…

 

Era, sí, como si «algo» invisible, superior, benéfico y sutil se hubiera de-

 

rramado en nuestros corazones. «Algo» que, obviamente, en esos instantes,

 

no supimos definir.

 

Era, sí, una sólida e imp lacable sensación (?) de seguridad. Una seguridad

 

distinta a cuanto llevaba experimentado. Una seguridad en mí mismo y, en

 

especial, en lo que llevaba entre manos. Una extraña e inexp licable mezcla (?)

 

de seguridad, paz interior y confianza. Todo se nos antojó distinto. Y al

 

principio, quizá por un estúpido pudor, ninguno de los dos nos atrevimos a

 

mencionar la palabra, el espíritu -no sé cómo describirlo-, que aleteaba en

 

mitad de aquella «sensación». Fue mi hermano quien, valientemente, abrió

 

su corazón…

 

 

 

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-No consigo entenderlo -manifestó-, pero ahí está… Algo o alguien ha abierto

 

mi mente… Y sé que mi vida ya no será igual… Su es píritu, sus palabras y sus

 

obras se han instalado en todo mi ser…

 

Entonces, arrodillándose, exclamó:

 

-¡Bendito seas…, Jesús de Nazaret!

 

Días después, al reanudar las misiones que habían quedado en suspenso, al

 

saber, en definitiva, lo ocurrido y vi vido por los íntimos del Maestro en Je-

 

rusalén, empecé a sospechar. Y hoy sé quién fue el responsable de aquella

 

cálida y poderosa «sensación». Hoy sé que también fuimos partícipes del

 

magnífico «regalo» del Maestro. Un «obsequio» varias veces prometido y que

 

llevaba un nombre mágico: el Espíritu de la Verdad. Pero no adelantemos los

 

acontecimientos…

 

No había tiempo que perder. Así que, ante mi propio desconcierto y la es-

 

tampa feliz y radiante de Eliseo, pr ocedimos a un reposado y minucioso

 

análisis de la situación. Y de forma espontánea arrancamos por lo prioritario.

 

Mi alocada fuga de la Ciudad Santa acababa de arruinar uno de los objetivos

 

de la misión oficial: el seguimiento de los discípulos tras la mal llamada

 

«ascensión». ¿Qué fue lo ocurrido durante la célebre fiesta de Pentecostés?

 

¿Se produjo realmente el advenimiento del Espíritu? Más aún: ¿qué era

 

exactamente esa misteriosa entidad? ¿Podíamos dar credibilidad a los fan-

 

tásticos sucesos narrados por Lucas? ¿Q ué sucedió en el cenáculo? ¿Vieron los

 

allí reunidos las increíbles lenguas de fuego? ¿Hablaron los íntimos del

 

Maestro en otros idiomas?

 

Para intentar despejar estas incógnitas sólo quedaba un único medio: hacer

 

acto de presencia en Jeru salén y, con paciencia y tacto, reunir toda la in-

 

formación posible.

 

Segundo y no menos delicado asunto: la denominada Operación Salomón.

 

Aquélla, justamente, era otra de las claves de este segundo «salto». No po-

 

díamos fallar. Pero el arranque de la misma se hallaba sujeto a mi retorno a la

 

«base-madre-tres». Eliseo y quien esto escribe repasamos y valoramos una y

 

otra vez el tiempo de permanencia de este explorador en la Ciudad Santa.

 

Finalmente nos rendimos. No había forma de precisar. Todo dependía de un

 

cúmulo de factores, a cual más endebl e e inseguro. Pero, guiados por esa

 

férrea y recién estrenada «fuerza» que nos invadía en manos de Ab-bá, el

 

Padre de los cielos…

 

Curioso. ¡Vaya par de científicos!

 

Eliseo y yo nos miramos, estupefactos. ¿Desde cuándo confiábamos en el

 

criterio y en la voluntad de Ab-bá? Lo increíble es que ninguno se sintió in-

 

cómodo. Todo lo contrario. Lucharíamos, sí . Eso estaba claro. Pero, a partir de

 

un punto, si la inteligencia o las fuerzas flaqueaban, el asunto pasaría a su

 

jurisdicción. Sí, no cabe duda. Algo habíamos aprendido del Maestro…

 

Tercer problema. Mejor dicho, doble tercer problema: la amenaza de Poncio y

 

 

 

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el irritante asunto de la escasez de fondos.

 

El gobernador, como anunciara el primípilus, no descansaría hasta capturar al

 

«poderoso mago» que había osado dejarle en ridículo. La verdad es que poco

 

podía hacer. Amén de las ya habituales y conocidas medidas personales de

 

seguridad, sólo me restaba extremar la prudencia y confiar…

 

Eliseo, discreto, no deseando cargar mi ánimo, aligeró de hierro el conflicto,

 

recordándome algo que ya sabía:

 

-Resistiremos… Con el tercer «salto», todo eso desaparecerá.

 

Otra cuestión fue el enojoso dilema planteado por el óp alo blanco. En principio,

 

yo había perdido una primera oportunidad de canjearlo en Jerusalén. Sin em-

 

bargo, contemplando las sensatas re comendaciones del anciano Zebedeo,

 

advirtiéndome sobre las torcidas intenciones y la rapacidad de banqueros y

 

cambistas, ya no estuve tan seguro. Es más: Eliseo se co ngratuló ante la

 

aparentemente loca huida de la Ciudad Santa. ¿Qué hacer entonces con

 

aquella valiosa gema? Como se recordará, según Claudia Procla, gobernadora,

 

la pieza fue tasada en unos dos millone s de sestercios (algo más de tres-

 

cientos treinta mil denarios-plata). Toda una fortuna…

 

Podía arriesgarme a viajar a Jerusalén co n ella. Podía, incluso, negociar la

 

venta. Pero, ¿era aconsejable el transporte de tan abultado y pesado car-

 

gamento de monedas hasta la «cuna»?

 

Mi hermano se negó en redondo. El sentido común le di ctaba cautela. Es-

 

peraríamos.

 

Fue entonces, al llevar a cabo el recuento de las menguadas reservas exis-

 

tentes en la bolsa de hule, cuando aquellos exploradores, lejos de caer en un

 

más que lógico desánimo, rompieron a reír.

 

Otro indicio, sí, de que «algo» espléndido y prometedor estaba naciendo en lo

 

más profundo…

 

Eliseo acarició las monedas y cantó por segunda vez:

 

-Diez denarios y veinte ases…

 

Y al mirarnos, inexplicable e irrefrenable, una risa contagiosa se desbordó de

 

nuevo, colocándonos al filo de las lágrimas.

 

¿Desconcertante? No del todo. Hoy creo saber el porqué de tan paradójica

 

reacción. En parte, la explicación fue apuntada por mi amigo en el siguiente y

 

certero comentario:

 

-Tu «Jefe» tiene un problema…

 

Y la risa regresó, poniendo en fuga cualquier vestigio de pesimismo.

 

Insisto. Hoy lo sé. Allí se había producido un «milagro». Aquellos hombres

 

empezaban a comprender. Mejor aún: aq uellos locos aventureros empezaban

 

a confiar en «algo» aparentemente poco científico…, pero sublime.

 

En efecto, Ab-bá, nuestro «Jefe», tenía un problema.

 

Por último, maravillados ante nuestra propia actitud, repasamos los detalles

 

del más que estudiado tercer «salto». Eliseo me observó con complacencia.

 

 

 

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Aquel Jasón, tranquilo y sensato, midi ó y calculó con mesura. Lo teníamos

 

todo, sí, pero convenía esperar y cumplir primero con lo establecido. Y aquella

 

atmósfera de paz, confianza y seguridad llenó la «cuna»…

 

Eliseo, en silencio, fue a se ntarse entonces frente al ordenador central. Tecleó

 

y, al punto, el fiel «Santa Claus» iluminó la pantalla y nos iluminó.

 

La lectura de las frases -pronunciadas por el Resucitado el 22 de abril en su

 

aparición en la colina de las Bienaventuranzas- redondeó la inolvidable ma-

 

ñana.

 

«…Cuando seáis devueltos al mundo y al momento de donde procedáis, una

 

sola realidad brillará en vuestros corazones: enseñad a vuestros semejantes,

 

a todos, cuanto habéis vi sto, oído y experimentad o a mi lado. Sé que, a

 

vuestra manera, terminaréis por confiar en mí. Sé también que no teméis a

 

los hombres, ni a lo que puedan repres entar, y que proclamaréis mi Verdad. Y

 

otros muchos, gracias a vuestro esfuerzo y sacrificio, recibirán la luz de mi

 

promesa…»

 

No hubo comentarios. Ignoro si mi hermano lo tenía preparado. Poco importa.

 

Ambos estábamos de acuerdo: aquél sí era el auténtico, el más sagrado

 

objetivo de esta dura, extraña y fasci nante experiencia. Por supuesto que

 

confiábamos en Él. Cómo no hacerlo después de lo que habíamos visto y

 

experimentado… Lo haríamos, sí. No deja ríamos en blanco un solo minuto, un

 

solo suceso relacionado con el Maestr o. El mundo debía, tenía derecho a

 

saber…

 

¡Poseidón!

 

Al asomarnos a las escotillas comprendimos nuestra torpeza. El noble caballo

 

blanco, proporcionado por Civilis en la fortaleza del gobernador, en Cesárea,

 

reclamaba un mínimo de atención. Los reiterados y breves relinchos, rema-

 

tados con un sonido grave, casi con la boca cerrada, no dejaban lugar a dudas.

 

El animal protestaba. Llamaba. Pero ¿c ómo podía saber que estábamos allí? El

 

módulo, protegido por la radiación IR (i nfrarroja), era invisible a sus ojos…

 

Debíamos tomar una decisión. ¿Nos qu edábamos con él? Mi hermano, car-

 

gado de razón, se opuso. Ciertament e, pensando en los viajes que nos

 

aguardaban, el concurso de Poseidón podía ser de gran utilidad. Sin embargo,

 

mientras la amenaza de Poncio siguie ra pesando sobre este explorador, la

 

presencia del llamativo bruto constituía un ries go añadido. Traté de disuadirle,

 

argumentando que, al montarlo, no había reparado en marca alguna. Ni de

 

raza, ni tampoco de propiedad.

 

Eliseo me perforó con la mirada. Y supo la verdad: la ún ica, la verdadera

 

razón de peso que me movía a defender al nuevo compañero…, era el afecto.

 

Pero no protestó. Se encogió de hombros y me dejó hacer.

 

Lo primero era lo primero. Pretender alimentar al equino en lo alto de aquella

 

pedregosa y reseca planicie era poco menos que imposible. El agua, quizá,

 

era lo de menos. La «cuna» estaba en condiciones de suministrársela. El

 

 

 

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forraje, en cambio, era otra cuestión. La vegetación que medio prosperaba en

 

el lugar la formaba tan sólo los heroicos corros de cardos perennes (la ya

 

mencionada Gundelia de Toumefort).

 

Así que, de mutuo acuerdo, opté por descender hasta la plantación situada al

 

nordeste del Ravid, al pie del camino que unía Migdal con Maghar. Entre los

 

huertos, con un poco de suerte, podía encontrar lo que buscaba. Lo que no

 

imaginé, naturalmente, es que el Destino -cómo no- también me aguardaba

 

entre aquellos laboriosos felah…

 

Eché mano de la «vara de Moisés» y de lo s últimos denarios y, con el sol en el

 

cénit, tiré de las riendas del hambri ento Poseidón, cruzando la suave pen-

 

diente. Todo se hallaba en calma. Sujeté al paciente animal al frondoso

 

manzano de Sodoma y, despacio, extremando las precauciones, fui a aso-

 

marme a lo que denominábamos la «zona muerta», la rampa de un seis por

 

ciento de desnivel que moría en la pista de tierra negra y volcánica.

 

El camino aparecía despejado. A lo lejos, a la altura de la plantación, distinguí

 

una reata de onagros, los duros y altivos asnos asiáticos de vientre blanco y

 

grandes orejas. Me tranquilicé. Trotaban rápidos hacia el yam.

 

Aquél era el momento. Me hice de nue vo con el caballo y, sin pérdida de

 

tiempo, irrumpimos en la senda. Minutos después, sin saber hacia dónde tirar,

 

me introduje decidido en el laberint o de huertos y frutales. No tuve que

 

caminar gran cosa. A la sombra de un os almendros en flor, una pareja de

 

felah (campesinos) se afanaba en la recogida de enormes y suculentos hatzir

 

(los afamados puerros de la Galilea). Desconfiados, me obligaron a repetir la

 

pregunta. Necesitaba adquirir cebada. A ser posible, cocida, y también al-

 

gunos efa de buen heno, así como la pequeña y nutritiva pol (haba) que

 

empezaba a recogerse en las riberas del yam.

 

Supongo que me entendieron pero, con de sgana, dándome casi la espalda, se

 

limitaron a señalar hacia el oeste, mascullando algo sobre un tal Camar. No

 

intenté aclarar el confuso término. Aquello no parecía arameo. Y no deseando

 

crear problemas innecesarios di por buena la indicación, situándome de nuevo

 

en el arranque de la plantación. Allí, al pie del montículo que protegía el vergel

 

por su flanco norte, medio oculta en tre algarrobos, higueras, alfóncigos y

 

palmeras datileras, distinguí una choza de adobe con techo de palma.

 

Y avancé.

 

A corta distancia de la casa, sentado so bre la hierba y recostado contra la

 

negra pared de basalto de un pozo, me observaba un viejo. Decidí probar. Tiré

 

del animal y, al llegar a la altura del individuo, empecé a comprender.

 

Respetuoso, respondió a mi saludo, pero en un arameo galilaico roto y

 

descompuesto. Se alzó, extendió su mano derecha y, tras entonar un «que

 

Dios fortalezca tu barba» , fue a colocar dicha mano sobre el corazón. Me

 

hallaba, en efecto, ante un badawi (un beduino).

 

El anciano, que podría rondar los se senta años, vestía una cumplida túnica

 

 

 

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blanca (algo similar al dishasha de los nómadas de Arabia), con amplias

 

mangas recogidas por encima de los co dos. Se tocaba con un turbante (un

 

keffiyeh), también de lana y de un bl anco igualmente inmaculado. Y bajo

 

dicho keffiyeh, desplomado sobre los estrechos hombros, un largo y estro-

 

pajoso cabello, teñido en un rojo rabioso.

 

Nos observamos con curiosidad.

 

El rostro, afilado, cargado de esquinas y trabajado por decenas de arrugas,

 

presentaba unos ojos pe queños, oscuros y arrogantes. Y al pie de aquel

 

semblante verdinegro, una perilla cana y deshilachada.

 

Sonrió, mostrando unas encías ulceradas y sin un solo diente. Y aferrándose a

 

la gran mano de plata que colgaba del cu ello indicó que me aproximara y que

 

tomara posesión de su humilde hogar.

 

Dudé. Ni siquiera había preguntado quién era o por qué me encontraba allí.

 

Poco a poco, conforme fu imos avanzando en el se guimiento de Jesús de

 

Nazaret, el roce con estos numerosísi mos badu -«el pueblo que habla cla-

 

ramente»- fue proporcionándonos un más completo y riguroso conocimiento

 

de sus modos y costumbres. Y la hospitalidad, como espero tener oportunidad

 

de relatar, era una de sus normas más sagradas. Lástima que los evangelistas

 

no hicieran prácticamente mención de los numerosos momentos en los que el

 

Maestro departió y convivió con los arab… Pero demos tiempo al tiempo.

 

Al poco rato, en silencio, el amable anciano regresaba de la oscuridad de la

 

choza, depositando en el suelo una es cudilla de madera y un ibríg (una es-

 

pecie de jarra de piedra). Y ceremonioso, me animó a probar.

 

No haberlo hecho hubiera sido un insu lto. Así que, correspondiendo con

 

idéntica teatralidad, llevé a los labios la jarra, descubriendo con placer que el

 

modesto «aperitivo» no era otra cosa que el raki, una suerte de «mosto»

 

ligeramente fermentado y sabiamente mezclado con yogur batido en zumo de

 

frutas. A continuación, ante la atenta mirada de mi anfitrión, como dictaban

 

las buenas costumbres, introduje tres dedos de la mano derecha en la es-

 

cudilla, haciéndome con una de las delicadas y doradas tortas de pan.

 

Exquisita…

 

El hombre, feliz ante mis elogios, aclaró que algo inexplicable -«puede que la

 

mano de Dios»- lo había empujado esa mañana a preparar el lizzaqeh, un pan

 

especial, elaborado con harina de trigo y empapado en mantequilla y miel.

 

Me llamó la atención que hablara de Dios y no de dios es… Estos pueblos

 

preislámicos adoraban y veneraban a toda una legión de genios benéficos (los

 

wely) y maléficos (los ginri), así como a numerosos fenómenos de la Natu-

 

raleza, planetas y meteoritos. Pero no me pareció prudente profundizar en un

 

tema tan personal.

 

Tal y como especificaba la buena educación entre los badu repetí el raki por

 

tres veces y, finalmente, agitando la ja rra, procedí a depositarla en las finas e

 

interminables manos del complacido anciano. Fue entonces cuando -de

 

 

 

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acuerdo con esas mismas costumbres- el gentil beduino se decidió a comer. Y

 

lo hizo en un reverencial mutismo.

 

No tuve opción. Si realmente deseaba comprar el forraje para el paciente

 

Poseidón era menester ajustarse a las normas y armarse de paciencia. No me

 

equivoqué. ¿O sí?

 

Concluida la colación, como suponía, ignorando la razón o razones de mi

 

presencia en su propiedad, tomó la pa labra y en aquel detestable arameo

 

comenzó a hablar de sus ancestros y de su glorioso origen. Me resigné, si-

 

mulando un vivo interés y asintiendo en silencio a cada una de sus más que

 

dudosas afirmaciones.

 

De esta forma supe que se llamaba Go fel, aunque todo el mundo, en la

 

comarca, lo conocía por un apodo: Camar, que en árabe significa «luna». El

 

alias del antiguo nómada -procedente, según él, de las lejanas mesetas de

 

Moab- se hallaba, al parecer, perfecta mente justificado. Pero de eso ten-

 

dríamos cumplidas noticias en el tercer «salto»…

 

Dijo pertenecer al muy noble clan o tribu de los Beni Saher, oriundos de los

 

pastos de Madaba. Y enardecido se refi rió a su estirpe como los «hijos del

 

peñasco», una leyenda que situaba el naci miento de dicho pueblo en una roca

 

o saher situada en los lími tes de la actual Bel-qa. Y tras enumerar los nombres

 

de los varones hasta la quin ta generación, agotado, fue a concluir maldiciendo

 

-como era de esperar- a los Adwan, los Mogally, los Hamaideh, los Atawne y,

 

naturalmente, a los odiados Sararat. Todos ellos, según el encendido Camar,

 

«perros rabiosos y ancestrales enemigos de su gente».

 

Era el ritual y, como digo, no tuve más remedio que escuchar y esperar.

 

Finalmente, como lo más natural, preguntó a qué se debía el honor de mi

 

visita. Fui directo y escueto. Pero Camar, tras comprender mis prosaicas

 

intenciones, no respondió. Dirigió una mirada al caballo y, alzándose, caminó

 

hacia él. No supe qué hacer, ni qué decir.

 

Se encaró a Poseidón y acarició la negra estrella de la frente. El equino, con

 

las orejas en punta y hacia adelante, se mostró dócil y tranquilo. Buena señal.

 

El fino instinto del animal parecía co incidir con mis inic iales apreciaciones:

 

Camar era de fiar… Rodeó despacio al bruto y fue palpando y examinando. Y

 

escuché algunos elogios relativos a los excelentes aplomos, a la fina e in-

 

maculada capa plateada, a la cabeza re ctilínea y al cuello de cisne de mi

 

«amigo».

 

Por último retornó junto a mí. Siguió observando la montura y, solicitando mi

 

aprobación, fue a separar los labios del caballo. Soportó el cabeceo con

 

destreza y energía. El badawi sabía…

 

Lo dejé hacer. A buen seguro, aquel personaje podía resultar de utilidad. Aún

 

nos restaban muchas jornadas de obligada permanencia en el Ravid…

 

«Quién sabe -reflexioné-. Puede que la despensa se vea beneficiada.»

 

Acerté, pero no como imaginaba.

 

 

 

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Inspeccionó los dientes y, una vez más, se mostró satisfecho. La verdad es

 

que, hasta ese momento, no había repara do en la edad de mi compañero. Los

 

incisivos de leche aparecían definitivamente reemplazados, presentando las

 

correspondientes concavidades en las puntas. Poseidón, con toda probabili-

 

dad, estaba a punto de cumplir los cinco años.

 

-Bien -susurró al fin, reforzando las palabras con una picara sonrisa-, en mi

 

juventud fui sais y sé lo que digo…

 

¿Sais? Debí suponerlo. Un especialista en el pelaje de los caballos…

 

-…Te ofrezco cuarenta piezas…

 

Fue tan súbito e inesperado que perman ecí con la boca abierta, incapaz de

 

reaccionar. Y Camar, admitiendo el silencio como una lógica negativa

 

-divertido ante lo que presumía como una forzosa ceremonia de regateo-

 

elevó la suma.

 

-Cuarenta y cinco y que mis ancestros me perdonen…

 

-Pero…

 

Rápido y astuto, adoptó una postur a tan falsa como obligada en aquella

 

suerte de negocios entre los badu.

 

-¿Crees que te engaño?

 

-Es que…

 

No me permitió terminar. Y abordó la siguiente y teatral puesta en escena,

 

golpeándose el pecho e invocando al supuesto fundador de su tribu.

 

-¡Oh, padre Sahel!… ¡Protégeme de este munayyil!

 

No me inmuté. A pesar de la crudeza del insulto [munayyil, entre los arab, es

 

sinónimo de cobarde y hombre sin ho nor], yo sabía que lamentos e impro-

 

perios formaban parte del ritual.

 

-¿Qué pretendes? -elevó el tono, desconcertado ante la aparente resistencia

 

de aquel extranjero-. ¿Quieres mi ruina?. .. ¿Tratas de ensuciar mi cara?… ¿Es

 

que no ves que estoy jura ndo por lo más santo?… ¡Juro por mí y por mis

 

cinco!… ¿Me tomas por un perro sararat?

 

La comedia, en efecto, llegaba a su fin al. Al jurar por sí mismo y por sus cinco

 

generaciones, Camar defendía su honor en el límite de lo permitido por los

 

escrupulosos badu. En cuanto a la despectiva alusión al clan de los sararat, el

 

viejo no hacía otra cosa que ayudarse con una muletilla, una expresión común

 

y corriente en aquel tiempo. Los sararat, nómadas entre los nómadas, habían

 

caído en desgracia, siendo calificados por judíos, gentiles y arab como la-

 

drones, asesinos y «perros del desierto». No por casualidad, a lo largo de su

 

vida de predicación, Jesús de Nazaret se referiría en diferentes oportunidades

 

a estos infelices, tan injustamente marginados y despreciados.

 

Francamente, no sé qué ocurrió. Supongo que el Destino, atento, me salió al

 

encuentro…

 

Mientras asistía perplejo a la escenificación de Camar, «algo» me empujó a

 

meditar la propuesta. Me resistí, pero fue inútil. «Aquello» resultó implacable.

 

 

 

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 11

 

Valoré pros y contras y, desconcertado, tuve que reconocer que la oferta nos

 

aliviaría en un doble sentido. Por un lado zanjaba el asunto de la compro-

 

metida presencia de Poseidón. Me dolía, sí, pero, tarde o temprano, tendría

 

que seguir los consejos de mi hermano. Al mismo tiempo -y no era cuestión

 

de esquivar la magnífica ocasión-; La venta del caballo nos proporcionaría un

 

respiro…

 

-De acuerdo.

 

Ni yo mismo podía creerlo.

 

-… Pero dejémoslo en cincuenta…

 

Camar palideció. Sin embargo, no le di cuartel.

 

-…Cincuenta denarios -rematé autoritario- y un regalo.

 

Los ojillos del badawi se entornaron. Besó la mano de plata y, sonriendo

 

forzadamente, negó con la cabeza.

 

No insistí. Debía aparentar firmeza. Así que, tirando de Poseidón, simulé una

 

retirada en toda regla, encaminándome a la pista.

 

El viejo truco dio resultado. Un Camar gesticulante y lloroso se interponía en

 

mi camino, repitiendo la consabida letanía de juramentos.

 

El resto fue sencillo. Y el trato se cerró en cuarenta y siete piezas de plata y un

 

abultado saco con las primicias de la huerta: ajos en abundancia, cebollas, las

 

suculentas adashim (lentejas), puerros, huevos y diez log (seis kilos) de

 

tiernas pol (habas).

 

Me negué a mirar atrás. Y con el cora zón en un puño huí literalmente de la

 

plantación. Acababa de vender a un «amigo»… por un puñado de monedas.

 

Curioso y demoledor Destino…

 

Naturalmente, Eliseo aplaudió la operación. Yo, en cambio, permanecí silen-

 

cioso y taciturno el resto de la jornada, refugiándome en los preparativos para

 

la inminente partida hacia la Ciudad Santa y en la puesta al día de n

 

otas y

 

recuerdos.

 

Repasé, en especial, los trascendentales sucesos vividos por este explorador

 

en las primeras horas de la mañana del jueves, 18 de ese mes de mayo, en la

 

casa del fallecido Elías Marcos y en el monte de los Olivos.

 

Volví a estremecerme, pero, conforme escribía, poniendo en pie la última e

 

increíble aparición del Maestro, un creciente y, supongo, inevitable disgusto

 

me dominó.

 

¿Cómo era posible? Caí de nuevo sobre los textos evangélicos y, como digo,

 

mi ánimo fue incendiándose.

 

Marcos y Lucas, los únicos que refieren el prodigio, sencillamente, no daban

 

una… ¿Cómo era posible?

 

El primero, en el capítulo 16, versículo 19, dice textualmente:

 

«Y el Señor, después de haberles hablado, fue llevado al cielo, y está sentado

 

a la diestra de Dios.»

 

 

 

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 12

 

¿Es que la prolongada «presencia» del Resucitado entre sus íntimos

 

-alrededor de hora y media- no fue estimada como importante? ¿Es que el

 

joven Juan Marcos -el futuro escritor sagrado (?)- no supo o no quiso in-

 

formarse a fondo?

 

Esta lamentable parquedad, para co lmo, terminaría provocando, con el

 

tiempo, una absurda polémica entre exegetas y escrituristas. Y la mayoría ha

 

tratado de justificar el texto de Marcos, argumentando, poco más o menos,

 

que el evangelista se inspiró en la histor ia de Elías y en el Salmo 110. En otras

 

palabras; algo así como si la «ascensión» hubiera sido una licencia poética.

 

Me sublevé, claro. Él lo dijo. El Maes tro lo repitió dos veces. Primero en el

 

cenáculo y, por último, en la falda oeste del monte de las Aceitunas: «…Os

 

pedí que permanecierais aquí, en Je rusalén, hasta mi ascensión junto al

 

Padre…»

 

¿Leyenda? ¿Licencia poética?

 

Marcos dijo la verdad, pero no fue fiel a la totalidad de lo acaecido aquella

 

memorable mañana. Si hubiera relatado los sucesos con detalle, nadie

 

tendría

 

por qué dudar. Pero, ¿de qué me extr añaba? Las mutilaciones, silencios y

 

cambios en los textos -que me niego a aceptar como revelados- apenas si

 

habían comenzado.

 

¿Estoy siendo realmente objetivo? Me temo que no…

 

Quizá simplifico demasiado. Quizá el bueno y voluntarioso de Marcos no tuvo

 

toda la culpa. Me explicaré. Según mis noticias, aunque el joven Juan Marcos,

 

como vengo relatando, conoció al Maestro y le siguió durante algunos pe-

 

riodos de la vida de predicación, su evangelio, en realidad, debería llevar el

 

nombre de Pedro o de Pablo. Fueron éstos quienes, al parecer, le empujaron

 

a escribir. Pero eso no fu e lo peor. Lo lamentable es que ambos -Pedro y

 

Pablo- influyeron decisivamente en la redacción, tergiversando y suprimiendo

 

según los intereses de las cabezas visibles de la casi recién estrenada iglesia

 

de Roma. Como decía el Maestro, «quien tenga oídos…».

 

¿Y qué decir de Lucas?

 

No conoció a Jesús. Al pa recer, la casi totalidad de su información sobre el

 

Maestro procedía del, para mí, nefasto Pa blo. Quizá explique esto el porqué de

 

muchos de sus arrebatos literarios y de sus crasos errores. Pero vayamos por

 

partes. De momento me ceñiré al tema que me ocupa: la ascensión. Veamos

 

algunos ejemplos de cuanto afirmo.

 

En el último capítulo de su evangelio (versículos 50 y 51), al narrar la postrera

 

«presencia» del Resucitado, escribe impe rtérrito: «Los sacó hasta cerca de

 

Betania y, alzando sus manos, los be ndijo. Y sucedió que, mientras los

 

bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.»

 

¿Cerca de Betania? Nada de eso…

 

¿Y qué fue del importante mensaje que el Hijo del Hombre se preocupó de

 

recordar a los suyos?

 

 

 

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 13

 

«… Amad a los hombres con el mismo amor con que os he amado. Y servid a

 

vuestros semejantes como yo os he servido… Servidlos con el ejemplo… Y

 

enseñad a los hombres con los frutos es pirituales de vuestra vida. Enseñadles

 

la gran verdad… Incitadlos a creer que el hombre es un hijo de Dios… ¡Un hijo

 

de Dios!… El hombre es un hijo de Dios y todos, por tanto, sois hermanos…»

 

Lucas enmudece. ¿Por qué? Si habló con Pablo, si preguntó a muchos de los

 

testigos, ¿por qué silenció esas import antes palabras? Días más tarde, cuando

 

la Providencia me permitió asistir a la definitiva ruptura entre los apóstoles,

 

intuí la posible razón que llevó a Luca s y a los otros «notarios» a correr un

 

tupido velo sobre esta decisiva escena de la ascensión. Pero de eso prefiero

 

hablar en su momento…

 

En cuanto al segundo texto -los Hechos de los Apóstoles-, atribuido igual-

 

mente a Lucas, el desbarajuste alcanza cotas insospechadas. La verdad es

 

que no hay por dónde cogerlo.

 

El médico de Antioquía lo mezcla todo , añadiendo -no sé si de su cosecha-

 

sucesos que jamás tuvieron lugar. Y en el colmo de la prepotencia tiene la

 

osadía de afirmar que «en el primer libro -el evangelio que lleva su nombre-

 

escribió todo lo que hizo y enseñó Jesús desde un principio…».

 

¡Dios de los cielos! ¡Cuan engañados están los que se consideran creyentes!

 

Pero sigamos con los ejemplos.

 

En el capítulo 1 de los referidos Hech os (versículos 6 al 12), dice textual-

 

mente:

 

«Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es en este momento

 

cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” Él les contestó: “A vosotros no

 

os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su auto-

 

ridad, sino que recibiréis la fuerza de l Espíritu Santo, que vendrá sobre vo-

 

sotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta

 

los confines de la tierra.”

 

»Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus

 

ojos. Estando ellos mirando fijamente al cielo mientras se iba, se les apare-

 

cieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis

 

ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá

 

así tal como le habéis visto subir al cielo.”»

 

Lo dicho. Toda una «ensalada» de errores e inventos.

 

Para empezar, el confiado Lucas mezcla la pregunta de «los allí reunidos» con

 

el final de la mal llamada «ascensión». Como se recordará, dicha cuestión

 

-planteada por Simón el Zelota, en repr esentación de los atemorizados ín-

 

timos- surgió en el cenáculo. En cuanto a la respuesta del Maestro, nada que

 

ver con la realidad. Lucas escuchó campanas, pero…

 

Segundo párrafo. ¿Nube? ¿Ángeles? ¿V estiduras blancas? ¿Anuncio del re-

 

torno de Jesús?

 

Esto sí que es pura leyenda. El Resucitado, simplemente, desapareció. Allí no

 

 

 

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 14

 

hubo nada más. Y no es POCO…

 

Supongo que, interpretando el sentimiento generalizado de la iglesia primi-

 

tiva respecto a la inminente y triunfal vuelta a la tierra del añorado Maestro,

 

Lucas dejó volar la imaginación, ador nando un prodigio que no necesitaba

 

refuerzo alguno. La Ciencia, hoy, lo sabe -lo sabemos- muy bien.

 

Los que, en cambio, no terminan de enterarse son los de siempre: teólogos y

 

exegetas. Muchos continúan creyendo, y afirmando, que el fenómeno de la

 

ascensión sólo fue una «enseñanza teológica», carente de rigor. Más claro:

 

que la resurrección y el propio Resucitado no existieron jamás.

 

Pobrecitos…

 

Último ejemplo.

 

Tanto en su evangelio, como en Hechos, el confuso y confundido médico

 

ofrece, insisto, una invención que, entiendo, altera la ya, de por sí, fantástica

 

realidad del Resucitado. Veamos. El evangelista afirma que, en una de las

 

apariciones, el Maestro comió con los discípulos (Le. 24, 42 y 43 y Ac. 1, 4).

 

Amén de no establecer con claridad el lugar y la fecha [dicha «presencia» se

 

produjo el 21 de abril, viernes, a orillas del yam], comete otro error. Ignoro

 

qué pudieron contarle los testigos pr esenciales pero, como ya he tenido

 

ocasión de relatar en este apresurado diario, al ofrecerle una ración de

 

pescado, el Galileo la rechazó, negándose a comer. El Resucitado jamás in-

 

girió comida o bebida. Ni en ésa, ni en ninguna de las diecinueve apariciones

 

que alcanzamos a contabilizar. Un «detalle» aparentemente anecdótico y sin

 

mayor trascendencia pero que, para la Ciencia, encierra un interesante

 

contenido. Un sutil «detalle» que, en definitiva, ponía de manifiesto la «ló-

 

gica» y la aplastante realidad de aquel «cuerpo glorioso». Un m

 

aravilloso

 

«detalle» que parecía «progr amado», no para aquel tiempo, sino para el

 

nuestro…

 

Lucas, en fin, volvía a adornar los hechos…, innecesariamente.

 

Y no tengo más remedio que preguntarm e: si estos textos, supuestamente

 

sagrados, han cambiado la dirección de me dio mundo, ¿qué habría ocurrido si

 

hubieran respetado la verdad?

 

Pero lo más triste -que pone en tela de juicio buena parte de cuanto se narra

 

en dichos evangelios- estaba por llegar.

 

Y poco a poco fui resignándome.

 

21 DE MAYO AL 15 DE JUNIO

 

Otro periodo clave, sí. Unas jornadas intensas en las qu e este explorador

 

recibió una información pr ivilegiada. Una informac ión que, para variar,

 

tampoco fue recogida por los evangelistas. Veamos si soy capaz de sacarla

 

adelante.

 

Tras descansar el sábado, el domingo, 21 de mayo del año 30, primer día de

 

 

 

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 15

 

la semana, abandoné el Ravid con el alba, emprendiendo lo que sería nuestra

 

última misión oficial en tierras de la provincia romana de la Judea.

 

Eliseo, como siempre, fue parco. Ambos detestábamos las despedidas. Como

 

creo haber mencionado, resultaba difíc il establecer la fecha exacta de mi

 

retorno. Quizá, con dos o tres semanas sería suficiente, salvo que el Destino

 

tuviera otros planes… En definitiva, un periodo más que sobrado para visitar

 

la Ciudad Santa y la aldea de Nazaret, reuniendo la documentación que se nos

 

había encomendado y que este alocado griego no supo lograr en su momento.

 

En la cumbre del «portaaviones» todo discurría sin novedad. «Ba-

 

se-madre-tres», como sospechábamos, parecía un refugio excelente, sin

 

interés alguno para los habitantes de la zona y tampoco para el ganado. De

 

hecho, en aquellos días, las alarmas, en especial la «cortina» de los micro-

 

láseres -que barría la «popa» del Ravid en un ángulo de 180° y a razón de un

 

centenar de «peinados» por segundo-, no detectaron target alguno de impor-

 

tancia, excepción hecha de las inevitables irrupciones de las festivas ban-

 

dadas de palomas bravías, collalbas rubias y vencejos de la Galilea, tan

 

habituales en aquella benigna primavera en los riscos y acantilados del cer-

 

cano Arbel.

 

La «cuna», según lo previsto, desconectada la SNAP 27 (la pila atómica),

 

continuó «viva», merced a la energía suministrada por los providenciales

 

espejos solares, capaces de generar hasta 500 W. Como fue dicho, la larga

 

permanencia del módulo en lo alto del Ravid nos obligó a reservar la potencia

 

del plutonio de la SNAP -limitada a un año- para el obligado vuelo de retorno

 

a la meseta de Masada. Desde los primeros instantes, nada más tomar tierra,

 

mi hermano se ocupó de la instalación y puesta a punto de los doce espejos de

 

vidrio con revestimiento de plata. Y co mo medida suplementaria y precautoria

 

fijó igualmente en el exterior de la nave las planchas de reserva, a base de

 

acero dulce plateado y metal electroplateado, cuyos índices de reflexión -91 y

 

96 por ciento, respectivamente- podían incrementar la autonomía eléctrica de

 

la «cuna».

 

Tampoco la despensa -discretamente surtida- nos preocupaba. En principio,

 

agua y alimentos eran más que suficientes para sostener a Eliseo durante mi

 

ausencia. En caso de emergencia, sin embargo, siempre quedaba el recurso

 

de la plantación. Mi compañero, entonces, debería descender y negociar con

 

los felah. El contacto con Camar hab ía sido positivo, dejando abierta una

 

interesante puerta. Aun así, recordando la amarga experiencia vivida en la

 

cripta de Nahum, le supliqué que no cayera en la tentación de alejarse del

 

módulo.

 

Sonrió con picardía y, francamente, me eché a temblar.

 

Según lo acordado, mientras este ex plorador permaneciera ausente, se

 

mantendría ocupado con los interrumpidos análisis de la sangre de la Señora,

 

la madre del Maestro, y la revisión del viaje al sur de Israel, bautizado como

 

 

 

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 16

 

Operación Salomón. La primera parte de su cometido debía redondearse con

 

los correspondientes estudios sobre el ADN de José, el padre terrenal de Jesús.

 

Pero, para ello, quien esto escribe tenía que hacerse con algunos de los restos

 

óseos. Una misión que me obligaba a visitar de nuevo el cementerio de la

 

recóndita Nazaret. Pero eso sería a mi vuelta de Jerusalén.

 

Por último, siguiendo las estrictas normas de Caballo de Troya, procedimos al

 

chequeo de mi indumentaria y equipamiento. En realidad, pura rutina.

 

Fui meticulosamente rociado con la «pie l de serpiente», incluyendo manos,

 

cuello y cabeza. Repasamos el «tatuaje» adherido a la palma de la mano

 

izquierda, así como las «crótalos» (las lentes de contacto, vitales para la vi-

 

sión infrarroja) y las sandalias «electró nicas». A partir de esos momentos

 

debería extremar la prudencia. Aquéllo s eran los últimos pares de que dis-

 

poníamos.

 

Con la bolsa de hule y los treinta denarios de plata depositados en la misma

 

regresó la risa. Pero mi ánimo se hallaba intacto. Saldríamos adelante…

 

Por pura prudencia -obedeciendo los sensatos consejos de Eliseo-, el valioso

 

ópalo blanco permaneció en la «cuna».

 

En cuanto al saco de viaje, pocas ve ces lo había encontrado tan ligero: al-

 

gunas provisiones (fundamentalmente frutos secos), agua, la habitual

 

«farmacia» de campaña y un par de ampolletas extras, vacías.

 

Tampoco la vestimenta fue alterada: t única color hueso de lino bayal, mo-

 

desto ceñidor trenzado con cuerdas egipcias y el incómodo pero imprescin-

 

dible manto azul celeste confeccionado con lana de las montañas de Judea.

 

Y aferrándome a la «vara de Moisés» s alté a tierra, alejándome. ¿Qué me

 

reservaba el Destino? La respuesta fue un familiar cosquilleo en el estómago.

 

No me inquieté. Aquella misteriosa «fuerza» seguía allí, inundándome. Y

 

seguro de mí mismo, disfrutando de l cálido amanecer, caminé rápido al

 

encuentro de la «vía maris» y de las pu ertas de la bulliciosa Tiberíades. Sí,

 

aquella experiencia sería distinta. Lo sentía con nitidez. «Algo» o «Alguien»

 

me acompañaba…

 

En el límite de la conexión auditiva (15000 pies), frente a la capital del yam,

 

me despedí definitivamente de Eliseo, confirmando la marcha hacia la se-

 

gunda desembocadura del Jo rdán. A partir de Tiber íades, el enlace con la

 

«cuna» quedaba prácticamente cortado.

 

No tuve que aguardar mucho tiempo. Al poco me unía a una nutrida caravana

 

de sirios que transportaba harina de cebada y cuyo destino final era Jericó, en

 

la margen occidental del río. El capataz y jefe de los burreros aceptó de buen

 

grado la compañía de aquel griego solit ario y la suma de doce ases (medio

 

denario de plata) por día de viaje. Co mo ya dije, muchos de los peregrinos

 

buscaban este tipo de protección a la hora de desplazarse dentro y fuera del

 

país.

 

Y el cielo fue complaciente. En la tarde del martes, !3, poco antes del ocaso,

 

 

 

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 17

 

este explorador llamaba a las puertas del hogar de los Marcos, en Jerusalén.

 

El último tramo, desde Jericó, aunque en solitario, fue cubierto sin incidentes

 

dignos de mención.

 

El ambiente, lo reconozco, me desconcertó. El luto por la muerte del cabeza

 

de familia parecía haber desaparecido por completo. Todo era bullicio y una

 

contagiosa e inexplicable alegría. María, la señora de la casa, Juan Marcos, el

 

benjamín, Rodé, el resto de la servidumbre y los íntimos del Ma

 

estro que aún

 

permanecían en la vivienda me recibieron con los brazos abiertos. Todos

 

menos Juan Zebedeo, claro está… La ve rdad es que los echaba de menos.

 

Tras la aparición en el yam, en la tard e del sábado, 29 de abril, no había

 

vuelto a verlos. También la Señora y Santiago, su hijo, seguían en el caserón.

 

¿Seré capaz de explicarlo?

 

Como digo, allí sucedía «algo» inusual. Rostros, ademanes y actitudes no

 

eran normales. Aquello no guardaba relación con lo que había visto y escu-

 

chado en la Galilea. Desconcertante, sí…

 

Pensé primero en los lógicos efectos pr ovocados por la última aparición del

 

Resucitado. Pero no… El comportamien to, insisto, me resultaba familiar.

 

Sonrisas, alegría, compañerismo y afecto no eran estridentes. Allí latía algo

 

más profundo, más sereno, más sólido y continuado. Todos hablaban y se

 

manifestaban con un aplomo, con una seguridad y una dulzura que, repito,

 

me recordó la enigmática «sensación» experimentada por mi hermano y por

 

quien esto escribe en la cumbre del Ravid.

 

Algún tiempo después, tras sucesiva s jornadas de intensas y minuciosas

 

conversaciones con aquella veintena de amigos, llegué a una conclusión. Una

 

conclusión que me hizo temblar…

 

Pero sigamos por orden.

 

No podía creerlo. ¿Qué había sido de aquel Pedro agresivo y desconsiderado?

 

Ahora se presentó ante mí templado, pictórico e irradiando una paz insólita y

 

desconocida. Hasta el seco y escéptic o Tomás daba rienda suelta a un op-

 

timismo y a una confianza que habrían llenado de satisfacción al Maestro.

 

Fue María, la Señora, quien, esa misma noche, al interesarme por la causa de

 

tan llamativo cambio, empezó a abrirme lo s ojos. Y poco a poco, como digo, al

 

interrogar al resto, pude ir montando los detalles de lo que, sin duda, fue una

 

jornada histórica…, para todos. Sí, he dicho bien: para todos.

 

He aquí la esencia de lo acaecido aquel jueves, 18 de mayo, y que, por mi

 

proverbial torpeza, no tuve la fortuna de presenciar:

 

Según mis informadores, entre los que debo mencionar a hombres tan

 

sensatos y lúcido como José de : Arim atea, Nicodemo y el propio Santiago,

 

hermano del Maestro, poco después del definitivo «adiós» del Resucitado en

 

el monte de los Olivos, un Pedro firme y valiente -ignorando las disposiciones

 

del Sanedrín contra los que pregonaran la resurrección- dio una escueta or-

 

den: «cuantos amaban a Jesús de Nazare t deberían congregarse en la casa de

 

 

 

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 18

 

los Marcos».

 

El benjamín y la servidumbre recorrier on entonces Jerus alén y, entre las

 

horas tercia y quinta (más o menos ha cia las diez y media de la mañana),

 

alrededor de ciento veinte hombres y mujeres, todos fieles seguidores de las

 

enseñanzas de Jesús, fueron a abarrotar el piso superior del caserón.

 

Allí, el ya casi consagrado nuevo líder, Simón Pedro, se dirigió al grupo y, con

 

su peculiar elocuencia, habló de los recientes sucesos registrados en aquel

 

mismo cenáculo y en el vecino monte.

 

Según mis indagaciones, Pedro no alteró los hechos, ni tampoco las palabras

 

del rabí. Pero cometió un error -no sé si involuntario- que se repetiría en el

 

futuro y que, como ya he afirmado en otras oportunidades, terminaría mo-

 

dificando gravemente el mensaje del Ma estro. Al llegar a las alusiones a la

 

magnífica y esperanzadora paternidad de Dios, el pescador olvidó el pasaje,

 

reforzando, en cambio, el deslumbrante suceso de la realidad física del Re-

 

sucitado. Y los presentes vibraron de emoción. Sí, Jesús vivía. Jesús tenía

 

cuerpo. Jesús había vuelto de la tumba. Jesús, en definitiva, era el triunfador.

 

Y Pedro cargó contra la casta sacerd otal, ridiculizándola. Supongo que es

 

comprensible. Eran seres humanos. Acababan de padecer el horror y la

 

vergüenza de la crucifixión. ¿Cómo no aferrarse a la maravilla de un Jesús

 

vivo, que hablaba, que se movía y que tocaba? No pretendo justificar el error

 

de Pedro y de cuantos lo secundaron, pero lo entiendo. Yo le vi. Conversé con

 

Él. Tuvimos la fortuna de medio analizar su estructura física. ¿Cómo no

 

quedar desbordado por semejante prodigio?

 

El vibrante discurso -en el que fue plantada, sin querer, la semilla de una

 

religión «en torno a la figura del Galileo» y no de su mensaje- se prolongó

 

durante una hora. Fue tal el impacto que nadie se movió. Todos aguardaron

 

las órdenes del flamante líder. Pero Pedro, atónito ante su propia fuerza, no

 

reaccionó. Fue Mateo Leví, secundado por Andrés, el hermano de Simón,

 

quien resolvió la incómoda situación, recordando la promesa del Maestro de

 

enviar al Espíritu. Ésa sería la señal. Sólo entonces pasarían a la acción.

 

Cuando pregunté qué idea tenían de dicho Espíritu de la Verdad, ni uno solo

 

de mis confidentes supo darme razón. No entendieron al Resucitado. No sa-

 

bían de qué hablaba. Sin embargo, pronto, muy pronto, lo averiguarían. ..

 

Todos aceptaron. Esperarían.

 

La siguiente iniciativa corrió a cargo de Pedro. En uno de aquellos interro-

 

gatorios, el pescador me confesó que la idea surgió al recordar las frases de

 

Jesús sobre el malogrado Judas Iscariote. Una alusión, en efecto, que tuvo

 

lugar en aquel mismo piso su perior y en la primera parte -digámoslo así- de la

 

última «presencia» del Galileo en la Tier ra. «Judas ya no está con vosotros

 

-había dicho el Maestro- porque su amor se enfrió y porque os negó su con-

 

fianza.»

 

Pues bien, esta referencia al traidor movió al líder a buscar un sustituto. Lo

 

 

 

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 19

 

expuso a la totalidad de los íntimos y la sugerencia fue aprobada por una-

 

nimidad. Pero, ¿cómo hacer para nombrar al «embajador» número doce?

 

Guiados por su buena fe cometieron la torpeza de anunciarlo a los allí pre-

 

sentes. Y parte del grupo, enardecida por los fantásticos sucesos de esa

 

misma mañana, se presentó voluntaria en medio de un formidable griterío.

 

Todos deseaban ese puesto. Curiosamente -según mis informaciones-, entre

 

esos cincuenta o sesenta brazos en alto, ni uno solo pertenecía a una mujer.

 

No me equivocaba. Las cosas, tras la partida del rabí, no mejoraron para las

 

sufridas y resignada hembras. Pero ésta es otra historia.

 

Necesitaron poner orden y echar mano de una votación. Así, después de no

 

pocas discusiones, el problema quedó reducido a dos candidatos: un judío del

 

barrio alto de Jerusalén, herrero de profesión, viudo, de unos cincuenta años,

 

hombre de escasas palabras, y que recibía el nombre de Matías, y un badawi

 

conocido por el alias de «Beer-Seba» o «Berseba» o «Barsaba», veinte años

 

más joven y que había destacado por su excelente labor entre los «correos»

 

de David Zebedeo. Lamentablemente, como veremos, la condición de pro-

 

sélito no le favoreció a la hora de la vota ción final. Este arab, nacido entre los

 

nómadas del Neguev, que adoptó el nomb re de José al convertirse al juda-

 

ísmo, hubiera desempeñado un trabajo mil veces más fructífero que el del

 

parco herrero. Pero -no lo olvidemos- los íntimos del Maestro vivían, y se-

 

guirían viviendo, enraizados en la fe y en las costumbres judías.

 

Pedro, finalmente, tomó de nuevo la palabra y explicó que, «dada la im-

 

portancia y complejidad de la elección», sus hermanos y él se retirarían al

 

patio de la planta baja para decidir. Y así fue.

 

Cuando me interesé por el procedimiento utilizado para dicha votación, An-

 

drés, el que fuera jefe del grupo en vida de Jesús, sonrió co n benevolencia. Me

 

contempló como quien tiene delante a un niño pequeño y exclamó con cierto

 

asomo de arrepentimiento:

 

-Querido amigo, no seas ingenuo… ¿V otación? ¿Qué votación? Allí mismo,

 

antes de que nadie acertara a pronun ciar palabra alguna, mi hermano se

 

adelantó y «sugirió» que no era el momento de «confiar los graves asuntos

 

del reino a los que se acercan»…

 

«Los que se acercan» era una de las expresiones comúnmente utilizada por

 

los judíos para designar a los prosélit os. Y el badu, como digo, era uno de

 

ellos.

 

-«La importante y compleja elección» -prosiguió con resignación- murió allí

 

mismo. Se hizo un simulacro , sí, pero la suerte estaba echada… Cuando

 

Pedro invocó el nombre de Matías, obviamente influidos por la brillantez del

 

nuevo líder, nueve manos se alzaron al unísono. Sólo Bartolomé y Simón, el

 

Zelota, confiaron en «Berseba»…

 

Interesante. Bartolomé y el Zelota. Ambos, como veremos, se mostrarían

 

especialmente ácidos con la filosofía y el giro de Pedro a la hora de proclamar

 

 

 

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la buena nueva.

 

Naturalmente, los interrogué en varias ocasiones. El «oso de Cana», más

 

diplomático, se escudó en la magnífica trayectoria del «correo». Por eso se

 

pronunció a su favor. El Zelota, en camb io, que no sabía de medias tintas, fue

 

contundente:

 

-Ese herrero parece más fenicio que judío… Nunca me gustaron los tibios…

 

En honor a la verdad, el antiguo guerrillero terminaría acertando. Matías fue

 

presentado, en efecto, como el nuevo «embajador» número doce. Y se ocupó

 

de la tesorería. Pero, que yo sepa, poco o nada tuvo que ver con las activi-

 

dades de la primitiva iglesia.

 

En aquellas semanas alcancé a conversar con él en dos oportunidades. Sin-

 

ceramente, me decepcionó. Casi no sabía hablar. Había escuchado al Maestro

 

media docena de veces y siempre en la Ciudad Santa. No era un convencido

 

de su divinidad. No entendía el porqué de la encamación del Hijo del Hombre.

 

En realidad, su adhesión al grupo de los galileos obedecía más al odio hacia la

 

casta sacerdotal -ridiculizada por Jesús de Nazaret- que a un sincero y fer-

 

viente deseo de participar en las ideas del rabí.

 

Consumada la «elección», poco más o menos hacia la hora sexta (las doce),

 

Pedro, asumiendo una jefatura implícita -jamás fue designado abiertamente-,

 

ordenó silencio. Y convencido de la inminente llegada del Espíritu, prometido

 

por el Maestro, pidió calma, entonando el Oye, Israel. La oración fue coreada

 

con entusiasmo. Aquel grupo, al que fueron sumándose otros seguidores,

 

estaba seguro. Así me lo ratificaron. Pero, ¿seguro de qué? La palabra

 

siempre repetida fue «poder». El Ma estro -decían- lo había anunciado. El

 

Espíritu llegaría con poder. El «reino» se establecería en el mundo con fuerza

 

y majestad. Ellos eran los embajadores. Ellos fueron elegidos. Suyo sería el

 

poder para conducir a la nación judía a la gloria que le correspondía.

 

En suma, lo ya sabido…

 

Me sentí decepcionado. Aquella buena gente -a pesar de lo sucedido hacia la

 

una de la tarde- continuaba obsesionada con las viejas y manoseadas ideas

 

sobre un Mesías terrenal, político y libertador.

 

Y ocurrió…, lo inexplicable.

 

Debo confesarlo. Fue inútil. Por más que pregunté, por más horas que con-

 

sumí en exhaustivos interrogatorios, por más interés que demostré y que

 

demostraron los testigos, no fui capaz de atravesar la barrera. Una y otra vez

 

me estrellé contra la palabra «presencia».

 

Éste fue el concepto que sintetizó el fenómeno vivido en el cenáculo cuando

 

los allí congregados entonaban fervorosos el Oye, Israel.

 

¡Una «presencia»!

 

Las opiniones fueron unánimes. No había transcurrido ni una hora desde que

 

Pedro los animó a orar cuando, de pron to, «algo» (?) se instaló en la habi-

 

tación…, y en los corazones.

 

 

 

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 21

 

Claro que me resultó familiar…

 

¿«Algo»?

 

Imposible. Como digo, nadie acertó a describirlo mejor.

 

«Una “presencia”, Jasón -repetían-. “Algo” que nos erizó el cabello… Una

 

“presencia” que fue desmoronando la pl egaria hasta dejarnos en silencio… Un

 

silencio total… Nos miramos asusta dos… Sí, todos experimentamos lo

 

mismo… Allí flotaba “algo” o “alguien”… ¡Una “presencia”!»

 

¿Nada más?

 

Al insinuar si vieron, escucharon o percibieron algo más, todos, absoluta-

 

mente todos, negaron sin vacilación.

 

«¿Lenguas de fuego o de luz sobre las cabezas? ¿Un ruido, como el de un

 

viento impetuoso?»

 

Los pacientes y sorprendidos hebreos me miraban desconcertados. Pero no,

 

quien esto escribe no estaba loco.

 

Negativo. Ni lenguas, ni extraños so nidos… Sólo esa irritante e imprecisa

 

definición: una «presencia».

 

Lo importante, sin embargo, no eran los detalles. Lo asombroso fue el re-

 

sultado de la enigmática «presencia»: unos hombres y mujeres…, distintos.

 

Optimistas. Confiados. Seguros de sí mismos. Entrañables… No es que el

 

misterioso fenómeno les hiciera más sabios. Tampoco avanzaron gran cosa

 

respecto a las claves del revolucionario legado de Jesús. Fue «algo» de otra

 

naturaleza. «Algo» que disparó un dormido «motor» interior, pro-

 

porcionándole lo ya dicho: una «sensación» de seguridad y confianza en el

 

Maestro.

 

Fue entonces cuando acerté a intuir que la «cuna», al igual que el cenáculo,

 

había sido «visitada» (?) por esa mi sma «presencia». Una «fuerza» (?) su-

 

perior, benéfica, incomprensible para la modesta inteligencia humana, que

 

nos estaba transformando. Un «regalo», en definitiva, que el Resucitado

 

llamó Espíritu de la Verdad.

 

Por supuesto, mi curiosidad no se vio satisfecha. Necesitaba respuestas. ¿Qué

 

o quién era esa entidad? ¿De dónde procedía? ¿Por qué modificó el talante y

 

el pensamiento de todos nosotros? ¿Por qué en ese momento -18 de mayo del

 

año 30- y no antes?

 

Naturalmente, tuve que esperar. Sería durante el tercer «salto» cuando esas,

 

y otras interrogantes, recibirían puntual y cumplida aclaración.

 

El grupo, atónito, sin poder dar crédito a la magn ífica «sensación» que lo

 

envolvía, continuó mudo algunos minutos. Después -según mis informantes-,

 

fueron apareciendo murmullos. Y de los cuchicheos, como una ola, saltaron a

 

los gritos, palmas y abrazos.

 

Pedro tuvo problemas. La asamblea enloqueció de alegría.

 

«¿Cómo explicarte, Jasón?… Nos sentíamos felices… El miedo desapareció…

 

Era como volar.»

 

 

 

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 22

 

El alborozo y la confusió n se prolongaron casi media hora. Por último,

 

haciéndose con el control, Pedro pronunció aquellas históricas palabras:

 

-¡Hermanos, ha llegado la hora!… ¡Vayamos al Templo y hablemos claro!

 

El líder acertó. Esta vez sí. Simón Pedro supo captar el fenómeno de la

 

arrolladora «presencia». Y asociándolo con presteza al anunciado adveni-

 

miento del Espíritu puso en pie los corazones, provocando el delirio. El nuevo

 

«Jefe» se consagraba minuto a minuto.

 

¿Detenerlos?

 

Si alguien hubiera osado solicitar calma o sentido común, sencillamente, se lo

 

habrían llevado por delante. A juzgar por los datos recogidos, el centenar

 

largo de hombres y mujeres se transf ormó en un ciclón , lanzándose a las

 

calles. Allí no había lógica. Al menos, lógica humana.

 

Y coreando el nombre del Resucitado si guieron los pasos del inflamado Pedro.

 

Era el triunfo de un grupo que, durant e cincuenta oscuros días, fue humillado,

 

perseguido y supuestamente anulado. Lo entendí.

 

Los que, en cambio, no salían de su asombro eran los cientos de peregrinos y

 

los sacerdotes que los vieron pasar. Pero nadie se atre vió a enfrentarse a

 

semejante huracán.

 

Finalmente, Pedro y los suyos tomaron pose sión del atrio de lo s Gentiles, en el

 

concurrido Templo.

 

Según mis informaciones, Pedro fue direct o, repitiendo, poco más o menos, lo

 

proclamado esa mañana en el cenáculo. Quizá fueran las dos o dos y media de

 

la tarde.

 

No hubo tregua. No hubo concesión.

 

El parlamento rué calentando los ánimos. Simón, con una elocuencia envi-

 

diable, se centró en la gran noticia: Jesús de Nazaret, el crucificado, seguía

 

vivo. Muchos de los allí pres entes podían dar fe. Y exp licó. Dio detalles. Invocó

 

a los que llegaron a verlo en el yam y, esa misma mañana, en las atestadas

 

calles de Jerusalén.

 

La pasión, las estudiadas pausas y, de nuevo, la aplastante seguridad de

 

aquel galileo no tardaron en hacer efec to en una masa desconcertada e in-

 

capaz de razonar.

 

El líder, hábil, cedió la palabra a sus hermanos. Así fue como los Zebedeo,

 

Mateo Leví, Felipe y Andrés entraron en liza, confirmando lo ya expuesto. Pero

 

ninguno supo completar la brillante plática de Simón, con lo que constituía el

 

alma del mensaje de aquel «poderoso Resucitado»; «el hombre es un hijo de

 

Dios». El error se repetía.

 

Los sacerdotes, inquietos, formaron corros, murmurando. Pero el magne-

 

tismo y la audacia de aquellos hombres doblegaron a la multitud. Se escu-

 

charon voces, solicitando perdón y consejo. No era el momento para deten-

 

ciones o polémicas. Y la casta sacerdotal, rabiosa y humillada, tuvo que re-

 

tirarse.

 

 

 

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 23

 

El hecho no pasó desapercibido para los íntimos. Y se crecieron.

 

El resto fue tan lógico como satisfactorio. Hacia la hora «décima» (las cuatro),

 

por iniciativa de Juan Zebedeo, lo s radiantes «embajad ores» tiraron del

 

gentío, invadiendo la gran piscina de Siloé, al sur de la ciudad. Allí, eufóricos

 

-«casi en una nube»-, bautizaron a más de dos mil personas. Eso, al menos,

 

fue lo que dijeron. Un bautismo en nombre del «Señor Jesús»…

 

Bien entrada la noche, agot ados pero felices, se refugiaron de nuevo en el

 

caserón de los Marcos. «El mundo -se decían unos a otros- es nuestro.

 

Preparemos la gloriosa vuelta del Señor.»

 

Por supuesto que no olvidé el intrigante asunto del llamado «don de lenguas».

 

Según Lucas, los íntimos desconcertaron a la concurrencia, hablando en toda

 

suerte de idiomas. Lenguas que, al parecer, no conocían.

 

Al plantearlo volvieron las risas. Aque l griego de Tesalónica, en efecto, pa-

 

recía haber perdido el juicio.

 

-¿Otras lenguas?… Sí, Jasón, las de siempre. Las habituales…

 

La información me dejó perplejo. En el fondo había creí do al evangelista.

 

¿Cuándo aprenderé?

 

Lo sucedido, según me relataron, fue simple. Aquella larde, en el atrio de los

 

Gentiles, se congregaba una multitud de lo más variopinto. La fiesta del

 

«Shavuot» podía reunir en Jerusalén a más de diez mil peregrinos, llegados

 

de toda la diáspora. De hecho, muchos de los que habían acudido a la Pascua,

 

siete semanas antes, continuaban aún en la Ciudad Santa. Allí, en el Templo,

 

según mis informantes, además de cien tos de vecinos de la capital, se re-

 

unieron judíos y gentiles de Lidia, la Capadocia, Ba bilonia, Egipto, Tracia,

 

Palmira, la Nabatea, Numidia, Creta, Roma, Cilicia y un larguísimo etcétera.

 

Pues bien, siguiendo la costumbre del Maestro -de esto, francamente, apenas

 

sabía gran cosa-, los oradores, los cinco discípulos, intercalaron otros idiomas

 

en sus respectivos discursos en arameo. Naturalmente, lenguas que conocían.

 

A saber: griego (más exactamente koin é), latín y frases en arab, egipcio y

 

siríaco.

 

Lo encontré normal, teniendo en cuenta que muchos de los judíos que resi-

 

dían en el extranjero no hablaban arameo. Éstos, en cambio, sí comprendían

 

la koiné, el griego «internacional» al que se recurría para casi todo: comercio,

 

cultura, etc.

 

Y volvemos al viejo tema. Muchos, crey entes o no, piensan hoy que los ín-

 

timos de Jesús eran unos patanes, sin la menor base intelectual. Lamentable

 

error. Como tendré oportunidad de exponer más adelante, los once galileos y

 

el Iscariote (el único judío) habían acudido a las escuelas de las sinagogas y,

 

aunque el nivel no podría equipararse al de nuestros «universitarios», sabían

 

mantener una conversación de cierto rango, dominando, por supuesto, al-

 

gunos idiomas. Por ejemplo, salvo los gemelos, que presentaban mayores

 

dificultades, el resto se defendía a la perfección en el mencionado griego

 

 

 

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 24

 

«internacional». En latín, la lengua de Roma, aunque macarrónico y portuario,

 

Mateo Leví, Judas, Bartolomé, Simón el Zelota, los Zebedeo y Tomás también

 

eran capaces de entender y hacerse entender. Respecto al arab (árabe), muy

 

extendido en Palestina y alrededores, Bartolomé y el Zelota manejaban pa-

 

labras y frases sueltas. Estos dos, en especial el «oso de Cana», sin duda uno

 

de los más ilustrados, estaban en condiciones de aventurarse, incluso, en el

 

difícil egipcio y en el siríaco, otro de los dialectos del arameo.

 

En suma, de «don de lenguas», nada de nada. En todo caso, un nuevo

 

arrebato literario del amigo Lucas.

 

Y ya que el Destino parece empeñado en enfrentarme al «inefable» médico de

 

Antioquía me resisto a pasar por alto su increíble versión sobre los aconte-

 

cimientos registrados en aquella memorable jornada que hoy llaman «Pen-

 

tecostés».

 

Ignoro quién le informó, pero lo cier to es que el respon sable fue un total

 

irresponsable. El servicio de Lucas a la Historia y a la comunidad de creyentes

 

no pudo ser más negativo.

 

Veamos por qué.

 

Al escribir sobre la «sustitución de Judas» (Ac. 1, 15), el escritor sagrado (?)

 

sigue confundiendo las fechas.

 

«Uno de aquellos días -dice-, Pedro se puso en pie en medio de los herma-

 

nos…»

 

¿Uno de aquellos días? Fals o. Todo sucedió en la mi sma jornada, la del jueves,

 

18 de mayo (mes de sivan). Al leer el párrafo inmediatamente anterior

 

-versículos 12 al 15-, uno comprueba que las fuentes del evangelista dejaban

 

mucho que desear… Tras la «ascensión», los discípulos se retiraron a la casa

 

de los Marcos, sí, pero la espera fue cuestión de horas, no de días.

 

Acto seguido -Ac. 1, 16-23-, Lucas of rece un discurso de Pedro que jamás fue

 

pronunciado. Al menos, no en aquel cenáculo y en la referida mañana. Y dudo

 

que Simón hablara nunca del «campo comp rado por el Iscariote». Él sabía que

 

las monedas recibidas por Judas fueron arrojadas por el traidor en la sala de

 

los «cepillos», en el Templo, en un último y desesperado intento de salvar al

 

Maestro. No creo, insisto, que Pedro se atreviera a tergiversar aquel suceso.

 

El evangelista, en cambio, además de alt erar la suerte final de los treinta

 

ciclos, lo pone en boca del líder. Una afirmación, en fin, tan falsa como poco

 

caritativa.

 

Y el desastre continúa…

 

Al mencionar a Matías, sustituto de Juda s, Lucas deforma de nuevo los hechos,

 

ocultando parte de la verdad. Ni hubo oración previa a la «votación», ni el

 

escritor advierte de las torcidas in tenciones de Simón Pedro respecto a

 

«Berseba», el segundo candidato. El lapsus, en parte, tiene una justificación.

 

El discípulo de Pablo, al poner por escrito estos acontecimientos, no podía

 

mancillar la imagen de uno de los fu ndadores del movimiento al que perte-

 

 

 

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necía. ¿Cómo explicar a los creyentes que el carismático líder había despre-

 

ciado a un prosélito?

 

Así se hace la Historia…

 

Más adelante, en el capítulo 2 de Hech os, el fantástico Lucas se dispara. Y

 

dice:

 

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.

 

De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,

 

que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas

 

lenguas como de fuego que se repartie ron y se posaron sobre cada uno de

 

ellos…»

 

Inaudito.

 

¿De dónde saca el evangelista el «ruido » y las «lenguas de fuego»? Por cierto,

 

tampoco aclara si fueron doce o ciento veinte… Pu esto a repartir «fuegos

 

artificiales», no creo que el Espíritu hiciera restricciones…

 

El suceso, como ya he dicho, fue má s serio y profundo de lo que nos pinta

 

Lucas. Pero, una vez más, estimó qu e «aquello» no era suficiente y que

 

convenía adornarlo. Si realmente hubiera sucedido lo que afirma el escritor, el

 

«ruido» y las «lenguas» habrían terminado por provocar un pánico genera-

 

lizado y una desbandada cole ctiva. El «detalle», sin embargo, no fue tenido en

 

cuenta por el «inventor».

 

Más confusión.

 

A renglón seguido -versículos 4 al 14-, el evangelista, que no atranca, mezcla,

 

inventa y deforma.

 

«¿Don de lenguas?»

 

Falso.

 

¿Gente de Jerusalén que escuchó el impetuoso ruido y fueron congregarse

 

ante la casa de los Marcos?

 

Falso.

 

Esos discursos, tras el advenimiento del Espíritu de la Verdad, se pronun-

 

ciaron en el Templo una hora y media más tarde.

 

Sinceramente, no logro entenderlo. No alcanzo a comp render el porqué de

 

tanto despiste. A no ser que Lucas no consiguiera hablar con los testigos

 

presenciales -cosa que dudo- o que su memoria fallase. Cincuenta años era

 

demasiado…

 

Por supuesto, cabe también otra explicación, ya insinuada anteriormente:

 

que el evangelista sí hubiera tenido puntual información, pero deseoso de

 

magnificar el lance e influenciado por las peregrinas ideas de su maestro,

 

Pablo de Tarso, conviniera en modificar hechos y palabras «para mayor gloria

 

de la primitiva iglesia». No era la primera vez que sucedía algo así, ni sería la

 

última. Y he dicho bien. He hablado de «peregrinas ideas», refiriéndome a

 

Pablo. Basta repasar una de sus epístolas ( Cor. 14) para captar la obsesión

 

de este, no lo dudo, bienintencionado ar tífice del cristianismo sobre el célebre

 

 

 

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 26

 

«don de lenguas». ¿Pudo estar ahí la «ins piración» que movió a Lucas una

 

historia tan diferente? Como decía el Maestro, «quien tenga oídos…».

 

En cuanto al supuesto discurso del líder -versículos 14 al 37 del mencionado

 

capítulo 2 de Hechos-, poco puedo añadir. La manipulación fue igualmente

 

feroz.

 

¿Quién podía burlarse de los discípulos, tachándo les de borrachos, si no

 

existió el pretendido milagro de las lenguas?

 

A Lucas, sin embargo, le da igual. Es posible que necesitase una excusa. Un

 

incidente que le permitiera cuadrar la hist oria y sacar a relucir la cita justa. En

 

este caso, del profeta Joel. ¿Y por qué la cita justa? He ahí otra sutileza que

 

termina descubriendo los manejos del evangelista. Fue a partir de Pente-

 

costés cuando los íntimos y seguidores del Maestro llegaron al convencimien-

 

to de que el retorno de Jesús era algo inminente. Una vuelta con gran poder y

 

majestad, escoltada por signos celestes. Y Lucas, que escribe medio siglo

 

después de la «ascensión», aprovecha el pasaje para deslizar una profecía

 

que venía ni que pintada. Él, probablemente, cont inuaba creyendo en ese

 

próximo retorno y no dudó en recordárselo a la iglesia primitiva, poniéndolo

 

en boca de Pedro. El fallo, sin embargo, apenas perceptible, estuvo en la

 

fecha. En ese jueves, 18 de mayo, nadie hablaba aún del espectacular e

 

inmediato regreso del rabí. Eso fue posterior.

 

Y necesitado, como digo, de una excusa -que justificase, además, el forzado

 

«milagro» de los idiomas desconocidos-, el escritor no tiene otra ocurrencia

 

que situar el arranque del discurso del líder en la hora «tercia».

 

¿Hora «tercia»? ¿Las nueve de la mañana?

 

Si Lucas conversó con Pedro, con Juan Marcos, con Pablo o con otros testigos

 

tuvo que saber -necesariamente- que el horario fue otro. Como ya detallé en

 

su momento, la desmaterialización (?) del Resucitado en la falda del monte de

 

las Aceitunas se produjo poco antes de las 8 horas. Y fue entre las 10 y las 11

 

cuando, obedeciendo la orden de Pedro, se congregaron en el hogar de los

 

Marcos los ciento veinte hombres y mu jeres que amaban a Jesús. La enig-

 

mática «presencia» -el Espíritu- inundó la sala después de la «sexta» (hacia

 

las 13). A raíz de esto, el grupo se movilizó, dirigiéndose al Templo. Y fue al

 

filo de la «nona» (Xhoras) cuando los discípulos lanzaron sus discursos.

 

Estoy seguro de que Lucas sabía todo esto, pero, si deseaba embellecerlo,

 

qué mejor solución que la del mosto a las nueve de la mañana…

 

Lo dicho: un desastre.

 

En lo concerniente al contenido de dicho parlamento, amén de olvidar (?) que

 

fueron cinco los que hablaron a la multitud, el evangelista coloca en boca de

 

Simón unos argumentos, citas y reflexiones que nunca existieron. Excepción

 

hecha de las alusiones a la muerte y resurrección de Jesús, lo demás es

 

irreconocible. No dudo de que el líder llegara a predicar esas y otras admo-

 

niciones en su dilatada carrera como embajador del reino (más de treinta

 

 

 

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años), pero nunca en la mañana o en la tarde de ese jueves.

 

En ambas oportunidades, no me cansaré de insistir en ello, todos, absolu-

 

tamente todos, se centraron en lo que, obviamente, los tenía perplejos: la

 

deslumbrante realidad física del Resucitado. Repito: aquello era un triunfo y

 

los íntimos, no lo olvidemos, seres humanos…

 

Eso, y no otra cosa, fue lo que conmovió y dejó boquiabiertos a peregrinos y

 

habitantes de la Ciudad Santa. Allí estaban los testigos, hombres y mujeres

 

de fiar. Podían preguntar y lo hicieron . Ése fue el gran argumento. Si los

 

oradores se hubieran limitado a las rimbombantes palabras que menciona

 

Lucas -impropias, además, del tosco Pedro-, lo más probable es que el

 

desenlace habría sido otro. Los sacerdotes, por ejemplo, no hubieran con-

 

sentido semejante desafío. La normativa del Sanedrín contra los que dieran

 

publicidad a la resurrección seguía en vigor. Si no ac tuaron fue, sencillamente,

 

porque el pueblo se hal laba electrizado con la gran noticia. Pero, lamenta-

 

blemente, esto no fue suficiente para algunos…

 

Repasando, en fin, el desafortunado texto, uno tiene la sensación de que el

 

evangelista, obedeciendo, quizá, la «recomendación» de otros, procuró sub-

 

limar la imagen del cuerpo apostólic o…, desde los primeros momentos. Al-

 

guien los calificó de hombres «sagrados» y hubo que mantener y defender la

 

idea a toda costa. Parece como si el Espíritu de la Verdad sólo se hubiera

 

derramado sobre los doce…

 

Esta hipótesis explicaría el porqué de unas no menos desafortunadas frases,

 

atribuidas al líder, y que Lucas introduce en el mencionado discurso. Dudo de

 

que Pedro llegara a afirmar en público, y menos delante de sus compañeros,

 

que «Dios había resucitado al Maestro y que la carne del rabí no experi-

 

mentaría la corrupción». Y digo que no creo en tales afirmaciones porque,

 

como espero narrar más adelante, los once tuvieron ocasión de escuchar de

 

labios del propio Resucitado cómo el acto de volver a la vida era, en realidad,

 

un atributo de la naturaleza divina de este Hijo de Dios. En otras palabras:

 

que la resurrección de Jesús no dependió de la voluntad del Padre. Si Pedro,

 

en esos instantes, hubiera dicho una cosa así habría faltado gravemente a la

 

verdad. Otra cuestión es que el evangelista no supiera -o no quisiera saber-

 

de este singular suceso e intentar a presentar a Simón Pedro como a un

 

profeta, como a un hombre «sagrado».

 

¿Corrupción? He ahí otra incongruencia de Lucas. En esas fechas, ni Pedro, ni

 

nadie, estaban en condiciones de sabe r lo ocurrido en la tumba. Para los

 

seguidores del Maestro, simplemente, el cadáver desapareció. Más aún:

 

Simón y los restantes testigos de las apariciones tuvieron la oportunidad de

 

verificar que aquel «cuerpo glorioso», en especial durante las primeras

 

«presencias», poco o nada tenía que ver con el antiguo soporte físico del

 

Maestro. Nunca, que yo sepa, se aven turaron a hablar de descomposición.

 

Esa idea, como otras, fructificó mucho después.

 

 

 

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Por último, el evangelista vuelve a pilla rse los dedos en el versículo 21 del

 

catastrófico capítulo 2.

 

«Y todo el que invoque el nombre del Señor -afirma Pedro (?)- se salvará.»

 

Lucas, como fue dicho, es cribe este texto hacia el año 80 y olvida un casi

 

insignificante «detalle» que, sin embarg o, invalida el pasaje. La expresión

 

«los que invocan el nombre del Señor» sería acuñada por los cristianos algún

 

tiempo después de Pentecostés. Fue una especie de «marca de la casa». Una

 

forma de definirse. En aquellos inic iales momentos -cuando Lucas sitúa el

 

discurso de Pedro-, ni el líder ni ning ún otro hablaban así. Sería años más

 

tarde cuando nacería el eslogan. No en aquel tergiversado jueves…

 

Sirvan, pues, estas reflexiones como aviso a los navegantes. Dados los

 

numerosos y graves errores -y lo escribo con todo respeto-, ¿cómo aceptar

 

los evangelios como la palabra de Dios?

 

Espero y deseo que el hipotético lector de estas memorias sepa juzgar por sí

 

mismo…

 

Ahora lo sé. La decisión fue providencial. El Destino sabe siempre lo que

 

hace…

 

Perfiladas las indagaciones sobre Pentecostés, poco faltó para que empren-

 

diera viaje de retorno a Nazaret. Pero la insistencia y el cariño de los Marcos

 

me obligaron a ceder, prolongando mi estancia en Jerusalén hasta mediados

 

de junio.

 

Sí, la casualidad no existe…

 

Merced a esta circunstancia, quien esto escribe tendría la excelente oportu-

 

nidad de ser testigo de una serie de acontecimientos inéditos para mí y,

 

supongo, para los que se consideran creyentes. Unos sucesos de especial

 

trascendencia que, obviamente, no podían ser recogidos por los evangelistas.

 

Y no porque no tuvieran noticias de ellos, sino por la delicada naturaleza de

 

los mismos.

 

Trataré de ordenarlos, tal y como sucedieron, y de sintetizarlos. La verdad es

 

que me asusta lo poco que me resta de vida…, y lo mucho que aún tengo que

 

contar.

 

El primero de estos hechos apareció nítido e implacable a las pocas horas del

 

advenimiento del Espíritu. Pedro fue el gran impulsor. En los días que si-

 

guieron a Pentecostés, el entusiasta líder y varios de los íntimos continuaron

 

predicando y conversando con cuantos deseaban saber sobre la resurrección.

 

Y fue en esos discursos y charlas donde se perfiló la idea. Los discípulos

 

malinterpretaron las palabras del Resu citado sobre su segunda venida a la

 

Tierra y nació el error. Si el Maestro había afirmado que regresaría -y así fue-,

 

eso significaba que la vuelta era segu ra…, e inminente. Jesús de Nazaret

 

acababa de marchar junto al Padre para preparar la definitiva entronización

 

del reino en el mundo. El asunto estaba claro. El nuevo orden universal era

 

 

 

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cuestión de días o semanas…

 

Y la euforia se disparó.

 

Pero la equivocación fue más allá…

 

Movidos por la mejor voluntad, deseosos de allanar el camino del Señor y de

 

crear un propicio ambiente de hermandad, se lanzaron a una febril labor de

 

ayuda y reparación de injusticias. Y no quedó mendigo, indigente o necesitado

 

en Jerusalén que no recibiera dinero o alimentos. Fue la locura. Invocando esa

 

próxima parusía, muchos de los seguidores vendieron sus tierras, casa y

 

propiedades, repartiendo las riquezas entre los hermanos menos afortunados.

 

Nada era de nadie y todo de todos.

 

Si el «Señor Jesús» -como empezaban a llamar al Maestro- estaba a punto de

 

volver, y la Tierra sería equilibrio y bienestar, ¿qué sentido tenía el dinero?

 

De poco sirvieron los sensatos llamamientos de gente como José de Arimatea,

 

Bartolomé, María Marcos y la propia Seño ra, entre otros. Las peticiones de

 

prudencia eran como zumbidos de moscas en los oídos de aquellos exaltados.

 

Nadie escuchaba. Yo, entristecido, no tuve más remedio que permanecer al

 

margen.

 

Naturalmente, como demostraría la Historia, Jesús de Nazaret no retornó. El

 

resto no es difícil de imaginar. La ca tástrofe fue inevitable. El Maestro no

 

volvía y el mundo continuaba rodando…

 

De este importante suceso, sin embargo, ninguno de los escritores sagrados

 

(?) dice nada. No hace falta ser muy despierto para entender por qué…

 

Y ya que menciono tan trágica circuns tancia, que provocaría infinidad de

 

conflictos y fricciones, no silenciaré un pensamie nto que me ronda desde

 

entonces. ¿Pudo ser ésta una de las causas que propició la casi absoluta falta

 

de información sobre la faceta humana de Jesús? ¿Fue la firme creencia en el

 

inmediato regreso del Maestro la que restó importancia a los años anteriores

 

a su vida de predicación?

 

El ambiente, en fin, fue enrareciéndo se y algunos de los íntimos y fieles

 

seguidores del rabí de Galilea termin aron por despedirse, abandonando Je-

 

rusalén. A primeros de junio, por ejemplo, los gemelos de Alfeo, la Señora y

 

Santiago, su hijo, marchaban hacia el yam. Juan Zebedeo los acompañó y

 

quien esto escribe, francamente, se sintió aliviado. Aunque no tuve que so-

 

portar sus habituales desplantes, jamás me dirigió la palabra en aquellos días.

 

Fue el único al que no me atreví a interrogar.

 

Segundo suceso.

 

Todo arrancó con Mateo Leví, el antiguo recaudador de impuestos. Recuerdo

 

que, a los pocos días de la irrupción del Espíritu en el cenáculo, el serio y parco

 

galileo nos sorprendió a to dos. Había empezado a es cribir. Y lo hacía sin

 

descanso.

 

Cuando me acerqué a él y, solícito y feliz, me tendió las hojas, quedé des-

 

concertado. En un pulcro arameo acababa de iniciar una especie de diario o

 

 

 

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 30

 

memorias en torno a los trágicos días de la pasión y muerte de Jesús de

 

Nazaret. Aunque superficial, el relato se ajustaba a la verdad. O mucho me

 

equivocaba o aquel texto era el primero de los que, con los años, constituirían

 

el legado de los evangelistas sobre las enseñanzas del Maestro.

 

Lo interrogué con curiosidad y comprendí que estaba decidido a poner por

 

escrito lo más granado de cuanto había visto, escuchado y sentido junto a su

 

adorado rabí.

 

La recién estrenada aventura literaria de Mateo no pa só desapercibida. Y poco

 

a poco, casi todos desfilar on por la sala superior del hogar de los Marcos,

 

leyendo el manuscrito. Las reacciones , sin embargo, no fueron unánimes.

 

Aunque la mayoría aprobó el rigor y la precisión del contenido, tres de los

 

discípulos mostraron una clara oposic ión al hecho físico de la redacción.

 

Bartolomé, el Zelota y Tomás, en contra de Mateo, argumentaron en primer

 

lugar:

 

«Si el Maestro estaba a punto de retornar, ¿por qué perder el tiempo escri-

 

biendo sobre su vida y enseñanzas? Él se encargaría de recordarlo todo…»

 

«El “Señor Jesús” -dijeron- no aprobaría una cosa así… Sabes bien que, en

 

vida, repitió que no deseaba ver sus palabras por escrito.»

 

La afirmación, rotunda, me desconcertó. De eso tampoco sabía nada. Cier-

 

tamente, el rabí, que yo supiera, no dejó escritos. Al menos de su puño y letra.

 

Pero la advertencia de los discípulos a Mateo no encajaba con algo que este

 

explorador había visto: los manuscritos dictados por Jesús al Zebedeo padre.

 

Sí, aquello era una contradicción…

 

Pero tendríamos que esperar al ansiado tercer «salto» para resolver el enigma.

 

Bartolomé y los demás, por supuesto, no captaron las auténticas intenciones

 

de Jesús.

 

La cuestión es que, haciendo caso omiso, Mateo Leví prosiguió su labor. Y

 

nadie volvió a molestarle.

 

Curioso. Tiempo atrás, un incidente as í hubiera provocado, con seguridad,

 

una agria disputa. Pues bien, desde aquel bendito Pentecostés, no me cansaré

 

de insistir en ello, los íntimos se tornaron menos agresivos. Hubo polémicas y

 

discusiones, pero jamás cayeron en los viejos insultos o en las descalifica-

 

ciones personales. La extraña «presencia» los cambió radicalmente. No creo

 

que exagere si afirmo que aprendieron más en unos pocos días que en los

 

cuatro años de convivencia con el Galileo…

 

Cuando este explorador abandonó Jerusalén, el esforzado Mateo seguía en-

 

frascado en su proyecto. Supongo que, con el tiempo, llegaría a ultimarlo.

 

Después, al leer lo que actualmente ap arece en el evangelio que lleva su

 

nombre, volví a sorprenderme. También ese texto es irreconocible.

 

El tercer y significativo acontecimien to no tardaría en llegar. En realidad,

 

según se mire, fue una consecuencia del anterior.

 

En una reacción muy humana y comprensible, Andrés, hermano de Simón

 

 

 

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 31

 

Pedro, adoptó una iniciativa similar a la de Mateo Leví. Escribiría, sí. Pondría

 

por escrito sus muchos e intensos recuerdos. Y se lanzó al trabajo.

 

Al principio, todo fue bien. Mejor dicho, casi bien. Bartolomé, Tomás y Simón

 

el Zelota protestaron de nuevo. El resultado, sin embargo, fue idéntico. An-

 

drés lo tenía muy claro.

 

El verdadero problema aparecería en la segunda semana de junio cuando, al

 

leer en voz alta las palabras del Resuci tado en su última aparición, Andrés

 

olvidó el gran mensaje sobre la pate rnidad de Dios y la filiación de los

 

hombres.

 

Ahí surgió el conflicto.

 

El «oso de Cana» le hizo ver que estaba suprimiendo lo que más interesaba al

 

Maestro. Tenía razón. Y aunque el comp laciente Andrés prometió enmendar el

 

lapsus, la amonestación terminó provocando una densa e interminable dis-

 

cusión en la que el líder se manifestó abiertamente contra Bartolomé. No era

 

aquello lo que atraía a las masas. No era esa revolucionaria idea la que

 

arrastraba cada día a cientos de judíos y gentiles al bautismo. No era eso, en

 

definitiva, lo que Pedro y su grupo predicaban diariamente. Era el Jesús vivo,

 

resucitado, poderoso y triunfador lo que les había colocado en boca de todo

 

Jerusalén.

 

No, no cambiarían…

 

Bartolomé y los otros dos, pacientes, con serenidad, intentaron centrar la

 

cuestión. Y asistí maravillado a la exposición de unos argumentos irrepro-

 

chables.

 

He aquí los que me parecieron más solemnes y certeros:

 

«El Maestro -clamó Bartolomé- nos ense ñó que el hombre puede sostener una

 

relación directa con el Padre, con Dios… No importa que sea pobre, rico, igno-

 

rante o pecador… ¿Es que no veis que éste es el gran triunfo?»

 

Pero el líder, secundado en la polémi ca por Felipe, Santiago de Zebedeo y

 

Mateo, no retrocedió. Nunca me expliq ué el súbito cambio del antiguo re-

 

caudador de impuestos en este crucial asunto. Como se recordará, en otra de

 

las encendidas disputas en el yam, Mateo Leví se manifestó a favor de la

 

predicación de la mencionada paternidad de Dios.

 

No conviene olvidarlo. Aquellos hombres, a pesar de lo que llevaban visto y

 

oído, eran judíos. Acataban la Ley, y lo expuesto por Bartolomé rechinaba en

 

su interior. La Tora no hablaba de esa increíble, casi blasfema, relación entre

 

Yavé y los seres humanos. En contra de lo que les enseñó Jesús, continuaban

 

pensando que la obediencia a esa Ley sí que provocaba la respuesta de Dios.

 

Bartolomé insistió:

 

«Jesús fue muy claro. La salvación no depende de la obediencia a la Ley, sino

 

de la fe…»

 

No hubo forma. Supongo que, además del deslumbramiento que llevó consigo

 

el fenómeno de la resurrección, Pedro y el resto de la oposición intuyeron que

 

 

 

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 32

 

el gran mensaje sólo traería dificultades en el angosto marco en el que, de

 

momento, tenían que vivir y desenvolverse. De hecho, si uno contempla la

 

historia de la primitiva iglesia, observará que el líder y sus hermanos se

 

movieron durante años en las estrictas coordenadas que marcaba la religión

 

judía.

 

-El siguiente planteamiento -esta vez a cargo del Zelota- fue rechazado sin

 

contemplaciones.

 

«¿Es que no veis que el Maestro nos está proporcionando una religión sin

 

cadenas, sin castas sacerdotales y sin miedos? Una religión por y para el

 

alma…»

 

Y Tomás añadió:

 

«¿Cuántas veces lo repitió el rabí? El evangelio del reino nada tiene que ver

 

con viejas leyes, razas o culturas…»

 

La batalla dialéctica parecía perdida…

 

Aun así, echando mano de «algo» que todos aceptaban, Bartolomé esgrimió

 

con agudeza:

 

«El Espíritu de la Verdad nos ha visitado. Pues bien, ¿no comprendéis que uno

 

de sus propósitos es purificar las almas y despejar las mentes? ¿No entendéis

 

que, a partir de ahora, nuestro trabajo se resume en hacer la voluntad del

 

Padre?»

 

Y subrayó con energía:

 

«…¿Qué más gloria, sabiduría y triunfo podéis esperar?»

 

La «oposición» replicó convencida:

 

«Olvidas que el Señor Jesús ha vencido a la muerte. Ése es el gran triunfo…

 

Eso es lo que todos deben saber. Ésa es la voluntad del Padre.»

 

Bartolomé, impotente, negó una y otra vez. Por último, desalentado, clamó:

 

«¡Yo os diré cuál es esa voluntad!… Cumplir los deseos del Maestro… Es decir,

 

proclamar al mundo que somos hijos de un Dios… ¡Hijos de un Dios!»

 

Pero el líder, eufórico, desvió el certero planteamiento.

 

«¡Eso hacemos, querido “o so”… Eso predicamos… - ¡Dios es el Padre del

 

Señor Jesús!…»

 

Simón llevaba razón…, hasta cierto p unto. Al fin habían comprendido el

 

oscuro asunto de la divinidad del Ma estro. Sin embargo, como señalaba

 

Bartolomé, la segunda parte del misterio -la paternidad de Dios para con los

 

humanos- escapó a su entendimiento. El grupo parecía condenado a «fa-

 

bricar» una hermandad de creyentes en la figura del «Señor Jesús», olvi-

 

dando la otra «hermandad»: la de un mundo sin rangos ni distinciones en el

 

que todos se supieran hijos del Padre. Fue una lástima..

 

Y no me equivoqué. A ju zgar por los resultados, Pedro y los suyos mantu-

 

vieron la postura inicial, adorando al Galileo y transformándolo en un ejemplo

 

a seguir. Estaba asistiendo al nacimien to de una secta que, años después,

 

bajo el genio organizativo de Pablo, se convertiría en lo que hoy llaman

 

 

 

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 33

 

«iglesia». Se confunden cuantos han supuesto, y suponen, que la iglesia se

 

fraguó con Jesús o en los días que sigu ieron a Pentecostés. Aquello, al menos

 

hasta donde alcancé a conocer, no er a una organización, tal y como hoy

 

concebimos. No había jerarquías. A lo su mo, el reconocimiento implícito de un

 

líder. No existía ritual alguno. Sólo un deseo sincero, aunque utópico, de

 

compartirlo todo y de pregonar las excelencias del Maestro.

 

Y la ruptura fue irreversible. Las posturas, tan claras como encontradas, no

 

cedieron un milímetro. Hablaron, sí, pero el abismo, lejos de desaparecer, fue

 

ensanchándose. El cisma estaba servido.

 

Naturalmente, ni uno solo de los ev angelistas menciona estos lamentables

 

acontecimientos. Unos sucesos que dividían al primitivo colegio apostólico en

 

dos bandos irreconciliables desde el punt o de vista estrictamente «teológico».

 

De un lado, Pedro, su hermano Andrés, Santiago Zebedeo, Felipe y Mateo Leví.

 

A éstos se uniría poco después Juan Zebedeo. En el otro extremo, formando

 

un segundo «clan», Bartolomé, Tomás y Simón el Zelota. Tanto los gemelos

 

de Alteo como Matías se mantuvieron en una tierra de nadie, alejados de toda

 

actividad apostólica.

 

¿Escribir sobre el distanciamiento de unos hombres que habían estado en

 

íntimo contacto con el Hijo de Dios? ¿Aclarar que el ca rismático Pedro re-

 

nunció al gran mensaje de Jesús? ¿Airear el cisma? ¿R econocer que seis de los

 

apóstoles se equivocaron?

 

Imposible. Esto hubiera las timado la imagen de la naciente iglesia, propi-

 

ciando disensiones y desórdenes. Demasiado humildad para alguien que se

 

consideraba en posesión de la verdad…

 

Y como era previsible, el bando mino ritario no tuvo opción: tendría que

 

abandonar Jerusalén.

 

Recuerdo que sostuve largas conversaciones con los tres. ¿Cuáles eran sus

 

intenciones? ¿Renunciarían a la predicación?

 

El «oso de Cana» fue rotundo. Primero solicitaría consejo de los hermanos que

 

residían en Filadelfia, al otro lado del Jordán. Lázaro era uno de ellos. Después,

 

si ésa era la voluntad del Padre, marcha ría lejos. Quizá hacia el este. Allí

 

anunciaría la buena nueva sobre la paterni dad de Dios y la filiación de los

 

hombres. La verdad es que Bartolomé, aunque lógicamente entristecido por

 

el rumbo de los acontecimientos, habló con serenidad. Sabía lo que quería. En

 

su corazón, además, pesaban ahora, con gran fuerza, las proféticas palabras

 

del Maestro en la «última cena». Unas palabras, a manera de despedida, que

 

no había olvidado y que me recordó puntualmente:

 

«… Cuando me haya ido -le manifest ó Jesús-, puede que tu franqueza in-

 

terfiera en las relaciones con tus hermanos, tanto con los antiguos como con

 

los nuevos…

 

«… Dedica tu vida a demostrar que el discípulo conocedor de Dios puede

 

llegar a ser un constructor del reino, incluso cuando esté solo y separado de

 

 

 

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sus hermanos creyentes…

 

»… Sé que serás fiel hasta el final…

 

»… Arrastráis el precepto de la tradició n judía y os empeñáis en interpretar mi

 

evangelio de acuerdo a las enseñanzas de los escribas y fariseos…

 

»…Lo que ahora no podéis comprender , el nuevo maestro, cuando haya

 

venido, os lo revelará en esta vida…».

 

A qué ocultarlo. Una vez más quedé ma ravillado ante el poder de aquel

 

Hombre. ¿Cómo podía saber lo que ocurriría a los dos meses de la emotiva e

 

histórica despedida? La pregunta, lo sé, después de lo que llevaba vivido, era

 

una solemne estupidez…

 

Tomás, por su parte, replicó en el mismo tono que el «oso de Cana». La de-

 

cisión de separarse de sus antiguos compañeros era dolorosa, pero no había

 

alternativa. Cumpliría el mandato del rabí. Hablaría del Padre a los gentiles.

 

Quizá se tomase un descanso. Después, ya veríamos…

 

A decir verdad, nunca supe de él. Alguna s tradiciones aseguran que se dirigió

 

a Chipre, Creta y Sicilia, visitando, incluso, la costa norte de África. Pero sólo

 

son suposiciones. La realidad es que, un día de aquel caluroso mes de sivan,

 

creo recordar que el domingo, 10, el que había sido el escéptico del grupo

 

desapareció en solitario y sin despedidas. Algo muy propio de Tomás…

 

En cuanto al antiguo guerrillero -Simón el Zelota-, comulgando con la opinión

 

de los dos anteriores, dejó hacer al Padre. Por nada del mundo traicionaría al

 

Maestro. Él también guardaba en la memoria las certeras y lapidarias frases

 

que le dedicó el rabí en aquella memorable despedida, en la noche del 6 de

 

abril…

 

«… ¿Qué haréis cuando me marche y desp ertéis al fin y os deis cuenta de que

 

no habéis comprendido el significad o de mi enseñanza y que tenéis que

 

ajustar vuestros conceptos erróneos a otra realidad?

 

»… Siempre serás mi apóstol, Simón, y cuando llegues a ver con el ojo del

 

espíritu y sometas plenamente tu voluntad a la del Padre del cielo, entonces

 

volverás a trabajar como mi embajador…»

 

Simón tampoco dudó. Era el momento. El Espíritu de la Verdad le abrió los

 

ojos. Y ahora se burlaba de sí mismo y de sus torpes ideas sobre un reino

 

material y un Mesías guerrero y libertador. El mensaje aparecía muy claro en

 

su interior: «Era preciso despertar a la gran esperanza. Era menester que el

 

mundo supiera de aquel Dios. Un Padre radiante y benigno, todo amor, que

 

nos estaba regalando la vida. En el fond o era sencillo. Todo consistía en hacer

 

su voluntad…»

 

Y él lo haría. Para empezar entraría en Egipto. Después, quién sabe…

 

Nunca más volví a verlos…, en aquel «ahora».

 

El miércoles, 14, una noticia procedente de Caná sacudió a los íntimos. Era la

 

segunda muerte en algo más de treinta días. Primero fue la de Elías Marcos y

 

ahora la del padre de Bartolomé.

 

 

 

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 35

 

Y el «oso», acompañado por el Zelota y por quien esto escribe, partió hacia su

 

aldea natal. Desde allí, según explicó, se dirigiría a la residencia de un tal

 

Abner, en Filadelfia (actual Amán).

 

En cuanto a su compañero de viaje, sencillamente, tras la despedida en

 

Nazaret, le perdí la pista.

 

Lo que estaba claro para quien esto escribe es que ning uno de los «disi-

 

dentes» -Bartolomé, Tomás y Simón el Zelota- llegó a participar, directa o

 

indirectamente, en la posterior edificac ión de la llamada iglesia de los cris-

 

tianos. Creo, incluso, que jamás volvieron a reunirse. Una iglesia, por cierto,

 

que sería definitivamente diseñada, no por Pedro y su grupo, sino por aquel

 

genio del marketing llamado Pablo. A él y a los griegos se debe en realidad lo

 

que hoy constituye la Iglesia Católica. El inteligente Pablo, haciendo suyas las

 

premisas que vencieron en los días posteriores a la llegada del Espíritu, forjó

 

una religión cuyo objetivo básico era la glorificación del Maestro. Lamenta-

 

blemente, el gran mensaje, el que prop ició el cisma, fu e enterrado. Y así

 

continúa…, veinte siglos después. Pero esta historia me llevaría muy lejos,

 

apartándome de lo que me ha sido encomendado.

 

Mi trabajo en la Ciudad Santa tocaba a su fin. En realidad sólo restaba poner

 

orden en otro «capítulo». Un «capítul o», lo reconozco, que me tenía obse-

 

sionado y que iba engordando día a día. Un «capítulo» espectacular, igual-

 

mente cercenado por los evangelistas. Me refiero, claro está, a las numerosas

 

apariciones del Maestro tras su muerte en la cruz…

 

Desde que llegué a Jerusalén, las notici as sobre las increíbles «presencias»

 

del Resucitado se sucedían casi sin interrupción. Procedían de todas partes.

 

Al principio me resistí. Aquello era un a locura. Alguien, probablemente, es-

 

taba tabulando. Quizá el hecho de la resurrección trastornó las mentes…

 

Pero no. El equivocado era yo.

 

Conforme fui interrogando a los mens ajeros comprobé que sus testimonios

 

eran sólidos. No pude hallar contradicciones. Algo extraño, fuera de lo común,

 

en efecto, había sucedido en esos cuarenta días.

 

Los íntimos y demás seguidores del rabí se reunían en torno a estos «correos»

 

y escuchaban, felices y embelesados, los sucesivos relatos. Cada historia fue

 

un chorro de oxígeno que renovó la cert eza de todos, fortaleciendo ideas y las

 

diarias predicaciones de Pedro y su grupo. En cier to modo, las apariciones

 

parecían dar la razón al líder. Aquell o era físico. Palpable. Deslumbrante.

 

Aquello removía los corazones. Hacía palpitar a las gentes. Provocaba la

 

polémica. Entusiasmaba…

 

Y poco a poco conseguí ordenar el g alimatías, reuniendo, creo, una infor-

 

mación exhaustiva sobre el particular . Pero, antes de proceder a comentar

 

estos fascinantes sucesos, entiendo que es bueno que el hipotético lector de

 

este diario tenga cumplida cuenta de lo s hechos. Algunas de las «presencias»,

 

 

 

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ya detalladas en páginas anteriores, han sido reducidas a la mínima expresión.

 

“Es mi deber aclarar igualmente que no todas las apariciones pudieron ser

 

investigadas por quien esto escribe-. La falta de ti empo y lo alejado de al-

 

gunos escenarios lo impidieron. Sin embargo, como digo, nunca he Dudado

 

de la credibilidad de los testigos. Se ncillamente, no había razón para sos-

 

pechar de gentiles y judíos que se hallaban separados por tantos kilómetros y

 

que, no obstante, contaban prácticamente lo mismo.

 

Dicho esto, intentaré enumerar, en riguroso orden cronológico, lo que vieron

 

y escucharon cientos de hombres y mujeres entre la madrugada del domingo,

 

9 de abril, y las primeras horas de la mañana del jueves, 18 de mayo, de ese

 

año 30 de nuestra era.

 

9 DE ABRIL

 

1ª. - Poco antes del alba (alrededor de las 5.47 horas). Huerto de José de

 

Arimatea. Testigos: María, la de Magdala, y otras cuatro mujeres. Observan a

 

«un hombre con ropas nevadas y el rostro, cabellos y pies como el cristal».

 

Reconocen la voz del Maestro. Cuando la Magdalena intent a abrazarlo, el

 

Resucitado se lo impide: «No soy el que has conocido en la carne.»

 

Duración: unos cinco minutos.

 

2ª. - Hacia las 9.35 horas. También en la plantación del anciano de Arimatea,

 

en las afueras de Jerusalén. Único testigo: la Magdala. Describe al Resucitado

 

como un «extranjero con túnica y manto nevados». Reconoce la voz de Jesús.

 

Duración: segundos.

 

3ª. -Hora «sexta» (mediodía), poco más o menos. Betania. Jardín de la

 

hacienda de la familia de Lázaro. El Resucitado se presenta ante Santiago, su

 

hermano. «Me recordó una nube. O quiz á humo… Era una masa brumosa que,

 

partiendo de la cabeza, fue moldeando una figura… Y poco a poco, la nube se

 

convirtió en un hombre.» El testigo no reconoce al Maestro, pero sí su voz.

 

Pasean. El «Hombre» le habla de «cie rtos hechos» que debían producirse,

 

pero Santiago se niega a desvelarlos. Años más tarde, algunos asociaron esa

 

revelación con la muerte de Santiago, acaecida en el 62. Súbita desaparición.

 

Duración: de tres a cuatro minutos.

 

4ª. - Hacia la «nona» (Xhoras). También en Betania. En el umbral de una de

 

las estancias de la casa de Lázaro. Veinte testigos. Entre otros, la familia de

 

Lázaro, David Zebedeo (el que fuera jefe de los «correos»), Salomé, su madre,

 

la Señora, Santiago (hermano de Jesús) y la Magdalena. Esta vez

 

sí que lo

 

reconocen. Se trata de un «hombre de carne y hueso». Súbita desaparición.

 

Duración: segundos.

 

5ª. -16.15 horas, aproximadamente. Interior de la casa de José de Arimatea,

 

en Jerusalén. Testigos: María, la de Magdala, y veinticuatro mujeres. Sienten

 

primero una clara sensación de frío. «Como una corriente de viento helado.»

 

 

 

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El Maestro aparece de pronto en el centro del corro que forman las hebreas.

 

Es un hombre de carne y hueso. El Resucitado reivindica el papel de la mujer

 

en la difusión de la buena nueva. «Vosotras -dice- también estáis llamadas a

 

proclamar la liberación de la Humanidad por el evangelio de la unión con

 

Dios… Id por el mundo entero anunciando este evangelio y confirmar a los

 

creyentes en la fe…» La «presencia» se extingue. A raíz de esta aparición, el

 

Sanedrín dicta normas contra los que propaguen noticias sobre la vuelta a la

 

vida del rabí de Galilea.

 

Duración: entre uno y dos minutos.

 

6ª. - 16.30 horas. Jerusalén. Interior de la casa de Flavio, antiguo conocido de

 

Jesús. Testigos: más de cuarenta griegos, seguidores de las enseñanzas del

 

Maestro (algunos se hallaban en Getsemaní en la noche del prendimiento).

 

Aparición repentina. El «Hombre» les pide igualmente que salgan al mundo y

 

que proclamen la buena nueva. «Dentro del reino de mi Padre -les comunica-

 

no hay ni habrá judíos ni gentiles… Aun cuando el Hijo del Hombre haya

 

aparecido en la Tierra entr e judíos, traía su ministerio para todo los hom-

 

bres.» Desaparición fulminante.

 

Duración: poco más de un minuto.

 

7ª. -Alrededor de las 18 horas. En el camino de la ruta Santa a Ammaus.

 

Quizá a cinco o seis kilómetros de Jerusalén. Testigos: los hermanos Cleofás

 

y Jacobo, pastores. Un «Hombre» les sale al encuentro. No reconocen al

 

Maestro. Tampoco su voz. El «Hombre» les habla, recordándoles «que el reino

 

anunciado por Jesús no era de este m undo y que todos los humanos son hijos

 

de Dios». El «Hombre» entra en la casa de los pastores, se sienta a la mesa y

 

trocea con facilidad un «redondel» de pan de trigo. Tras bendecirlo, des-

 

aparece.

 

Duración: una hora y media, aproximadamente.

 

8ª. -20.30 horas. Patio a cielo abierto en el hogar de los Marcos, en Jerusalén.

 

Testigo: Simón Pedro. Un «Hombre» se presenta de pronto junto al des-

 

moralizado discípulo. El pescador no lo re conoce, pero sí su voz. El Resucitado,

 

entre otras cosas, le dice: «Prepárate a llevar la buena nueva del evangelio a

 

aquellos que se encuentran en las tinieblas.» Pasean recordando el pasado y

 

hablando del presente y del futuro. Desaparición igualmente súbita.

 

Duración: más de cinco minutos.

 

9ª. - 21.30 horas. Planta superior de la casa de Elías Marcos (Jerusalén).

 

Testigos: el cabeza de familia, José de Arimatea, diez de los once discípulos

 

(faltaba Tomás) y quien es to escribe. Puertas cerr adas y atrancadas. Un

 

viento helado hace oscilar las llamas de las lucernas. La estancia queda a

 

oscuras. Una zigzagueante, infinitesimal y azulada chispa eléctrica (?) apa-

 

rece al fondo del salón. La «chispa» (?) dibuja una figura hu

 

mana, níti-

 

damente perfilada por una su til línea violeta. Una «c ascada de luz» (?) se

 

derrama desde la parte superior, colmando la silueta. Aparece un «hombre

 

 

 

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luminoso». Nadie reconoce al Maestro. La forma violácea habla y parece como

 

si la voz partiera de toda la estructura. Copas metálicas y espadas, situadas

 

cerca de la «aparición», entrechocan, cayendo al suelo. El «ser de luz» (?) se

 

esfuma, recogiéndose sobre sí mismo, hasta que sólo queda un punto bri-

 

llante, blanco como el más potente de los arcos voltaicos.

 

Duración: imposible de precisar. Quizá uno o dos minutos.

 

11 DE ABRIL, MARTES

 

10ª. - Poco antes de las 8 ho ras. Interior de una de las sinagogas de Filadelfia

 

(más allá de la Perea). Testigos: Lázaro y más de ciento cincuenta seguidores

 

del Maestro. La reunión tenía por objeto difundir la última noticia procedente

 

de la Ciudad Santa: la resurrección del Maestro. Cuando Lázaro y Abner, el

 

jefe de aquellos creyentes, se dispon ían a hablar, un «hombre» surgió «de la

 

nada», a escasos pasos de los oradores. Tampoco lo reconocieron. Según los

 

emisarios que dieron cuenta del hecho, el Resucitado dijo:

 

«La paz sea con vosotros…

 

»Ya sabéis que tenéis un solo Padre en el cielo y que únicamente existe un

 

evangelio del reino: la buena nueva de l regalo de la vida eterna que los

 

hombres reciben por la fe. Al gozar de vuestra fidelidad al evangelio, rogad a

 

Dios para que la verdad se extienda en vuestros corazones con un nuevo y

 

más bello amor hacia vuestros hermanos. Amad a todos los hombres como yo

 

os he amado y servidles como yo os he servido. Recibid en vuestra comunidad,

 

con agradable comprensión y afecto fraternal, a todos los hermanos consa-

 

grados a la divulgación de la buena nueva. Sean judíos o gentiles. Griegos o

 

romanos. Persas o etíopes. Juan predicó el reino por adelantado. Vosotros, la

 

fuerza del evangelio. Los griegos anuncian ya la buena nueva y yo, en breve,

 

voy a enviar al Espíritu de la Verdad al alma de todos es tos hombres, mis

 

hermanos, que tan generosamente han consagrado sus vidas a la iluminación

 

de sus semejantes, hundidos en las tinieblas espirituales. Todos sois hijos de

 

la luz. No tropecéis en el error de la desconfianza y la intole rancia. Si, gracias

 

a la fe, os habéis elevado hasta amar a los no creyente s, ¿no deberíais

 

igualmente amar a vuestros compañeros creyentes de la gran familia de la fe?

 

Recordad que, según os améis, todos los hombres reconocerán que sois mis

 

discípulos.

 

«Marchad, pues, por todo el mundo, an unciando el evangelio de la paternidad

 

de Dios y de la hermandad de los ho mbres. Hacedlo con todas las razas y

 

naciones. Sed prudentes al escoger los métodos para la divulgación de estas

 

verdades. Habéis recibido gratuitamente este evangelio del reino y gratui-

 

tamente lo entregaréis.

 

»No temáis… Yo estaré siempre con vosotros, hasta el fin del tiempo.

 

»Os dejo mi paz…»

 

 

 

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 39

 

Dicho esto, el «Hombre» desaparece de la vista de los allí congregados.

 

Duración: alrededor de tres minutos.

 

Los testigos, impresionados, se apresuran a dar cumplida cuenta de lo ocu-

 

rrido a los íntimos del Maestro y a salir a los caminos, anunciando lo solicitado

 

por el «Hombre». A decir verdad, son lo s primeros «misioneros». Los pioneros

 

en la difusión de un mensaje -el gran mensaje- no contaminado…

 

16 DE ABRIL, DOMINGO

 

11a -18 horas. Cenáculo, en la casa de los Marcos (Jerusalén). Puertas

 

nuevamente atrancadas. Testigos: los on ce íntimos y quien esto escribe.

 

Momentos antes de la «presencia», las flamas de las lámparas de aceite os-

 

cilan, pero no llegan a apagarse. Como salido de uno de los muros, se pre-

 

senta en la estancia un «Hombre de carne y hueso». Todos lo reconocen. Es

 

Jesús de Nazaret. El Resucitado or dena que salgan al mundo y anuncien la

 

buena nueva. «Os envío, no para amar las almas de los hombres, sino para

 

amar a los hombres… Sabéis por la fe que la vida eterna es un don de Dios.

 

Cuando tengáis más fe y el poder de arriba (el Espíritu de la Verdad) haya

 

penetrado en vosotros, no ocultaréis vuestra luz… Vuestr a misión en el

 

mundo se basa en lo que he vivido co n vosotros: una vida revelando a Dios y

 

en torno a la verdad de que sois hi jos del Padre, al ig ual que todos los

 

hombres. Esta misión se concretará en la vida que haréis entre los hombres,

 

en la experiencia afectiva y viviente del amor a todos ellos, tal y como yo os

 

he amado y servido. Que la fe ilumine el mundo y que la revelación de la

 

verdad abra los ojos cegados por la tradición. Que vuestro amor destruya los

 

prejuicios engendrados por la ignorancia. Al acercaros a vuestros con-

 

temporáneos con simpatía comprensiva y una entrega desinteresada, los

 

conduciréis a la salvación por el conocimiento del amor del Padre. Los judíos

 

han exaltado la bondad. Los griegos, la belleza. Los hindúes, la devoción. Los

 

lejanos ascetas, el respeto. Los romanos, la fidelidad… Pero yo pido la vida de

 

mis discípulos. Una vida de amor al servicio de sus hermanos encarnados.»

 

El Resucitado alza los brazos. Las mangas resbalan y muestra a Tomás la piel

 

tersa, sin huella alguna de heridas. Y le dice: «A pesar de qu e no veas ninguna

 

señal de clavos, ya que ahora vivo bajo una forma que tú también tendrás

 

cuando dejes este mundo, ¿qué les dirás a tus hermanos?»

 

El «Hombre» se distancia. Camina hacia uno de los muros y desaparece.

 

Duración: cuatro minutos.

 

18 DE ABRIL, MARTES

 

12ª. -Poco después de las 20 horas. Residencia de Rodán (ciudad de Ale-

 

jandría, en Egipto). Testigos: unos ochenta griegos y judíos que compartían

 

 

 

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las enseñanzas del Maestro. Cuando uno de los «correos» enviados por David

 

Zebedeo concluye su exposición sobre la muerte de Jesús de Nazaret, un

 

«Hombre» aparece de pronto entre los allí reunidos. Rodán, Natán de Busiris

 

(el mensajero) y otros lo reconocen. El Resucitado, según Natán, dice tex-

 

tualmente: «Que la paz sea con vosotr os… El Padre me ha enviado para

 

establecer algo que no es propiedad de ninguna raza, nación, ni tampoco de

 

ningún grupo especial de educadores o predicadores. El evangelio del reino

 

pertenece a judíos y gentiles, a ricos y pobres, a hombres libres y a esclavos,

 

a mujeres y varones e, incluso, a los niños. Extended este evangelio de amor

 

y verdad a través de vuestras vidas. Os amaréis con un nuevo amor, como yo

 

os he amado. Serviréis a la humanida d con una devoción nueva y sorpren-

 

dente, como yo os he servido. Entonces, cuando los hombres vean cómo los

 

amáis, y cuánto trabajáis en su favor, comprenderán que habéis entrado por

 

la fe en la comunidad del reino de los cielos. Entonces seguirán al Espíritu de

 

la Verdad, al que descubrirán en vuestras vidas, ha sta hallar la salvación

 

eterna.

 

»Al igual que mi Padre me envió a este mundo, yo también os envío. Todos

 

estáis llamados a difundir esta buena nueva a quienes se debaten en las ti-

 

nieblas. El evangelio del reino pertenece a todos aquellos que creen en él…

 

¡Prestad atención!: este evangelio no debe ser confiado exclusivamente a los

 

sacerdotes…

 

»En breve, el Espíritu descenderá sobre vosotros y os guiará hacia la verdad.

 

Id, pues, y predicad esta gran noticia…

 

»Y no olvidéis que estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.»

 

El «Hombre» se esfuma. Dos días después -jueves, 20 de abril- otro «correo»

 

llega a Alejandría con la noticia de la resurrección. Rodán y su gente pro-

 

porcionan al perplejo mensajero otra no menos valiosa información: «Sí, lo

 

sabemos. Nosotros acabamos de verlo.»

 

Duración de la «presencia»: dos minutos escasos.

 

21 DE ABRIL, VIERNES

 

13ª. - Poco después del amanecer (8o ras). Playa de Saidan, en el lago de

 

Tiberíades. Testigos «oficiales»: diez de los apóstoles (faltaba Simón el Ze-

 

lota), el adolescente Juan Marcos y quien esto escribe. Un «Hombre» aparece

 

en la orilla del vara. A las 6.30 horas, las embarcaciones tripuladas por los

 

íntimos se aproximan a la costa. El «Hombre» indica a los pescadores la

 

presencia de un banco de tilapias. Llen an las redes y regresan. Muy cerca,

 

Juan Zebedeo intuye que aquel «Hombre» es el Maestro. Simón Pedro se

 

lanza al agua y nada hasta la orilla. El «Hombre» los invita a comer algunos de

 

los pescados. Todos lo reconocen. El «Hombre» se niega a comer. Pasea con

 

los discípulos por la playa. Lo hace con una pareja cada vez. Al dirigirse a

 

 

 

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 41

 

Pedro, entre otras cosas, le dice: «N o te preocupes de lo que hagan tus

 

hermanos. Si quiero que Juan (el Zebe deo) permanezca aquí al marcharte tú,

 

y hasta que yo vuelva, ¿en qué te concierne?»

 

Minutos después, caminando junto a Andrés, el Resucitado, sutilmente, le

 

anuncia la muerte de Santiago (hermano de Jesús): «…Cuando tus hermanos

 

se dispersen como consecuencia de las persecuciones, sé un sabio y previsor

 

consejero para Santiago, mi hermano por la sangre, ya que tendrá que so-

 

portar una pesada carga, que su experiencia no le permite llevar».

 

En otra de las conversaciones -esta vez con Santiago de Zebedeo-, el Resu-

 

citado formula una nueva profecía. Dirigiéndose al «hijo del trueno» afirma:

 

«…Aprende a pensar en las consecuencias de tus palabras y actos. Recuerda

 

que la cosecha es obra de la siembra. Reza por la tranquilidad de espíritu y

 

cultiva la paciencia. Con fe viva, estas gracias te sostendrán cuando llegue la

 

hora de beber la copa del sacrificio. No temas nunca…».

 

A las 10, tras despedirse, dejan de verle.

 

Duración: «oficialmente», unas cuatro horas.

 

22 DE ABRIL, SÁBADO

 

14ª. -Hora «sexta» (mediodía). Monte de la Ordenación (hoy llamado de las

 

Bienaventuranzas), al norte del Kenner eth (lago de Galilea). Testigos «ofi-

 

ciales»: los once discípulos. Un «Hombr e» surge de pronto en la cima. Es

 

Jesús de Nazaret. El Resucitado alza el rostro hacia el cielo y, con gran voz,

 

pide al Padre que cuide de aquellos hombres. Después impone sus manos

 

sobre las cabezas. En cada imposición cierra los ojos, permaneciendo en si-

 

lencio algunos segundos. Finalizada la ceremonia conversa con los once,

 

demostrando un excelente buen humor. Abraza a Simón el Zelota durante un

 

largo minuto. Repite la operación con el resto y hacia las 13 horas, retroce-

 

diendo hasta el centro del círculo, desaparece fulminantemente.

 

Duración «oficial»: una hora.

 

29 DE ABRIL, SÁBADO

 

15ª. - Hacia la «nona» (Xhoras). Play a de Saidan. Testigos: los once dis-

 

cípulos, el joven Juan Marcos, la Señora, parte de la familia de los Zebedeo,

 

alrededor de quinientos vecinos de las localidades próximas y quien esto

 

escribe. Tras un audaz discurso de Pedro, en el que proclama la resurrección

 

del Maestro, el maarabit, el viento del oeste, cesa bruscamente. Se hace

 

 un

 

silencio anormal. Las fogatas se alteran. De pronto, en el centro de la lancha

 

varada que ocupa Simón Pedro surge un «Hombre». Parte de los felah y

 

am-ha-arez allí reunidos retrocede y cae. Es el rabí. Durante unos instantes,

 

el Resucitado pasea la vista sobre la muchedumbre. Finalmente exclama:

 

 

 

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«Que la paz sea con vosotros… Mi paz os dejo.»

 

El «Hombre» se extingue. Vuelven los sonidos habituales del yam, así como el

 

viento.

 

Duración: no más allá de quince segundos.

 

5 DE MAYO, VIERNES

 

16ª. - Primera vigilia de la noche (hacia las 21 horas). Patio a cielo abierto en

 

la casa de Nicodemo (Jerusalén). Testigos: el anfitrión, los once discípulos y

 

alrededor de setenta segu idores del Maestro, entr e los que se encuentran

 

mujeres y griegos. A la media hora de iniciada la reunión, un «Hombre» se

 

presenta de improviso entre ellos. Es re conocido de inmediato. Y Jesús, según

 

las informaciones que obran en mi poder, les dice: «La paz sea con vosotros…

 

He aquí el grupo más representativo de creyentes, embajadores del reino,

 

discípulos, hombres y mujeres, al que he aparecido desde que me liberé de la

 

carne. Os recuerdo ahora lo que os anuncié tiempo atrás: que mi estancia

 

entre vosotros terminaría. Os manifesté que tenía que volver junto al Padre.

 

También os expuse claramente cómo los sacerdotes principales y los líderes

 

de los judíos me entregarían para ser condenado a muerte. Pero también os

 

dije que me levantaría del sepulcro. En tonces, ¿cuál es la razón de vuestro

 

desconcierto? ¿Por qué tanta sorpresa cuando, al tercer día, resucité? No me

 

creísteis porque escuchasteis mis palabras sin entenderlas.

 

»Ahora, por tanto, prestad atención para no caer de nuevo en el error de

 

oírme con la mente, ignorándome con el corazón.

 

»Desde el primer momento de mi estancia entre vosotros os enseñé que mi

 

único fin era revelar a mi Padre de los ci elos a sus hijos en la Tierra. He vivido

 

esta encarnación para que podéis acceder al conocimiento de ese gran Dios.

 

Os he revelado que Dios es vuestro Padre y vosotros sus hijos…

 

»¡Dios os ama!… Y es un hecho que sois sus hijos…

 

»Por la fe en mis palabras, esto se co nvierte en una verdad eternamente viva

 

en vuestros corazones.

 

«Cuando, por esa fe viva, os hagáis conscientes de ese Dios y de cuanto

 

afirmo, entonces habréis nacido como hi jos de la luz y de la vida. Y yo os

 

prometo que seguiréis ascendiendo y qu e encontraréis al Padre en el Pa-

 

raíso…

 

»Os exhorto a que no olvidéis que vuestra misión consiste en la proclamación

 

del evangelio del reino. Es decir, la realid ad de la paternida d de Dios y la

 

hermandad entre los hombres… Anunciad la buena nueva…, en su totalidad.

 

No caigáis en la tentación de revelar tan sólo una parte… ¡Prestad atención!…

 

Mi resurrección no debe cambiar el gran mensaje. Es decir, ¡que sois hijos de

 

un Dios!

 

«Permaneced, pues, fieles al evangelio del reino.

 

 

 

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 43

 

«Debéis marchar, predicando el amor de Dios y el servicio a los hombres.

 

»Lo que el mundo necesita es saber que todos son hijos del Padre y que,

 

gracias a esa fe, pueden conocer y ex perimentar esa noble verdad. Mi en-

 

carnación debería ayudar a comprender que los hombres son hijos del cielo,

 

pero sé también que, sin la fe, no es posible alcanzar el auténtico sentido de

 

esa revelación.

 

»Ahora, aquí, estáis compartiendo la realidad de mi resurrección. Pero esto no

 

tiene nada de extraño. Yo tengo el po der para sacrificar mi vida… y para

 

recuperarla. Es el Padre quien me ot orga ese poder… Más que por esto,

 

vuestros corazones deberían estremecerse por la realidad de esos muertos de

 

una época que han emprendido la ascensión eterna poco después de que yo

 

abandonara la tumba de José de Arimatea…

 

»He vivido para mostraros cómo, con amor, podéis revelar a Dios a vuestros

 

semejantes. El hecho de amaros y serv iros ha sido una revelación. Si he

 

permanecido entre vosotros como el Hi jo del Hombre ha sido para que lle-

 

guéis a conocer esta gran verdad: ¡sois hijos de un Dios!…

 

»Id, pues, y gritad este evangelio.

 

«Amad como yo os he amado. Servid como yo os he servido.

 

«Habéis recibido con generosidad… Sed, pues, generosos.

 

«Quedaos en Jerusalén hasta que vaya al Padre y os envíe el Espíritu de la

 

Verdad. Él, después, os conducirá a una verdad más extensa y os acompañará

 

por todo el mundo.

 

«Siempre estaré con vosotros…

 

»Os dejo mi paz.»

 

Dicho esto, el «Hombre» desaparece.

 

Duración: unos cuatro minutos.

 

13 DE MAYO, SÁBADO

 

17ª. - Hacia la «décima» (`horas). Cerc a del pozo de Jacob (ciudad de Sicar,

 

en Samaría). Testigos: alrededor de setenta y cinco samaritanos, fieles se-

 

guidores del Maestro. Mientras comentan las noticias sobre la resurrección, el

 

rabí aparece ante ellos. Todos lo iden tifican. El texto, con las palabras del

 

Resucitado, es enviado igualmente a la ca sa de los Marcos. Decía así: «La paz

 

sea con vosotros… Estáis gozosos al saber que soy la resurrección y la vida.

 

Pero nada de esto os servirá si antes no nacéis del espíritu y encontráis a Dios.

 

Si llegáis a ser hijos del Padre por la fe…, nunca moriréis.

 

«El evangelio del reino os enseña que todos los hombres son hijos de Dios.

 

Pues bien, es preciso que esta buena nu eva sea extendida por todo el mundo.

 

Ha llegado la hora… Ya no deberéis adorar a Dios en el monte Gerizim o en

 

Jerusalén, sino allí donde os encontréis. Allí donde estéis…, en espíritu y en

 

verdad. Es vuestra fe la que salva el alma. La salvación es una gracia de Dios

 

 

 

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para todos aquellos que se consideran sus hijos. Pero no os equivoquéis. Aun

 

cuando la salvación es un regalo del Padre, ofrecido a cuantos lo desean por la

 

fe, es menester rendir frutos espirituales en la vida.

 

»La aceptación de la verdad sobre la paternidad de Dios significa que debéis

 

hacer vuestra la segunda gran revelació n: todos los hombres son hermanos…,

 

¡físicamente!

 

»Por lo tanto, si el hombre es vues tro hermano, es mucho más que vuestro

 

prójimo. Y el Padre exige que lo améis como a vosotros mismos.

 

»Si el hombre pertenece, pues, a vuestra propia familia, no sólo lo amaréis

 

con un amor fraterno, sino que lo se rviréis como os se rviríais a vosotros

 

mismos. Y así lo haréis porque yo, primero, lo hice con vosotros.

 

»Id, pues, por el mundo, anunciando esta buena nueva a todas las criaturas

 

de cada raza, tribu y nación.

 

«Mi espíritu os precederá y estaré siempre con vosotros.»

 

Acto seguido, ante el temor y la perplejidad de los samaritanos, el Resucitado

 

desaparece.

 

Duración: unos tres minutos.

 

16 DE MAYO, MARTES

 

18ª. - Poco antes de las 21 horas. Ciudad de Tiro (costa de Fenicia). Testigos:

 

los emisarios no consiguen ponerse de acuerdo. Algunos mencionan cin-

 

cuenta. Otros hablan de un centenar de gentiles, todos ellos conocedores de

 

las enseñanzas de Jesús. En el inst ante de la aparición discuten sobre la

 

pretendida vuelta a la vida del Galileo. Al presentarse súbitamente ante ellos,

 

casi todos lo reconocen. «Es un “Hombre” normal y corriente.»

 

Éstas son las palabras del Resucitado: «La paz sea con vosotros…

 

»Os regocijáis al saber que el Hijo del Hombre ha resucitado de entre los

 

muertos. Así sabéis que vosotros, al igual que vuestros hermanos, también

 

venceréis a la muerte. Pero para alcanzar esa supervivencia es preciso que,

 

previamente, hayáis nacido del espíri tu que busca la verdad y hayáis des-

 

cubierto al Padre. El pan y el agua de la vida se otorgan únicamente a los que

 

tienen hambre de verdad y sed de Dios.

 

»No os confundáis… Que los muertos resuciten no constituye el evangelio del

 

reino. Estas cosas sólo son el resultado, una consecuencia más, de la fe en la

 

buena nueva. Forma parte del evange lio y de la sublime experiencia de

 

aquellos que, por la fe, se convierten en hijos de Dios…, pero, recordad…, no

 

es el evangelio.

 

»Mi Padre me ha enviado para difundir esta noticia: ¡todos sois hijos de ese

 

Dios!

 

»Así, pues, yo os envío lejos, para que prediquéis esta salvación.

 

»La salvación es un don de Dios, pero los que nacen del espíritu demuestran

 

 

 

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los frutos inmediatamente, a través del servicio a sus semejantes. Éstos son

 

esos frutos: servicio amoroso, abnegación desinteresada, fidelidad, equilibrio,

 

honradez, permanente esperanza, confianza sin reservas, misericordia,

 

bondad continua, piadosa clemencia y paz sin fin. Si los creyentes no aportan

 

estos frutos en su vida diaria…, ¡están muertos! El espíritu de la Verdad -no

 

os engañéis- no reside en ellos. Son sarmientos inútiles de una viña viva y, a

 

no tardar, serán podados.

 

»Mi Padre exige que todos los hijos de la fe rindan un máximo de frutos. Si

 

vosotros sois estériles, Él cavará alrededor de las raíces y cortará las ramas

 

inútiles. Ésta es la gran verdad: conforme avancéis en el reino de los cielos,

 

esos frutos deberán ser más cuantiosos . Podéis entrar en el reino como un

 

niño, pero os aseguro que mi Padre solicitará que alcancéis, por la gracia, la

 

plenitud de un adulto.

 

»Estad tranquilos… Cuando salgáis a proclamar es ta buena nueva, yo os

 

precederé y mi Espíritu de la Verdad habitará en vosotros.

 

»Os dejo mi paz…»

 

A continuación, el «Hombre» desaparece.

 

Duración: entre cuatro y cinco minutos.

 

Al día siguiente -según los emisarios que trajeron la noticia- aquellos gentiles

 

(tirios y sidonios en su mayoría) se lanzaron valientemente a las calles, lle-

 

nando de estupor a los habitantes de Tiro, Sidón, Antioquía y Damasco.

 

18 DE MAYO, JUEVES

 

19ª. -6.30 horas. Estancia superior de la casa de los Marcos, en la Ciudad

 

Santa. Testigos: la totalidad de los íntimos (once), María Marcos, Rodé, una

 

de las sirvientas, y quien esto escribe. Cuando se disponen a desayunar, un

 

«Hombre» se «presenta» en la sala. Es el Maestro. Nuevas escenas de pánico.

 

El Resucitado los tranquiliza. Simón el Zelota, a petición del resto, formula la

 

siguiente pregunta: «Entonces, Maestro, ¿restablecerás el reino?… ¿Veremos

 

la gloria de Dios manifestarse en el mundo?» Jesús replica: «Simón, todavía

 

te aferras a tus viejas ideas sobre el Me sías judío y el reino terrenal. No te

 

preocupes… Recibirás poder espiritual cuando el Espíritu haya descendido

 

sobre ti… Después marcharéis por todo el mundo predicando esta buena

 

noticia del reino. Así como el Padre me en vió, así os envío yo ahora…» El rabí

 

hace una alusión al desaparecido Judas Iscariote y dice: «Judas ya no está

 

con vosotros porque su amor se enfrió y porque os negó su confianza…

 

¡Confiad, pues, los unos en los otros!» Acto seguido da media vuelta y camina

 

hacia la salida, dirigiéndose, con los once, a la falda occidental del monte de

 

los Olivos. Al cruzar las atestadas calles de Jerusalén, muchos vecinos lo

 

reconocen.

 

Poco después de las 7 horas, el Resucitado y los íntimos se detienen a medio

 

 

 

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camino de la cima. Jesús, en silencio, contempla la ciudad. Regresa junto a los

 

mudos y perplejos discípulos. Pedro se ar rodilla frente al Maestro. Todos le

 

imitan. Son las últimas palabras del Hijo del Hombre en la Tierra: «… Amad a

 

los hombres con el mismo amor con que os he amado. Y servid a vuestros

 

semejantes como yo os he servido… Servidlos con el ejemplo… Y enseñad

 

con los frutos espirituales de vuestra vida. Enseñadles la gran verdad… In-

 

citadlos a creer que el hombre es un hijo de Dios… ¡Un hijo de Dios!… El

 

hombre es un hijo de Dios y todos, por tanto, sois hermanos… Recordad todo

 

cuanto os he enseñado y la vida que he vivido entre vosotros… Mi amor os

 

cubrirá… Y mi espíritu y mi paz reinarán entre vosotros… ¡Adiós!»

 

El Resucitado, en pie, desaparece.

 

Duración: una hora y veinte minutos, aproximadamente.

 

Sí, una caricatura…

 

Cuanto más repaso estas diecinueve apar iciones, más me ratifico en lo ya

 

dicho: los evangelios que veneran los creyentes sólo son eso… Una mala

 

caricatura de lo que sucedió.

 

Me lo he planteado varias veces. ¿Comento estos sucesos? La verdad es que

 

podría pasarlo por alto. Me queda tanto por contar… Pero, esa «fuerza» que

 

me llena, que me acompaña y guía desde entonces, tira de mí, forzándome a

 

expresar algunas opiniones. Seguiré la intuición. Él «sabe».

 

Centrándome en lo sustancial, salta a la vista que los mencionados textos

 

sagrados (?) fueron gravemente mutilados. Si esas «presencias» del Resu-

 

citado eran del dominio público, perfecta y minuciosamente conocidas por los

 

«embajadores del reino», ¿por qué los evangelistas sólo hacen alusión a unas

 

pocas? Salvo Juan, que menciona cuatro y muy por encima, el resto se

 

contenta con dos o con tres.

 

¿Cómo es posible? ¿Es que la vuelta a la vida del Hijo del Hombre no era

 

importante? ¿No lo fueron sus palabras? ¿Dudaron, quizá, de la credibilidad

 

de los testigos? ¿Estimaron que el número de personas que llegó a verlo no

 

era suficiente?

 

Por supuesto que lo fue. Según mi cort o conocimiento, todos se mostraron de

 

acuerdo: aquellas apariciones eran la culminación de una vida y de un ideal.

 

Pero…

 

Y antes de proseguir me permitiré un breve paréntesis que confirma, bien a

 

las claras, la solidez de estos acontecimientos y la unánime aceptación de los

 

mismos por parte de los íntimos. Se trata de datos punt uales, altamente

 

significativos, que impresionaron a cuantos los conocieron. Veamos.

 

Entre las notas tomadas por este explor ador en aquellos días figura lo si-

 

guiente:

 

Primero.

 

Según los «correos» y demás mensajeros que trajeron las noticias a la Ciudad

 

Santa, el total de testigos que alcanzó a ver y a escuchar al Resucitado en

 

 

 

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esas diecinueve «presencias» osciló entre 1 488 y 1 538.

 

¡Dios bendito! ¿No era un número más que sobrado?

 

Segundo.

 

Tiempo en el que el Maestro fue visible: ¡ocho horas y treinta y seis minutos,

 

aproximadamente!

 

Un récord en la Historia de la Humanidad.

 

Tercero.

 

Las apariciones se registraron de día, en la noche, en lugares abiertos o ce-

 

rrados y con puertas atrancadas.

 

¿Tampoco fue tomado en consideración?

 

Cuarto.

 

De esas diecinueve «presencias», cu atro tuvieron luga r a considerables

 

distancias de Jerusalén. A saber: Alejandría, a 517 kilómetros; Tiro, también

 

en línea recta, a poco más de 200; F iladelfia, a 76, y el yam (lago de Tibe-

 

ríades), a 140 kilómetros.

 

¿Una frivolidad?

 

Quinto.

 

Si los apuntes no fallan, he aquí las veces en que el rabí fue observado por

 

discípulos y seguidores de prestigio:

 

Pedro, el que más, contabilizó siete oportunidades, seguido por los íntimos,

 

con seis (Tomás y Simón el Zelota lo vieron cinco vece s). También María, la de

 

Magdala, pudo contemplarlo en cinco mo mentos. La Señora, Santiago, su hijo,

 

y Juan Marcos, el benjamín de los Marcos, disfrutaron de dos oportunidades

 

cada uno. El Galileo fue visto igualmente , en una ocasión, por José de Ari-

 

matea, Nicodemo, Elías Marcos, Lázaro , Cleofás y Jacobo (los pastores de

 

Ammaus), David Zebedeo y la familia de Lázaro.

 

¿Quién, en su sano juicio, se atrev ía a dudar de la credibilidad de estos

 

hombres y mujeres, a cual más carismático?

 

Cierro el paréntesis.

 

En efecto, como decía, los argumentos eran sólidos. Que yo sepa, nadie

 

cuestionó estas «presencias». Al contrario. Reafirmaron la creencia general,

 

fortaleciendo, en especial, la postura de Pedro y su grupo y dando alas a las

 

predicaciones.

 

Pero…

 

Sí, algo sucedió. Algo terminó arruinando semejantes prodigios. Y el silencio

 

descendió sobre esta magnífica y sub lime etapa de la historia del Hijo del

 

Hombre…

 

Supongo que la censura -porque de esto se trata- fue gradual. Y los años, el

 

distanciamiento y el olvido hicieron el resto.

 

No es difícil de imaginar. Cuando los ánimos se estabilizaron, más de uno se

 

llevó las manos a la cabeza, rechazando contenido, marco y circunstancias de

 

muchas de estas apariciones.

 

 

 

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Probablemente no hubo mala intención. Era judíos -no lo olvidemos- y no

 

lograron librarse de la mano de hierro (la Ley) que gobernaba vidas e ideas.

 

Fue ese condicionamiento lo que les hizo reflexionar y sepultar los hechos.

 

¿Por qué?

 

Esbozaré algunas posibles razones. El corazón me dice que no estoy equi-

 

vocado…

 

Primera: las mujeres.

 

Y no me refiero a la mera circunstanc ia de que llegaran a ser testigos. Eso

 

podían aceptarlo. Lo que, en cambio, repugnaba a sus costumbres y enten-

 

dimiento fue lo acaecido en la quinta aparición. Como se recordará, en dicha

 

«presencia», el Resucitado reivindicó el papel de la mujer en la difusión del

 

reino. Fue claro y tajante. «Vosotras -afirmó ante veinticinco hebreas- tam-

 

bién estáis llamadas a proclamar la liberación de la Humanidad por el

 

evangelio de la unión con Dios…»

 

Y por si surgía alguna duda, añadió:

 

«… Id por el mundo entero anunciand o este evangelio y confirmar a los

 

creyentes en la fe…»

 

Jesús de Nazaret, en definitiva, conocedor de la pésima situación social de la

 

mujer y adelantándose a la Historia, recuerda que todos, varones y hembras,

 

son iguales a la hora de manejar los asuntos del reino.

 

La orden del rabí, sin embargo, no agradó a los tercos y machistas judíos.

 

¿Considerar como iguales a las «mentirosas e impuras por naturaleza?»

 

Ni soñarlo…

 

Y la aparición en cuestión fue desterrada. Nunca existió.

 

Las mujeres, por supuesto, no sólo no fueron equiparadas a los «sagrados

 

embajadores del reino», sino que, en el colmo de la desobediencia a lo

 

prescrito por el Hijo de Dios, continuaron anuladas y menospreciadas.

 

¿Exagero?

 

Creo que no. Y como muestra de lo que afirmo, he aquí unas frases del, insisto,

 

nefasto Pablo de Tarso. En su epísto la primera a los Corintios (14, 33-36)

 

escribe con una desfachatez que hoy provoca sonrojo e indignación:

 

«Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres cállense en las

 

asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la

 

Ley. Si quieren aprender algo, que en casa pregunten a sus maridos, porque

 

no es decoroso para la mujer hablar en la iglesia.»

 

¿Y éste era el hombre que decía venerar a Jesús de Nazaret?

 

Sin comentarios…

 

Más de una vez me lo he preguntado. Si la primitiva iglesia y los evangelistas

 

hubieran respetado hechos y palabras, y más conc retamente esta quinta

 

aparición, ¿seguirían los cristianos polemizando sobre el papel de la mujer en

 

la obra del rabí de Galilea?

 

Pero no fue éste el único, ni el más doloroso silencio…

 

 

 

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 49

 

Segunda: los gentiles y prosélitos.

 

Como ha sido dicho, el Resucitado se presentó también ante un buen número

 

de griegos, fenicios, y samaritanos, entre otros «no judíos». Según mis

 

cálculos, ante 400 o 600. Es decir, tira ndo de las estadísticas, alrededor de un

 

33 por ciento del total.

 

Pues bien, he aquí otra de las posibles razones que provocó una inmisericorde

 

censura.

 

Y volvemos a lo anteriormente expuesto . Eran judíos y la Tora lo decía sin

 

paliativos: los prosélitos constituían una casta de segundo orden, marcada

 

por el pecado. Estos individuos, paga nos convertidos al judaísmo, veían li-

 

mitados muchos de sus derechos cívico s, siendo aborrecidos por los sacer-

 

dotes y judíos más ortodoxos. La penosa situación -no comparable, por su-

 

puesto, a la de los bastardos- llegaba a extremos inconcebibles. Por ejemplo:

 

las casas y propiedades de un ger («extr anjero») eran impuras, según la Ley.

 

Una impureza -idéntica a la de un cadáver- que impedía la entrada a los judíos

 

más estrictos. Por ejemplo: apoyándo se en el Deuteronomio (” 4-9),

 

muchos rabinos propugnaban que los prosélitos procedentes de Edom (al sur

 

del mar Muerto) y de Egipto no podían casarse con judíos o judías, inme-

 

diatamente después de su conversión. Po r ejemplo: según el derecho judío, el

 

pagano «no tenía padre legítimo». De ahí que los descendientes de prosélitos

 

fueran designados con el nombre de la ma dre (ver Yeb, 98ª., y Pesiata rabbati,

 

23-24, 122ª., 11, entre otros). Tan abominable principio jurídico -en ab I góy

 

(es decir, «el pagano no tiene padre»- creaba, entre los judíos, una atmósfera

 

de rechazo hacia el ger (prosélito) y cuanto le concernía. Al menos, entre los

 

círculos más cerrados y rigurosos. Semejante pesimismo se traducía, además,

 

en una permanente duda sobre la capaci dad moral de los gentiles. Así, por

 

ejemplo, «toda pagana, incluso la casa da, era sospechosa de haber practi-

 

cado la prostitución». Otros, más duros, los comparaban con la lepra. Y ni qué

 

decir tiene que ninguna prosélita podía aspirar jamás a contraer matrimonio

 

con un sacerdote. Así lo decía el Levíti co („ 7). Mejor di cho, así interpre-

 

taban a Yavé los retorcidos doctores de la Ley… Unos «especialistas» a los

 

que el Maestro se enfrentó valientemente. En cuestiones de herencias, por

 

ejemplo, el ger no salía mejor librado. Perdidos y ofuscados en aquel laberinto

 

de normas y leyes, los «guardianes de la Tora» llegaban a plantear preguntas

 

como éstas: «¿Tiene el prosélito derecho a heredar de un padre pagano?

 

¿Qué derecho tienen a la herencia los hijos del prosélito, concebidos antes de

 

la conversión del padre?» La verdad es que el retorcimiento de aquellas

 

gentes justificaría muchos de los ataque s y admoniciones de Jesús. Pues bien,

 

respecto a la primera cuestión, los judíos sólo los autorizaban a quedarse con

 

los dineros y bienes que no guardaban relación con los ídolos del padre. En el

 

segundo caso, los hijos salían peor parados. El inapelable principio jurídico ya

 

citado -«el pagano no tiene padre»- los condenaba a la miseria, no pudiendo

 

 

 

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 50

 

siquiera recurrir ante los tribunales, aunque demostraran que también ellos

 

se habían convertido al judaísmo.

 

Imagino que el hipotético lector habr á comprendido por dónde voy. En los

 

tiempos de Jesús de Nazaret, un ger, un prosélito, era un ser despreciado, sin

 

padre legítimo y con escasos derechos ante la Ley de Moisés. Ésta, al menos,

 

era la corriente generalizada en los círculos más ortodoxos. Pero no eran

 

éstos los únicos horrores que soportab an. Quizá más adelante -al narrar la

 

vida de predicación del Maestro- teng a la oportunidad de volver sobre esta

 

dramática situación.

 

Está claro. Cuando los íntimos -judíos a fin de cuentas- recibieron las noticias

 

sobre las diferentes apariciones del rabí a gentiles y prosélitos de Filadelfia,

 

Alejandría, Tiro y el yam -por no hablar de los odiados samaritanos-, más de

 

uno torció el gesto, desaprobándolas.

 

¿Qué era aquello?

 

¡El Resucitado departiendo con griegos, arab, tirios, fenicios y los «impuros

 

samaritanos»!

 

Hoy, lo sé, estos hechos pueden resu ltar incomprensibles. ¿Es que los dis-

 

cípulos no habían aprendido nada? ¿No recordaban las enseñanzas del Gali-

 

leo?

 

Naturalmente que sabían. Pero estaban donde estaban. La Ley era la Ley y

 

ellos, como digo, nunca se apartaron de la férrea normativa judía. No con-

 

viene olvidarlo…

 

Estos testigos también eran creyentes, pero su condición de ger casi los in-

 

validaba. En varias ocasiones los vi di scutir sobre el particular. Pero, fran-

 

camente, en esos momentos, no fui consciente de la trascendencia de tales

 

polémicas.

 

¿Cómo equiparar a estos hombres y mujeres con los testigos judíos? Y lo que

 

más los preocupaba: ¿cómo decirle al pu eblo que eran hermanos en la fe?

 

¿Cómo valorar los testimonios de gente «sin padre legítimo», «sospechosos

 

de prostitución e idolatría» y claramente condenados por Yavé?

 

No, aquello era demasiado. La referenc ia a estos sucesos en las predicaciones

 

sólo habría conducido a críticas, burlas y, en suma, a una depreciación de la

 

religión que estaban levantando. Una religión, insisto, en torno a la imagen y

 

la resurrección del «Señor Jesús».

 

He aquí una cuestión que suelen olvidar los creyentes de hoy. Pedro y su

 

grupo trabajaron durante mucho tiempo en la Ciudad Sa nta y en las tierras de

 

Palestina. Fue más tarde cuando algunos de los «embajadores del reino» se

 

decidieron a probar fortuna en otros parajes del Mediterráneo. ¿Cómo asumir,

 

por tanto, estas apariciones en mitad de una cultura que despreciaba a los

 

prosélitos? ¿Cómo decir y defender que todo un Hijo de Dios había hecho

 

iguales a individuos que la tradición y la sagrada Ley estimaban como in-

 

deseables?

 

 

 

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 51

 

Como se recordará, este estricto acatamiento de las reglas de la religión judía

 

por parte del líder y los suyos provoc aría lamentables enfrentamientos con

 

Pablo y sus seguidores.

 

Sencillamente, esas «prese ncias» del Maestro ante cientos de paganos y

 

prosélitos colocaban a la naciente iglesia en una posición tan delicada como

 

innecesaria. Y optaron por no echar más leña al fuego, suprimiéndolas. Si uno

 

revisa lo escrito por los evangelistas, observará que no hay mención alguna a

 

las apariciones en Filadelfia, Alejandría, Tiro y Sicar. Sólo Pablo, sin entrar en

 

detalles comprometedores, refiere que, en una de esas apariciones del rabí,

 

los testigos fueron más de quinientos hermanos (Óor. 15, 6). Entiendo que

 

habla de lo ocurrido el 29 de abril, sábado, en la playa de Saidan, cuando el

 

Resucitado se presentó ante más de quinientos felah y am-ha-arez. Hábil-

 

mente, Pablo evita mencionar que muchos de aquellos hombres y mujeres,

 

vecinos de los alrededores, eran gentiles y prosélitos.

 

Hoy, lógicamente, al leer los textos sagrados (?), uno tiene la impresión de

 

que no hubo más apariciones que las mencionadas. No podía ser de otra

 

forma. Y no sólo por lo que acabo de re ferir. Todo eso, aun siendo importante,

 

no fue lo más grave. En mi opinión, lo que arrinconó definitivamente esas

 

cuatro trascendentales «presencias» del Maestro, de spués de su muerte y

 

resurrección, fue el contenido de los sucesivos mensajes.

 

«Aquello» chocaba frontalmente con la Tora, con la tradición, con el senti-

 

miento de superioridad del pueblo elegido y, sobre todo, con la filosofía que

 

empezaba a fraguar en el grupo dominante.

 

«Dentro del reino de mi Padre -dijo Jesús a los griegos- no hay ni habrá judíos

 

ni gentiles.»

 

«Recibid en vuestra comunidad -manifestó en Filadelfia ante buen número de

 

arab-, con agradable comprensión y afecto fraternal, a todos los hermanos

 

consagrados a la divulgación de la buen a nueva. Sean judíos o gentiles.

 

Griegos o romanos. Persas o etíopes.»

 

«El Padre me ha enviado -aclaró finalmente en la ciudad de Alejandría ante

 

griegos, egipcios y judíos- para esta blecer algo que no es propiedad de

 

ninguna raza, nación, ni tampoco de ningún grupo especial de educadores o

 

predicadores… ¡Prestad atención!: este evangelio no debe ser confiado ex-

 

clusivamente a los sacerdotes.»

 

Las directísimas y transparentes alusiones de Jesús no podían ser aceptadas

 

en ese tiempo y, mucho menos, recogidas en los textos evangélicos. Insisto

 

una y otra vez: el mensaje no era compatible con las circunstancias y prác-

 

ticas de aquellos hombres. Por eso, sin duda, lo repitió con tanta insistencia.

 

Pero hubo algo más. Algo que dejó a Pedro y a los suyos fuera de juego…

 

Sabedor de lo que iba a suceder, el Resucitado se presenta en la casa de

 

Nicodemo, en Jerusalén, y en la primera vigilia de la noche, con la totalidad de

 

 

 

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los íntimos en su presencia, lanza una advertencia clave:

 

«Os exhorto a que no olvidéis que vuestra misión consiste en la proclamación

 

del evangelio del reino. Es decir, la realid ad de la paternida d de Dios y la

 

hermandad entre los hombres… Anunciad la buena nueva…, en su totalidad.

 

No caigáis en la tentación de revelar tan sólo una parte… ¡Prestad atención…!

 

Mi resurrección no debe cambiar el gran mensaje. Es decir, ¡que sois hijos de

 

un Dios!»

 

Otros setenta seguidores fueron igualmente testigos de excepción. Sin em-

 

bargo, el líder y la primera comunidad, como ya he mencionado, hicieron

 

oídos sordos a esta decisiva aclaración. Bartolomé, Tomás y Simón el Zelota,

 

en efecto, llevaban razón. Pero, como fu e dicho, el gran mensaje «no vendía»,

 

no encandilaba a las multitudes…

 

¿Poner por escrito esta aparición? ¿Reconocer públicamente que no siguieron

 

los consejos del Hombre al que adoraban?

 

De ninguna manera…

 

Y no se hizo. La «presencia» número dieciséis tampoco existió. Jamás for-

 

maría parte de la historia del Hijo del Hombre. Nuevo y triste silencio en los

 

mal llamados textos revelados…

 

En esa aparición, justamente, el Maestro habla de «algo» a lo que ya he hecho

 

alusión en páginas anteriores, al comentar uno de los supuestos discursos de

 

Pedro en el día de Pentecostés y que ap arece en los escrit os de Lucas. El

 

Resucitado, con una clarividencia asom brosa, adelantándose a los aconte-

 

cimientos, hace una revelación que ta mpoco fue tenida en cuenta por la

 

primitiva iglesia.

 

«Ahora, aquí, estáis compartiendo la re alidad de mi resurrección -les dijo-.

 

Pero esto no tiene nada de extraño. Yo tengo el poder para sacrificar mi vida…,

 

y recuperarla. Es el Padre quien me otorga ese poder…»

 

En conclusión: no fue Dios, el Padre, como pregonarían después Simón Pedro

 

y los suyos, quien resucitó a Jesús de Naza ret, sino Él mismo. Él disfrutaba de

 

ese poder. Interesante diferencia…

 

Y antes de proseguir con este desastre, intuyo que debo volver atrás. «Algo»

 

tintinea en mi interior… Sí, creo que he olvidado una matización.

 

Fue en Alejandría, en la «presencia» número doce, donde el Resucitado, de

 

pronto, manifestó algo que, en nuestro tiempo, podría ser mal interpretado.

 

«Este evangelio -afirmó- no debe ser confiado exclusivamente a los sacer-

 

dotes.»

 

La afirmación, en mi humilde opinión, contiene más de lo que aparece en un

 

primer y literal examen. Dudo de que el Maestro se refiriera únicamente a las

 

castas sacerdotales de aquella época. Por lo que sé, y por lo que me fue dado

 

conocer en nuestra dilatada permanenci a junto al rabí, el aviso era infini-

 

tamente más sutil. Estaba claro que los sacerdotes que habían conspirado

 

contra Él difícilmente harían suyo el gran mensaje. Se hallaban a millones de

 

 

 

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 53

 

años-luz de la buena nueva. Se consideraban los sagrados depositarios de la

 

verdad y los únicos que tenían acceso a la Divinidad. Para estas castas, Yavé

 

era inaccesible, vengativo y discriminador. No, como digo, no creo que Jesús

 

de Nazaret estuviera pensando en estos celosos custodios de la Tora cuando

 

formuló la advertencia. Era obvio. Sí me inclino, en cambio, por los «otros

 

sacerdotes». Tal y como demostró en diferentes apariciones, sabía lo que iba

 

a suceder. Y quiso poner las cosas en su lugar. Sabía que, con el tiempo, esos

 

«otros sacerdotes» -la jerarquía, en de finitiva, que nacería con la primitiva

 

iglesia- monopolizaría su imagen y sus palabras. Es decir, su evangelio. Un

 

evangelio mutilado y contaminado pero, a fin de cuentas, conteniendo parte

 

de la verdad.

 

La pregunta clave es «por qué». ¿Por qué el Resuci tado no desea que la buena

 

nueva sea «propiedad» exclusiva de los sacerdotes? Hoy, tal y como están las

 

cosas, la mayor parte de los creyentes acepta que el ministerio debe des-

 

cansar precisamente en esos supuestos representantes del «Señor Jesús». La

 

verdad es que lo repitió hasta la saci edad. Su evangelio -el gran mensaje-

 

nada tenía que ver con estructuras, tradiciones, dogmas, leyes, primados y

 

demás intermediarios. Todo era simple y fascinante. Su gran revolución fue

 

ésa: mostrar al mundo que Dios no er a una idea más o menos abstracta,

 

remota y fiscalizadora. La revelación qu e justificó su vida decía otra cosa:

 

Dios es un Ab-bá, un Padre. Un Ser amante que sólo pide confianza. En otras

 

palabras: Jesús de Nazaret no predicó, ni propugnó, una religión tradicional.

 

Lo suyo era un estilo de vida. Compar tir su ideal -su ev angelio- significa

 

entender y aceptar que existe ese Padr e y que, en consecuencia, los seres

 

humanos son físicamente hermanos. Este «hallazgo», para quien tiene la

 

fortuna de descubrirlo, cambia radicalmente la brújula del pensamiento. Y el

 

sujeto entra en una nueva y esperanzadora dinámica en la que sólo cuenta la

 

experiencia personal. Es el inicio de una aventura en la que el hombre no

 

dependerá ya de viejas servidumbres. Al buscar a Dios por ese atractivo

 

sendero…. Dios ya está con él. Este evan gelio, en fin, como insistió el Maestro

 

hasta el aburrimiento, no precisa, pues, de recintos sagrados, libros revelados

 

o venerables depositarios de la verdad.

 

La advertencia, sin embargo, como refleja la Historia, cayó en saco roto. Ni

 

Pedro, ni Pablo, ni el resto de los prim eros cristianos la tuvieron presente. Muy

 

al contrario. Al poco, un engranaje cada vez más jerarquizado y dogmático

 

fue abriéndose paso, mono polizando, condenando y discriminando. Y hoy,

 

esa «maquinaria» -tan ajena a los propósitos del gran rabí de Galilea- con-

 

tinúa controlando y dirigiendo voluntades.

 

¿Escribir y dejar constancia de la aparición de Jesús a los paganos de Ale-

 

jandría? ¿Decir al mundo que el evan gelio no debía ser confiado exclusiva-

 

mente a los sacerdotes?

 

No, aquellos hombres no estaban locos…

 

 

 

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Y una vez vaciado mi corazón, continuaré con la «gran estafa».

 

¿De qué otra forma puedo calificar el ocultamiento sistemático de estas

 

apariciones? Discípulos y evangelistas conocieron la verdad y, no obstante, la

 

silenciaron. ¿No es esto un fraude? De hecho, si examinamos los evangelios,

 

uno descubre con alarma que las únicas «presencias» anotadas por los es-

 

critores sagrados (?) fueron protagon izados por los íntimos y algunos se-

 

guidores próximos. Naturalmente, todos judíos. Naturalmente, todas mani-

 

puladas…

 

Ejemplos.

 

Juan, en el capítulo 20, versículos 19 al 30, amén de confundir escenas co-

 

rrespondientes a dos apariciones distintas (la número nueve y la once), in-

 

sertándolas en una sola, coloca en labios de Jesú s unas frases que nunca

 

existieron. Lógicamente tengo dudas. ¿F ue el Zebedeo quien falsificó esas

 

famosas frases? ¿O quizá fue una interpolación posterior? Sea como fuere, lo

 

que aparece claro es que la sentencia en cuestión interesaba a la recién es-

 

trenada iglesia.

 

«A quienes perdonéis los pecados -escribe el evangelista en el referido ca-

 

pítulo-, les quedarán perdonados; a qu ienes se los retengáis, les quedarán

 

retenidos.»

 

La liturgia, el engranaje y el dogmatismo, como decía, avanzaban veloces y

 

era preciso justificar lo que, más adelante, sería conocido como «sacramento

 

de la penitencia». En alguien tenía que reposar el fund amento de tal privilegio

 

y, probablemente, Juan Zebedeo fue el egido como el testigo irrefutable. Y

 

digo que fue «elegido» porque, a la vi sta de los errores que presenta el

 

mencionado texto, es casi seguro que Juan no pudo ser autor del mismo. Y si

 

lo fue, una de dos: o la memoria le fallaba escandalosamente o manipuló la

 

verdad.

 

¿Errores?

 

Sí, unos cuantos. Unos fallos que ponen en tela de juicio la autenticidad de

 

todo el pasaje.

 

Para empezar, en esa aparición, la últi ma de aquel domingo, 9 de abril, el

 

Resucitado no mostró a los íntimos las manos y el costado. Eso ocurrió siete

 

días más tarde (no ocho, como afirma el evangelista).

 

¿Y de dónde saca el responsable del texto sagrado (?) que el Maestro sopló

 

sobre los discípulos?

 

El escribano de turno lo confundió todo. El Espíritu de la Verdad, como

 

anunciaría Jesús en muchas de las «p resencias», llegó bastantes semanas

 

después y para todos. La verdad es que semejante discriminación resulta

 

sospechosa…

 

En cuanto a las palabras pronunciadas por el rabí tras el supuesto «soplo»,

 

quien conozca mínimamente el estilo del Hijo del Hombre se dará cuenta de

 

que difícilmente podían encajar en su pensamiento y línea de conducta. El

 

 

 

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evangelio no era eso. La buena nueva, repito, no era propiedad de nadie y

 

nadie ostentaba atribuciones especiale s. En la aparición número doce, en

 

Alejandría, lo dejó muy claro: «El Padre me ha enviado para establecer algo

 

que no es propiedad de ninguna raza, nación, ni tampoco de ningún grupo

 

especial de educadores o predicadores.»

 

Concluido el relato sobre la tercera «presencia», en la que el Resucitado re-

 

procha a Tomás su incredulidad, el evangelista se detiene de pronto. Es como

 

si Juan Zebedeo no recordara o no lo hiciera con suficiente precisión. Y salva

 

la situación con una frase en la que reconoce, implícitamente, que hubo más

 

apariciones:

 

«Jesús realizó en presencia de los di scípulos otras muchas señales que no

 

están escritas en este libro…»

 

Interesante.

 

Él, como el resto, sabía la verdad. Pero…

 

Más adelante, en el capítulo 21, sucede algo curioso que parece confirmar lo

 

ya referido anteriormente: alguien «metió la mano» en el texto joánico. Al-

 

guien no se contentó con lo expuesto por Juan en torno a las apariciones del

 

Maestro y añadió una más. Lo malo es que, al hacerlo, amén de faltar a la

 

verdad, mutilando y deformando las conversaciones de Jesús con sus íntimos

 

en la playa de Saidan, no contabilizó las «presencias» narradas por el Ze-

 

bedeo y, además de la mano, metió la pata…

 

El «intruso», en el versículo 14 de di cho Epílogo, dice que «ésta fue ya la

 

tercera vez que Jesús se manifestó a lo s discípulos después de resucitar de

 

entre los muertos».

 

Lástima. Si hubiera tenido la precaución de sumar las apariciones que cita

 

Juan habría comprobado que la añadida por él era la cuarta… A saber: apa-

 

rición del Maestro a la Magdalena, junto al sepulcro; a los íntimos en el ce-

 

náculo y -ocho días después- a la totalidad de los discípulos (incluido Tomás).

 

Como decía, un relato sesgado, en el qu e tan sólo se ofrecen las «presencias»

 

de Jesús a los «embajadores del reino» y a María, la de Magdala. En otras

 

palabras: doce testigos. ¿Y qué ocurrió con los otros 1 500? ¿Se borraron de

 

la memoria de Juan?

 

Por supuesto que no…

 

En cuanto al segundo testimonio evangélico -el de Marcos-, el desbarajuste,

 

manipulación y censura tampoco se quedan cortos.

 

Echemos un vistazo.

 

En el capítulo 16, versículos 9 al 20, el evangelista (o quien se encargara de

 

enmendarle la plana) da fe de tres únicas apariciones. Y todas, claro está, a

 

los de siempre: a los íntimos y a la Magdalena. Del resto, ni palabra…

 

En el texto, además, convenientemente camuflada, se desliza otra falsedad.

 

Los individuos que «iban camino de una aldea», y a quienes se presenta el

 

Resucitado, no eran dos de los apóstoles, como sugiere Marcos (?), sino

 

 

 

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Cleofás y Jacobo, unos pastores de Am maus que, al parecer, conocían las

 

enseñanzas del Maestro.

 

Lo más grave, sin embargo, se esconde en la tercera y última «presencia». El

 

evangelista -que la identifica con la mal llamada «ascensión»-, sin el menor

 

pudor, «olvida» lo que realmente dijo Jesús en aquella mañana del 18 de abril

 

e inventa con un descaro inaudito…

 

«El que crea y sea bautizado -pone en boca del rabí-, se salvará

 

; el que no

 

crea, se condenará.»

 

¡Dios de los cielos! ¿Cuándo y dónde pronunció el Maestro una sentencia tan

 

impropia de su amoroso y misericordioso talante?

 

Creo intuir que Marcos -o quien fuera el artífice de semejante despropósito-

 

supo o escuchó de «algo» que sonaba relativamente parecido. Y lo retorció,

 

ajustándolo a los intereses del momento y de la naciente iglesia. Ese «algo»

 

fueron unas palabras lanzadas el martes, 16 de mayo, en la aparición a los

 

gentiles de Tiro. En dicha ocasión, como se recordará, Jesús manifestó:

 

«La salvación es un don de Dios, pero los que nacen del espíritu demuestran

 

los frutos inmediatamente, a través del servicio a sus semejantes. Éstos son

 

esos frutos: servicio amoroso, abnegación desinteresada, fidelidad, equilibrio,

 

honradez, permanente esperanza, confianza sin reservas, misericordia,

 

bondad continua, piadosa clemencia y paz sin fin. Si los creyentes no aportan

 

estos frutos en su vida diaria…, ¡están muertos! El Espíritu de la Verdad (no

 

os engañéis) no reside en ellos. Son sarmientos inútiles de una viña viva y, a

 

no tardar, serán podados.»

 

La diferencia es elocuente…

 

Jesús nunca habló de condenación, ni tampoco de bautismo. Eso fue otra

 

instrumentalización de unos hombres que renunciaron al gran mensaje y que

 

no tuvieron más remedio que defenderse de los múltiples ataques interiores y

 

exteriores.

 

¿Fidelidad? ¿Honradez? ¿Misericordia? ¿Piadosa clemencia?

 

Siendo consecuentes con la exposición del Resucitado en Fenicia, ¿dieron los

 

«embajadores del reino» y los evange listas los frutos señalados por el

 

Maestro? ¿Fueron honrados con la verdad? ¿Se mostraron fieles a lo ocurrido?

 

¿Era de hombres misericordiosos y cl ementes una actitud tan severa y ra-

 

dical?

 

Lo más triste es que esa «invención» sigu ió galopando a lo largo de la Historia,

 

chantajeando a millones de hombres y mujeres de buena voluntad…

 

Sí, probablemente, apoyándome en las palabras del Hijo de Dios, fueron ellos

 

los «muertos».

 

El resto de las afirmaciones de Marcos es pura anécdota.

 

¿Señales? ¿Cuándo se refirió el Maestro a demonios, lenguas, serpientes y

 

venenos?

 

No hace falta ser muy despierto para descubrir que sus alocuciones, tras la

 

 

 

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resurrección, fueron siempre más serias y profundas. El evangelista, en

 

cambio, con una aparatosa «miopía», convierte el magnífico prodigio en un

 

vulgar circo…

 

Así las cosas, tampoco es de extrañar que los escritores sagrados (?) no

 

hagan una sola mención de las interesantes y puntuales profecías formuladas

 

por el Resucitado en varias de sus «p resencias». ¿Es que el anuncio de las

 

persecuciones y de las muertes violentas de su hermano en la carne (Santiago)

 

y del otro Santiago (el Zebedeo) no era importante? ¿Por qué lo ocultaron?

 

¿Estimaron que una referencia así concedía más relevancia a éstos discípulos

 

que al líder? Puede que, incluso, en este punto, sea yo el equivocado. Quizá

 

veo ya maquinaciones donde nunca las hubo. Pero, ¡es que vi tantas…!

 

Y cerraré esta revisión con un «capítulo» que, personalmente, se me antoja

 

como uno de los más hermosos y espe ranzadores de cuantos contiene el

 

amplio episodio de las apariciones. Un «capítulo» -cómo no- igualmente ig-

 

norado por los evangelistas…

 

Si la memoria y mis notas no fallan, es en la primera «presencia», en la

 

número once, en la trece y también en la dieciséis, cuando el Resucitado habla

 

con claridad de «otras formas de vida, existentes después de la muerte».

 

Tanto mi hermano como quien esto escribe lo repasamos y discutimos hasta

 

la saciedad.

 

En la primera, cuando la de Magdala trata de abrazar al rabí, éste la frena sin

 

contemplaciones:

 

«No soy el que has conocido en la carne.»

 

Poco después, el domingo, 16 de abril, al presentarse en el cenáculo en medio

 

de los once, Jesús, dirigiéndose al incrédulo Tomás, dice:

 

«A pesar de que no veas ninguna señal de clavos, ya que ahora vivo bajo una

 

forma que tú también tendrás cuando dejes este mundo…»

 

Cinco días más tarde, en la playa de Saidan [«presencia» número trece], al

 

conversar con los íntimos, es igualmente preciso:

 

«Estaré poco tiempo en mi actual forma, antes de ir con el Padre… Cuando

 

hayáis acabado en este mundo -Jesús levantó el rostro hacia el azul de cielo-

 

tengo otros mejores, donde trabajaréis también para mí. En esta obra, en

 

este y otros mundos, trabajaré con vosotros…»

 

Por último, el 5 de mayo, de nuevo ante los íntimos y setenta seguidores, en

 

la casa de Nicodemo, hace otro anuncio singular:

 

«Ahora, aquí, estáis compartiendo la realidad de mi resurrección. Pero esto no

 

tiene nada de extraño. Yo tengo el po der para sacrificar mi vida…, y para

 

recuperarla. Es el Padre quien me otorga ese poder… Más que por eso,

 

vuestros corazones deberían estremecerse por la realidad de esos muertos de

 

una época que han emprendido la ascensión eterna poco después de que yo

 

abandonara la tumba de José de Arimatea…»

 

Quedamos sobrecogidos.

 

 

 

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Jesús de Nazaret jamás mintió. Nunca inventó. Cuanto dijo se cumplió…, o

 

está por cumplir. ¿Por qué íbamos a dudar de unas palabras que garantizan

 

otra forma de vida después de la muer te? Teníamos, además, ciertas pruebas.

 

Amén de haber visto y tocado aquel «cuerpo glorioso» -la definición me

 

parece excelente-, nuestros sistemas lo analizaron…, hasta donde fue posible.

 

Era físico, sí, aunque de una naturaleza desconocida.

 

«…ahora vivo bajo una forma que tú también tendrás cuando dejes este

 

mundo…»

 

Ésa era la clave. En esas palabras a Tomás está contenido el gran chorro de

 

oxígeno. La categórica afirmación no deja lugar a dudas: después de la

 

muerte hay vida.

 

En mi opinión, he aquí uno de los mensajes más extraordinarios y gratifi-

 

cantes que haya podido recibir el siempre temeroso ser humano. Y hoy,

 

mientras pongo en orden estos recuerdos, nada puede convencerme de lo

 

contrario. Al morir, un «cuerpo» similar al que vimos y estudiamos nos

 

aguarda a todos. ¡A todos!

 

Naturalmente, le dimos muchas vueltas. Y llegamos a conclusiones. Pobres, lo

 

sé, pero conclusiones…

 

Por ejemplo:

 

A la vista de lo ocurrido en las tres primeras «presencias», en las que la

 

«forma física» del Resucitado presentaba «anomalías», cabe la posibilidad de

 

que ese recién estrenado «soporte corporal» (?) (las palabras me entorpecen)

 

deba experimentar una serie de sucesivos y necesarios cambios en su for-

 

mación (?). ¿Explicaría esto la advertencia de Jesús a la Magdalena? ¿Qué ha-

 

bría sucedido si la mujer lo hubiera tocado?

 

Las siguientes, en las que el Maestro aparecía ya con un «cuerpo» aparen-

 

temente normal (?), vendrían quizá a confirmar este supuesto. El misterioso

 

«cuerpo» -la «forma» de la que habló el rabí- se hallaría entonces definiti-

 

vamente constituido. Un «cuerpo» capaz de atravesar (?) muros, que no

 

precisa de aparatos circulatorio, respiratorio y digestivo y que tiene la facultad

 

de materializarse y desmaterializarse a voluntad.

 

Un sueño, sí. Algo difícil de aceptar por un científico…

 

Pero Él lo dijo…, y lo hizo.

 

Eliseo llegaría también a otra supuesta (?) conclusión.

 

Ajustándose a lo anunciad o por Jesús -«cuando ha yáis acabado en este

 

mundo tengo otros mejores, donde trabajaréis también para mí»-, audaz e

 

imaginativo, esgrimió lo siguiente:

 

-Es posible que, tras la muerte, provistos de esa «nueva forma corporal» (?),

 

seamos transportados y ubicados en «o tros mundos mejores que el nuestro»,

 

en los que debamos seguir actuando y aprendiendo.

 

Y entusiasmado -el término más exacto sería «esperanzado»-, formuló una

 

hipótesis que me encanta:

 

 

 

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Para mi hermano, ese «cuerpo glorioso» podría ser «MAT-1». Así lo bautizó.

 

¿Y qué entendía por «MAT-1»?

 

«Materia» física, aunque desconocida pa ra nuestra Ciencia, a un cincuenta

 

por ciento. Es decir, un «cuerpo» in tegrado por elementos tangibles y me-

 

dibles (a un 50 por ciento) y por una «sustancia» más sutil (también al 50 por

 

ciento) que, simplificando peligrosam ente, podríamos definir como «espiri-

 

tual». De ahí que no lo co nsiderase «MATERIA», sino «MAT». En cuanto al «1»,

 

he aquí el curioso e indemostrable razo namiento: si lo que llevábamos visto y

 

oído, y lo que nos aguardaba en el tercer «salto», era correcto, tras la muerte

 

nos espera un largo recorrido. El Maes tro lo repitió hasta la saciedad. Pues

 

bien, según Eliseo, nada más despertar del «sueño» de la muerte, uno recibe

 

el nuevo «cuerpo» («MAT-2»). Y con él debe «vivir» y prosperar durante un

 

«tiempo» (?). (El hipotético lector de esta memorias comprenderá que las

 

palabras no son mi mejor aliado). Una ve z satisfecha esa etapa inicial, el

 

porcentaje de «materia» quedaría reducido, aumentando, en cambio, el de la

 

«sustancia» más liviana. Y el ser go zaría entonces de un «cuerpo» (?)

 

«MAT-2». El supuesto proceso continuaría con las sucesivas «adquisiciones»

 

de «cuerpos» cada vez menos densos y mucho más «espirituales». En otras

 

palabras: a cada salto «evolutivo» (? ), el nuevo «hombr e» recibiría una

 

«estructura» (?) «MAT-3», «MAT-4», «M AT-5», etc. Y puede que llegue el

 

instante en que esa inteligencia -en el casi infinito camino hacia el Padre- no

 

precise ya de «soporte» físico alguno, transformándose en una entidad ab-

 

solutamente «espiritual». Quizá, a juzgar por las enseñanzas del Hijo del

 

Hombre, el verdadero objetivo de todos los que han sido, somos, y serán

 

primero pura MATERIA. Obviamente, para alcanzar ese estado ideal, donde la

 

criatura no se vea limitada por las torpes y groseras estructuras materiales,

 

es básico y primordial que entendamos el porqué de ese orden cósmico. Pero,

 

como insinuaba Eliseo, di cha comprensión sólo será una realidad bien ci-

 

mentada…, «al otro lado». Aquí, de momento, nos basta y nos sobra con la

 

confianza. El cerebro no da para más…

 

La hermosa teoría encajaba también con «algo» que, poco a poco, fuimos

 

aprendiendo del rabí de Galilea: el Padre, siempre misericordioso, sabio y

 

«económico», nunca actúa bruscamente. Pasar de un cuerpo como el que

 

conocemos a una «forma espiritual» podría suponer un choque, quizá un

 

trauma, nada aconsejable. De la misma manera que un bebé no salta de

 

pronto a la madurez, así entiendo que oc urre «al otro lado». Todo es gradual,

 

sereno, lógico y natural. Y no son palabras mías, sino de Él.

 

Esto, en fin, justificaría los famosos «M AT» de mi imaginativo hermano. ¿O no

 

eran imaginaciones?

 

Por supuesto, al reflexionar sobre estas cuestiones, nos asaltó un tropel de

 

interrogantes:

 

¿Significaba todo esto que el ser humano es inmortal? ¿Y qué sucede con la

 

 

 

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muerte? ¿Se prueba una vez o hay que morir en cada cambio de «forma»?

 

¿Por qué hablaba el Maestro de «traba jar» en esos otros mundos? ¿A qué

 

«trabajos» se refería? ¿Qué quiso deci r con lo de «esos muertos de una época

 

que habían emprendido la ascensión después de su resurrección»?

 

Y las respuestas llegaron. Claro que llegaron…, aunque en su momento.

 

¿Debo contenerme y esperar?

 

Intuyo que es lo mejor. Sin embargo, hay «algo» que puja por salir. Y no lo

 

retendré. Sé que para el hipotético lector puede ser tan urgente como es-

 

clarecedor.

 

Sí, mi hermano tenía razón…, en parte. Cuando Eliseo interrogó al Maestro

 

sobre la teoría sobre los «MAT», Jesús, sonriendo feliz, le dio a entender que

 

no andaba muy descaminado…

 

Dicho queda.

 

«Quien tenga oídos…»

 

15 AL 18 DE JUNIO

 

También en eso acerté. El Destino fue indulgente…

 

Tras cargar en el saco de viaje unas muestras de tierra del huerto de José de

 

Arimatea -esenciales para redondear lo s análisis sobre el fenómeno de la

 

resurrección-, al alba del jueves, 15 del mes de tammuz (junio), quien esto

 

escribe se unía a Bartolomé y a Simón el Zelota, emprendiendo la marcha

 

hacia el norte.

 

Y acerté…

 

El camino, en compañía de los discípulos, resultaría así más cómodo, seguro

 

e instructivo.

 

El «oso», condicionado por la necesidad de llegar a Caná lo antes posible,

 

eligió la ruta más corta, atravesando Samaría. De no haber sido por esta

 

circunstancia, la idea habría sido rechazada. Aquel territorio, como creo haber

 

mencionado, no era del agrado de los judíos. Unos y otros, sencillamente, se

 

odiaban.

 

Y hábiles y prudentes, los galileos esquivaron en todo momento las aldeas de

 

los «impuros y aborrecidos samaritanos». El fallecido rey Heredes el Grande

 

había intentado suavizar estas tensiones, desposando a una samaritana

 

(Maltake), de la que tuvo dos hijos: lo s célebres Arquelao y Antipas. Se

 

sospecha, incluso, que, en otro gesto de buena voluntad, Herodes autorizó a

 

los kuteos a que orasen en el atrio interior del Templo de la Ciudad Santa (así

 

lo refiere Josefo en Antigüedades, XVIII, 2, 2). Sin embargo, esa tregua se

 

rompería definitivamente en el año 8 de nuestra era cuando, bajo el gobierno

 

del procurador romano Coponio (1l 9 d. J.C.), un grupo de samaritanos

 

irrumpió en el citado Templo, esparciendo en los pórticos y en el santuario

 

toda una colección de huesos humanos. Aquel acto de venganza, un sacrilegio

 

 

 

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en plena fiesta de la Pascua, colmó la paciencia de los judíos. Jamás los

 

perdonaron. Desde entonces, las refriegas e insultos mutuos estuvieron a la

 

orden del día.

 

Afortunadamente, nadie nos molestó. Y el viernes, 16, dos horas antes del

 

ocaso, este explorador se despedía de los discípulos a las puertas de Nazaret.

 

Ellos continuaron hacia la cercana Caná y quien esto escribe, fiel al plan

 

previsto, rodeó la concurrida fuente, in gresando con prisas en la blanca y

 

polvorienta senda que enlazaba la aldea de la Señora con Séforis, la capital de

 

la baja Galilea.

 

El propósito, en principio, no era complicado. Ascendería por la falda norte del

 

Nebí Sain -un camino bien conocido por este torpe explorador y en el que ya

 

había sufrido un lamentable incidente-, situándome frente al cementerio de

 

Nazaret antes de la caída del sol. Una vez allí, ya veríamos…

 

Si cálculos y razonamientos no fallaban, con el crepúsculo, a la entrada del

 

shabbat (el día sagrado para los judíos ), el reducido camposanto debería

 

verse libre de toda suerte de visitantes. La ley y la tradición eran inflexibles.

 

En sábado, por ejemplo, estaba prohib ido el traslado de los muertos a las

 

sepulturas. Más aún: ni siquiera debía moverse uno solo de los miembros del

 

difunto, aunque estaba autorizada la ceremonia de lavado y embalsama-

 

miento. Esto me tranquilizó…, en parte. ¿Y qué sucedería con el enterrrador

 

y la inseparable plañidera? ¿Continuarían en el lugar? Por supuesto, sólo

 

había un medio para salir de dudas…

 

La proximidad del sábado jugó a mi favor. Los felah que habitualmente

 

trabajaban en las cercanías del camino acababan de abandonar las faenas. No

 

tuve problemas. Ascendí veloz por la ladera del Nebí y, a medio camino de la

 

cima, el apretado olivar me hizo una se ñal. Aquél era el punto. Me desvié

 

hacia la izquierda y, lentamente, camuflado entre los árboles, fui a asomarme

 

a mi objetivo. El breve cuadrilátero, de unos cincuenta metros de lado, se

 

presentó tranquilo y silencioso. Aparentemente se hallaba desierto. Pero no

 

quise precipitarme. El recuerdo de la última y desastrosa incursión entre las

 

ochenta estelas de piedra me frenó en seco. Esta vez obraría sobre seguro. Si

 

era necesario anularía a la «burrita» y a su compañero… Inspeccioné la choza

 

de paja y adobe que se levantaba al este, y que servía de refugio al sepul-

 

turero y a la prostituta, pero, desde donde me encontraba, no percibí nada

 

anormal.

 

¿Qué hacía?

 

Si la pareja se hallaba ausente, aquél podía ser el momento…

 

Intenté serenarme. ¿Tenía prisa? Sí y no… En realidad, la operación, tal y

 

como fue concebida, debería ejecutar se durante la noche. Esto reduciría

 

riesgos. Y aguanté en el filo del olivar que amurallaba el cementerio. El sol,

 

desapareciendo ya tras los 488 metros del Nebí, seguiría iluminando alre-

 

dedor de una hora.

 

 

 

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Frente al cobertizo, al otro lado del cuadrilátero, las cinco grandes muelas de

 

caliza que cerraban las criptas aparecían igualmente solitarias y desafiantes.

 

Sí, «desafiantes» para este explorador. Allí, en las grutas ganadas al Nebí, si

 

el instinto no se equivocaba, tenían que reposar los restos de José, el padre

 

terrenal del Hijo del Hombre, y los de Amos, el hermano de cinco años, tris-

 

temente fallecido el 3 de diciembre del 12. La advertencia de Santiago, en mi

 

primera visita al cementerio, fue clave. Como se recordará, mientras este

 

explorador permanecía en un respetuo so silencio fren te a la estela que

 

perpetuaba la memoria del padre y del niño desaparecidos, el hermano de

 

Jesús, colocando su mano en mi hombro, exclamó bajando la voz:

 

-Ya no están aquí…

 

Esto sólo significaba dos cosas: que los huesos, de acuerdo a la costumbre,

 

hubieran sido arrojados al kokhim o fosa común que se abría en el centro del

 

camposanto o que, también de acue rdo a la tradición, la familia pudiera

 

haberlos trasladado a un osario particular, depositándolos en una de aquellas

 

criptas practicadas en el talud oste. En el primer supuesto, no había nada que

 

hacer. El kokhim, de unos cuatro metros de lado, se hallaba repleto de huesos

 

y calaveras, en el más caótico de los desórdenes.

 

Pero quedaban las criptas funerarias. Y la intuición me decía que la familia de

 

José pudo haber respetado aquellos re stos, conservándolos en una de las

 

acostumbradas arquetas de piedra o madera de cedro.

 

Era preciso, pues, penetrar en ellas y despejar la incógnita. Sólo así, dispo-

 

niendo de una muestra de los huesos de José (preferentemente unos molares

 

o premolares), estaríamos en condiciones de ultimar el delicado estudio sobre

 

la posible paternidad del malogrado contratista de obras.

 

Me costó resistir. La espera, lo confieso, me envaró. Ardía en deseos de en-

 

frentarme a las pesadas piedras que bloqueaban las criptas y actuar.

 

Todo fue calculado minuciosamente. No podía fallar…

 

Y la claridad perdió terreno.

 

Unos minutos más…

 

Ajusté las «crótalos» y la visión IR (inf rarroja) modificó la creciente oscuridad,

 

aliviando mis movimientos. Partí una rama de olivo y me dispuse a caminar

 

hacia el talud oeste.

 

Parecía claro. Enterrador y plañidera no se hallaban en el cementerio. Deduje

 

que, ante la inminente llegada del sábado y la lógica falta de trabajo, ambos

 

optaron por ingresar en Nazaret o -qui én sabe- quizá en Séforis o en cual-

 

quiera de las villas próximas. Sin embarg o, no debía fiarme. ¿Y si regresaban?

 

Procuré serenarme, recordando otra de las rígidas disposiciones rabínicas.

 

Ningún judío estaba autorizado a caminar en sábado más allá de los dos mil

 

codos. Calculé la distancia entre Naza ret y el camposanto, por la ruta más

 

corta (la cima del Nebi). No me gustó. Como mucho, el camino sumaba se-

 

tecientos metros. Si la pareja había elegido la aldea de la Señora, el «trabajo»

 

 

 

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que suponía la ida y la vuelta no viol aba la Ley. Suponiendo que el destino

 

fuera Nazaret…

 

Y otra duda me inquietó: ¿qué seguridad tenía de que enterrador y «burrita»

 

eran judíos? Ninguna. Si eran paganos, las cosas se complicaban. El regreso

 

podía producirse en cualquier momento.

 

Sí, mal asunto…

 

Pero estaba donde estaba. No tenía demasiadas alternativas. Así que, con-

 

fiando en la formidable «fuerza» que me sostenía, me arriesgué. Crucé veloz

 

entre las estelas y fui a situarme frente a las cinco muelas.

 

Al levantar la vista reparé en algo que no había captado en las anteriores

 

visitas y que, honradamente, me heló la sangre.

 

-Lo que faltaba -murmuré entre dientes, imaginando la suerte de aquel en-

 

trometido si llegaba a ser capturado.

 

En mitad de la roca caliza que hacía las veces de fachada, a poco más de dos

 

metros del suelo, perfectamente visible, las autoridades de Roma habían

 

empotrado una losa de mármol de 60 po r 40 centímetros, aproximadamente,

 

en la que, en griego, podía leerse lo siguiente:

 

«Sabido es que los sepulcros y las tu mbas, que han sido hechos en consi-

 

deración a la religión de los antepasados, o de los hijos o de los parientes,

 

deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si alguien, pues, es convicto de

 

haberlo destruido, de habe r, con mala intención, tr ansportado el cuerpo a

 

otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las ins-

 

cripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea lleva do a juicio como

 

si quien se dirige contra la religión de los Manes lo hiciera contra los mismos

 

dioses. Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en

 

absoluto permitido a nadie el cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por

 

violación de sepultura sufrir la pena capital.»

 

¡Dios bendito! Aquello parecía otra burla del Destino…

 

Sabía lo que me aguardaba si era sorp rendido con las manos en la masa. Pero

 

tampoco era necesario que me lo recordaran con semejante pompa y pun-

 

tualidad…

 

El «edicto», nacido probablemente en la s cancillerías de Augusto, era algo

 

habitual en aquel tiempo en muchos de los cementerios de la provincia ro-

 

mana de la Judea. No sería el primero ni el último qu e acertaría a descubrir en

 

mis correrías.

 

Traté de olvidar el «aviso» y proseguí con lo que importaba.

 

Me acerqué a las redondas piedras que cerraban las entradas a las respectivas

 

grutas funerarias y fui palpando y examinando. No había duda. Roca caliza…

 

Las cinco moles, de metro y medio de diámetro, podían pesar no menos de

 

setecientos kilos por unidad. Demasiado pa ra desplazarlas con la fuerza de un

 

solo hombre. Y tal y como fue planificado, me retiré unos metros, activando el

 

«tatuaje». No había opción. Si deseaba penetrar en las criptas y localizar los

 

 

 

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restos de José, aquél era el procedimiento más rápido y eficaz.

 

Lancé una mirada a mi alrededor. En el firmamento, envalentonadas por la

 

luna nueva, unas madrugadoras estrel las parpadeaban insolentes. Tuve la

 

sensación de que gritaban, delatándome. Pero no. Todo continuaba en paz.

 

Tecleé, proporcionando los parámetros necesarios: distancia, volumen es-

 

pacial, tiempo para la inversión y, ob viamente, naturaleza de los swivels a

 

«remover».

 

Quince segundos después, un seco y apagado «trueno» espantaba a una

 

familia de rapaces nocturnas, alzando el vuelo sobre los olivos. Y la boca de la

 

cripta apareció limpia y desafiante.

 

Repetí la observación sobre el campos anto y su entorno. Aquél era otro

 

instante clave. El estampido, aunque breve, podía llamar la atención.

 

Esperé inquieto.

 

Las lechuzas recobraron la paz y yo con ellas.

 

Bien. Era el momento…

 

Deslicé los dedos hacia el extremo superior del cayado, pulsando el láser de

 

gas y posicionándolo en la potencia mí nima (unas fracciones de vatio). Al

 

punto, un finísimo hilo de fuego apareció en la noche. Aproximé la rama de

 

olivo y el «cilindro» (de apenas 25 mieras) provocó la combustión.

 

No había tiempo que perder. Y portando la improvisada tea penetré sigiloso

 

en la cripta.

 

La humedad me abofeteó. Hacía mucho que el lugar permanecía clausurado.

 

El reducido habitáculo, en forma de círculo, de unos tres metros de diámetro

 

y algo más de uno y medio de altura, fue excavado pacientemente, con-

 

quistando una dócil y cenicienta caliza. En su perímetro, a cincuenta centí-

 

metros del suelo, presentaba una docena de hornacinas.

 

Dudé…

 

Encorvado y con el corazón en un p uño me volví hacia la «desaparecida»

 

muela. No, aquél no era el plan… Pero no tuve fuerzas.

 

Una vez en el interior, como medida precautoria, evitando así que alguien me

 

detectara, este explorador debía acti var de nuevo el «tatuaje», materiali-

 

zando la roca y cerrando la gruta.

 

Pero, como digo, dudé. Sentí miedo. Desp ués de la amarga experiencia en los

 

subterráneos de la casa del saduceo, en Nazaret, no deseaba tentar la suerte.

 

Sabía que el «tatuaje» no fallaría, pero…

 

El corazón, acelerado, se puso de mi lado.

 

«No lo haría. Correría el riesgo.»

 

E inspirando profundamente me encaré a la arquetas de piedra que des-

 

cansaban en los huecos.

 

Era mi turno.

 

«José y su hijo Amos.» Ésta era la inscripción que, supuestamente, tenía que

 

figurar en uno de los osarios. ¿Daría con ella?

 

 

 

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Repasé las cajas con nerviosismo.

 

¡Bendito sea el cielo! Todas aparecían grabadas en la cara frontal. La mayoría

 

en arameo. Otras en griego.

 

Y auxiliado por el chisporroteante fuego fui leyendo:

 

«Teodoto Liberto.»

 

No, aquella traducción al griego del nombre hebreo «Natanael» (Bartolomé)

 

no era lo que buscaba…

 

«Yejoeser hijo de Eleazar.»

 

Tampoco…

 

«Miriam hija de Nathan.»

 

Empecé a desconfiar. ¿Había equivocado la cripta?

 

«José y su hijo…»

 

La emoción brincó.

 

¿José?

 

Sin embargo, al terminar de leer, comprendí que me equivocaba.

 

«José y su hijo Ismael y su hijo Yejoeser.»

 

El resto de las apresuradas traducciones fue igualmente estéril. La decepción

 

se presentó puntual. Allí no reposaban los huesos de José…

 

No importaba. Repetiría la lectura.

 

Naturalmente, sólo obtuve un nuevo fracaso. Aquélla no era la cripta.

 

Regresé al exterior y dediqué unos se gundos a la obliga da vigilancia de

 

cuanto me rodeaba. Todo respiraba sosiego. Todo menos el cielo y quien esto

 

escribe. Ahora eran miles los «testigos» que parecían gritar, denunciando el

 

sacrilegio. Y me hice una sola pregunta: ¿cuánto tiempo sería necesario para

 

registrar las restantes cuevas?

 

Afortunadamente reaccioné. No me rendiría. Disponía de toda la noche, a no

 

ser, claro está, que recibiera alguna visita…

 

Cerré la cripta y, antes de teclear sobre el «tatuaje», preparando la segunda

 

exploración, me concedí unos instantes. Tenía que pensar. Tenía que aliviar

 

aquella condena. Tenía que encontrar una pista, un indicio, que simplificara la

 

búsqueda. Pero, ¿cuál? Sólo Dios y los familiares sabían dónde se hallaba el

 

osario. Suponiendo que la intuición acertara…

 

Imagino que fue una casualidad. ¿O no?

 

Lo cierto es que, al repasar mentalmen te las inscripciones de las doce ar-

 

quetas, caí en la cuenta de «algo» que podría tener cierto fundamento. Pero

 

no estaba seguro. Y decidido a verifi carlo caminé hacia las estelas del ce-

 

menterio. Me centré en las más próximas a la criptas.

 

¡Bingo!

 

Allí había «algo»…

 

Volví a leer. Sí, la sospec ha era correcta. Las inscripciones que acababa de

 

contemplar en la cueva funeraria se re petían en las primeras filas. Estaba

 

claro. Aquellos restos fueron inhumados en un mismo periodo de tiempo y,

 

 

 

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posterior y paulatinamente, exhumados y depositados en la cripta corres-

 

pondiente. En este caso, en la que ocupaba el extremo derecho del talud

 

calcáreo.

 

El hallazgo me reconfor tó. Si existía un orden de exhumación -como era

 

presumible-, estas hileras, las que conf irmaron mis sospechas, tenían que ser

 

las más antiguas. En el paño opuesto, así lo recordaba, el pequeño cemen-

 

terio presentaba una superficie todavía virgen, dispuesta para nuevos ente-

 

rramientos. Pues bien, en las tilas cercanas a esa zona en reserva, quien esto

 

escribe había descubierto la estela que perpetuaba la memoria de José y de su

 

hijo Amos. En resumen: dicha hilera -la número once- era más «moderna» y,

 

en consecuencia, los huesos allí sepultados deberían de haber sido rescatados

 

bastantes años más tarde.

 

Comprobé la argumentación sobre el terreno. El camposanto sumaba trece

 

hileras. A partir de ahí, hasta el lugar donde se levantaba la choza, la tierra se

 

hallaba libre y, como digo, preparada para nuevos «inquilinos».

 

La cuestión, ahora, se centraba en otro punto no menos problemático.

 

Aceptando que la hilera «o nce» fuera una de las más recientes (?) (José

 

llevaba muerto veintidós años y su hijo dieciocho), ¿a cuál de las criptas

 

fueron trasladados?

 

El dilema, obviamente, no era fácil. Y me dejé arrastrar por el sentido común.

 

Si los huesos de las dos filas iniciales de l cementerio se hallaban en la gruta de

 

la derecha (la que acababa de abrir), los exhumados en el lado opuesto quizá

 

habían ido a parar a la ubicada en el otro extremo, es decir, la más «mo-

 

derna» (?). Naturalmente, lo de «moderna» era otra suposición de este op-

 

timista explorador…

 

Y dado que ahí terminaban las especulaciones, opté por la citada cripta. Fui a

 

situarme frente a la muela y tecleé, «volatilizándola». El segundo estampido

 

volvió a paralizarme.

 

Afiné los sentidos. Observé la choza, el bosque de olivos y el senderillo que

 

trepaba hacia lo alto del Nebí.

 

Nuevos e inquietos vuelos de las rapaces. Más ansiedad. Y, al fin, desplo-

 

mándose despacio, como una nevada, el maravilloso silencio…

 

Entré con idénticas precauciones. La humedad gobernaba también aquel

 

lugar. Y «alguien» -digo yo que ese ángel con nombre de mujer: «Intuición»-

 

pasó de puntillas junto a es te tenso explorador. El susurro, aunque claro y

 

preciso, fue rechazado…

 

«Esta vez sí.»

 

La gruta artificial, algo más desahogada que la anterior, guardaba una forma

 

muy similar: había sido excavada en círculo, con una altura máxima lige-

 

ramente superior a la mía ((0 metros ). En las paredes, también a corta

 

distancia del tosco pavimento, se alineaban otros huecos. Sumé diez. Y en las

 

hornacinas, sendas cajas o arquetas de caliza. En dos de ellas, a diferencia de

 

 

 

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la primera cripta, reposaban unos osarios más pequeños. Deduje que podía

 

tratarse de restos de niños.

 

La chisporroteante flama me previno. En el suelo, al pie de las hornacinas, se

 

hallaba una de las arquetas. Aparecía quebrada, con la tapa a corta distancia,

 

y una serie de huesos esparcidos y desarticulados. Me incliné, examinándolos.

 

Era extraño. La cueva, probablemente, llevaba cerrada mucho tiempo. ¿Qué

 

había sucedido? Paseé la tea por el tech o y, al descubrir una ancha fisura, su-

 

puse que la caída se debía a un movimiento sísmico.

 

Volví sobre la malograda arqueta y busq ué la inscripción. En principio -me

 

tranquilicé-, aquél no parecía el osario de José. Sólo contenía un esqueleto. La

 

grabación en la piedra -«Menajem hijo de Simón»- confirmó la presunción.

 

Tanteé los huesos y verifiqué lo que imaginaba. La humedad y la dilatada

 

permanencia en el osario estaban acelerando la desintegración. Se hallaban

 

muy frágiles. Esto podía complicar los planes. Pero no me desanimé. Sabía

 

que la intensa humedad de la Galilea no nos favorecía. Los lugareños conocían

 

esta circunstancia y difícilmente fabr icaban osarios de madera. (El ciprés,

 

sicómoro y pino eran más económicos que la piedra.) Si tenía la fortuna de

 

localizar los restos, y concretamente los dientes de José, el problema no nos

 

afectaría. Estas piezas, justamente, son las más indicadas para el estudio que

 

nos proponíamos. La pulpa, de la que deberíamos extraer el ADN, se en-

 

cuentra siempre muy protegida, resistiendo la acción de los agentes físicos,

 

térmicos y químicos, así como la inevitable putrefacción.

 

Un segundo hallazgo, a la izquierda de la entrada, me demoró de nuevo. Se

 

trataba de tres lucernas o lámparas de arcilla y dos cá ntaras de mediano porte.

 

Una contenía aceite en es tado sólido, muy degradado, y la otra un líquido

 

verde y corrompido. Probablemente, el agua utilizada en el obligado ritual de

 

purificación tras la última manipulación de los osarios.

 

La verdad es que pensé en aprovechar el combustible. Pero, inquieto, com-

 

probando con horror cómo escapaba el tiempo, continué en compañía de la

 

mermada antorcha. O mucho me equivocaba o, en breve, tendría que re-

 

emplazarla…

 

Y, atento, repetí la operación, revisando las inscripciones de las nueve cajas.

 

Las dos primera me confundieron. En ambos osarios, los más pequeños, leí lo

 

mismo:

 

«Yejoeser Akabia.»

 

No pude evitarlo. La curiosidad fue más fuerte. Alcé las tapas y creí entender.

 

Estaba ante los restos de dos muchachos. Posiblemente hermanos. Y si-

 

guiendo la costumbre, al fallecer el primero, los padres impusieron el nombre

 

del muerto al segundo.

 

«Menajem (hijo de) Simón.»

 

¡Mala suerte! La dichosa tea empezó a lamer la mano de este, cada vez, más

 

desconsolado explorador. No tuve alternativa. Deposité antorcha y cayado en

 

 

 

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el suelo de la cripta y me lancé al exterior, al encuentro del olivar…

 

El lugar seguía dormido. Esta vez hice ac opio de tres largas y robustas ramas.

 

Y me sorprendí a mí mismo: ¿cuánto tiempo pensaba permanecer en esta

 

delicada situación?

 

Increíble. Eché a un lado el miedo y me convencí de que «aquello debía ser

 

apurado hasta el final». Ni siquiera ahora acierto a entender tan arriesgado,

 

casi suicida, comportamiento…

 

«Miriam esposa de Judá.»

 

Negativo…

 

«Yejoeser hijo de Yejoeser.»

 

Moví la cabeza, negando. ¡Dios!… ¿Es que había vuelto a equivocar la cripta?

 

«Salomé esposa de Eleazar.»

 

El corazón se detuvo. La agitada respiración se vino abajo e intenté escuchar.

 

Algo sonó en el exterior… De pronto, fijando la mirada en la oscilante flama,

 

comprendí que la luz podía delatarme. Apagué la antorcha, pisoteándola, y

 

me incorporé veloz, como impulsado por un resorte. El chasquido se repitió.

 

Esta vez muy cerca…

 

Me aposté en el umbral y dispuse la «vara de Moisés». Si era el enterrador, no

 

tendría más remedio que dejarlo inconsciente.

 

Pero el Destino, burlón, no tardó en presentarme al responsable de los ruidos

 

y del sobresalto. Entre las estelas, la visi ón infrarroja me ofreció el cuerpo

 

inquieto y estilizado y la larga y flot ante cola de un hambriento zorro de

 

vientre gris. Respiré aliviado. Sin embargo, el «aviso» me puso en guardia.

 

Me estaba descuidando. Era un violador de tumbas y, si me detenían, el

 

castigo era la muerte…

 

Prendí la rama de olivo y, con cierto desaliento, me ocupé de las dos últimas

 

arquetas.

 

«Slonsion madre de Yejoeser.»

 

Un desastre…

 

«José…»

 

Mi pobre corazón estuvo a punto de rendirse.

 

¡No puede ser!… ¡Oh, Dios!… ¡Sí!…

 

«José y su hijo Amos.»

 

Casi dejé la antorcha. Y aturdido e in crédulo pegué la nariz a la novena y

 

providencial arca de piedra.

 

Bajo los nombres, también en griego, despejando dudas, se leía el mismo

 

epitafio grabado en la estela del cementerio:

 

«No desaparece lo que muere. Sólo lo que se olvida.»

 

Me separé unos pasos. Contemplé el osar io e, intentando apaciguar aquel loco

 

corazón, di gracias al cielo. Mejor dich o, agradecí y solicité perdón. Lo que

 

hacía, y lo que estaba a punto de ejecutar, no hubiera sido aprobado por la

 

familia…

 

 

 

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Nueva ojeada al exterior. El zorro continuaba merodeando cerca de la choza.

 

Nada parecía importunarme. Había llegado el momento…

 

La arqueta, de unos cincuenta centím etros de largo por setenta de alto y

 

treinta de ancho, gimió y protestó al ser retirada del nicho. La deposité con

 

dulzura en el centro de la cripta y, te mbloroso, me dispuse a retirar la tapa de

 

caliza.

 

¿Y si no fueran los restos de José?

 

Rechacé la estúpida duda. Santiago, en mi primera visita al cementerio, ra-

 

tificó con sus palabras que aquella insc ripción era la de los suyos. Además,

 

¿cuántos José y Amos compartían osario? Me reprendí. «No debo dudar. Los

 

huesos, por otra parte, terminarán de certificar si estoy o no en un error.»

 

Levanté la pesada losa y acerqué la antorcha.

 

Me estremecí.

 

Cuidadosamente colocados aparecían la calavera y los restos descarnados de

 

un infante.

 

¿Amos?

 

El esqueleto, desarticulado, había sido dispuesto sobre una doble estera de

 

hoja de palma. Me hice con los extremos y, con sumo tacto, procurando no

 

alterar la disposición de la osamenta , la extraje, abandonándola sobre el

 

pavimento. Mi objetivo no era éste.

 

Nuevo escalofrío.

 

¿José?

 

En idéntica posición, y con el mismo y esmerado ritual, la familia

 

 había al-

 

macenado los restos en el fondo de la arqueta.

 

Estos movimientos, lo sé, hubieran exigido unas muy específicas y férreas

 

condiciones de trabajo. El posterior análisis del ADN así lo demandaba. Pero,

 

ante la imposibilidad de cargar un equipo que aislase las muestras, evitando

 

la contaminación, tuve qu e resignarme. Procuraría extremar la asepsia,

 

distanciándome de las piezas que debían ser trasladadas a la «cuna». En este

 

sentido, la «piel de serpiente», separando la epidermis, fue de gran ayuda,

 

sirviéndome de guantes.

 

De pronto, el corazón volvió a oscilar. En la lejanía, el zorro se lamentó. Acudí

 

a la boca de la gruta e inspeccioné ansioso. Falsa alarma.

 

Y consumido por las prisas tomé en mis manos el cráneo del adulto. Afor-

 

tunadamente, el tiempo y el traslado a la cripta respetaron la mandíbula. No

 

quedaban muchos dientes. Revisé el maxilar. Uno de los premolares, con las

 

raíces intactas, fue el elegido. A cont inuación seleccioné el tercer molar,

 

apenas incipiente y visible en la mandíbula. La extracción fue rápida y limpia.

 

El periostio, obviamente desaparecido, y la cortical (parte superior del hueso),

 

sumamente quebradiza, aliviaron la operación.

 

Guardé el «tesoro» en una de las ampolletas de barro que conservaba en el

 

saco de viaje y, sin poder reprimir la curiosidad, continué examinando la

 

 

 

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calavera. Aquélla era una ocasión única…

 

La docena de dientes pr esentaba un acusado desg aste. En especial, los

 

molares y premolares supervivientes. Lo atribuí a la dieta. Concretamente, al

 

exceso en el consumo de pan.

 

Uno de los caninos, en el maxilar, disf rutaba de una raíz doble, algo relati-

 

vamente normal en la dentición. Pero lo que más llamó mi atención fue la

 

reabsorción alveolar. Sin duda, José había padecido una de las dolencias más

 

frecuentes en aquel tiempo: la «piorrea» o enfermedad periodontal. Un

 

problema que termina diezmando la dentadura. Esto podía explicar también

 

el porqué de la escasez de piezas dentarias.

 

En efecto, estaba sobre la pista adecuada. Allí, en la parte superior del cráneo,

 

destacaba un notable orificio ovalado, de unos seis centímetros de diámetro

 

mayor. No me equivocaba. Éstos eran los restos del padre terrenal de Jesús.

 

La aparatosa herida en la región témp oro-parietal, que, sin duda, resultó

 

mortal, coincidía con lo descrito por la familia. José, como fue dicho, cayó al

 

suelo cuando trabajaba en lo alto de un edificio, en la ciudad de Séforis. E

 

intrigado, deseoso de co mprobar la información, examiné el resto de la

 

osamenta.

 

No tardé en descubrir que otros huesos se hallaban igualmente fracturados.

 

En el análisis aprecié rot uras en la clavícula derecha, peroné, varias de las

 

costillas y uno de los metatarsos. Aquello tenía que ser co nsecuencia de la

 

fatídica caída.

 

Otro detalle que me asombró, y del que, lógicamente, no tenía noticia, fue la

 

estatura del contratista de obras. Lástima no haber dispuesto del tiempo y de

 

los medios necesarios para evaluarlo con precisión. Pero entiendo que el error

 

en las mediciones fue mínimo. A juzgar por la longitud de húmeros, tibias y

 

fémures (según la fórmula de Trotter y Gleser), José pudo alcanzar alrededor

 

de 1,80 metros. Una talla respetable, teniendo en cuenta que la media, para

 

los hombres, en la época del Maestro, oscilaba en torno a 1,60. La verdad es

 

que, bien mirado, esto justificaba la no menos destacada estatura de Jesús

 

((1 metros).

 

Los huesos, en general, a pesar de lógico deterioro, me parecieron robustos.

 

José debió ser también un ejemplar tan at lético como su Hijo. En las tibias, en

 

cambio, percibí algunos síntomas de agarrotamiento. La explicación se

 

hallaba, quizá, en la continua flexión de las piernas. Algo normal en un terreno

 

tan accidentado como Nazaret y su entorno.

 

Al inspeccionar las suturas de la bóve da craneal y la apóf isis xifoides del

 

esternón me ratifiqué en lo que ya sabía: José falleció antes de cumplir los

 

cuarenta. Las primeras seguían abiertas y la apófisis no se había unido aún al

 

cuerpo. Tal y como detallé en página s precedentes, según la familia, el

 

contratista murió el 25 de setiembre del año 8 de nuestra er a, cuando contaba

 

36 años de edad.

 

 

 

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El cráneo, en resumen, era claramente mesocéfalo, con una frente alta y

 

vertical y un índice nasal mesorrino (alrededor de 48,9°). Es decir, una nariz

 

media, muy distinta, por cierto, a la del rabí. La mandíbula, armónica con el

 

resto de la estructura craneal, se presentaba corta, ancha y poderosa.

 

Y sumido en aquel apasio nante estudio, sinceramente, perdí la noción del

 

tiempo y del peligroso lugar donde me encontraba. Pero el Destino cuidó de

 

este inconsciente explorador…

 

No lo pensé dos veces. Tenía que ap rovechar la magnífica e irrepetible

 

oportunidad. Las nuevas muestras, además, ampliarían y asegurarían los

 

resultados de las investig aciones sobre el ADN. Y ni corto ni perezoso me

 

lancé sobre la pequeña calavera de Am os. Aunque la mandíbula había des-

 

aparecido, el maxilar conservaba todavía varios de los dientes deciduales o de

 

«leche», así como los permanentes, ocultos bajo el hueso. Rescaté dos piezas

 

-un canino y un molar- y me apresuré a ocultarlas en la segunda ampolleta

 

vacía.

 

La misión, prácticamente consumada, tocaba a su fin. Pero la curiosidad, de

 

nuevo, me venció. Nunca aprenderé… Y poco faltó para que aquel error

 

pasara factura.

 

El cráneo del niño, falleci do a los cinco años, pres entaba síntomas de os-

 

teoporosis en los parietales y occipitales. Revisé una y otra vez los restos pero,

 

naturalmente, en tales circunstancias , era poco menos que imposible ave-

 

riguar el porqué de dicho problema. Pe nsé en una hipotética deficiencia de

 

hierro y proteínas o -quién sabe- en una infección de la madre. Todo era

 

posible.

 

Varios de los dientes habían sido ví ctimas también de un agudo y generali-

 

zado mal: la caries. Otra dolencia habitual entre aquellas gentes.

 

El resto de la osamenta, frágil y consumida por la humedad, no me dijo gran

 

cosa, excepción hecha de la confirmación de la edad del infante, a través de la

 

observación de la epífisis inferior del peroné.

 

Y feliz, complacido ante el excelente resultado de la aventura, devolví los

 

huesos de Amos al interior del osario, cubriéndolo con la tapa de piedra. Me

 

incorporé y, obedeciendo a un extraño impulso, bajé los ojos, pronunciando

 

en silencio una oración: aquel hermoso y original padrenuestro que escribiera

 

el propio Jesús de Nazaret.

 

No pude concluirlo…

 

Súbitamente, algo me devolvió a la realidad. A la cruda y despiadada reali-

 

dad…

 

Me sentí atrapado.

 

Instintivamente apagué la tea. ¿Qué hacía? ¿Escapaba? ¿Permanecía oculto

 

en la cueva?

 

El corazón, al galope, no colaboró. ¡Dios!…

 

Y escuché de nuevos los confusos so nidos. Reaccioné y, despacio, muy

 

 

 

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despacio, midiendo cada paso, me asomé a la boca de la gruta.

 

La espesa oscuridad, alimentada por la luna nueva, multiplicó la zozobra. La

 

visión IR no detectaba ningún ser vivo. Pero el clamor estaba allí, en alguna

 

parte. Maldije mi inconsciencia. Podía haber abandonado el cementerio nada

 

más extraer los dientes de José…

 

Me aferré al cayado. Si era menester me defendería. Las muestras seguirían

 

conmigo. Nada ni nadie me las arrebataría.

 

¿Risas?

 

Eso fue lo que percibí a renglón seguido. Parecían proceder de la zona norte.

 

Quizá del caminillo que conducía a la cima del Nebi.

 

El corazón, imparable, continuó bombeando hasta hacerme daño.

 

Sí, risas, voces, gritos…

 

Alguien se aproximaba por mi derecha, por el citado senderillo.

 

Creo que empecé a dudar.

 

La duda y el miedo, a partes iguales, me anclaron al suel o de la cripta fu-

 

neraria.

 

¿Qué hacía? ¿Saltaba como un gamo a la búsqueda del olivar? ¿Olvidaba el

 

osario? ¿Cerraba la cueva? ¿Seguía allí?

 

Si optaba por lo primero, quizá pudiera cruzar el cementerio y desaparecer

 

antes de la llegada de los todavía invisibles individuos.

 

¿Y si no era así? ¿Qué ocurriría si me detectaban a medio camino? Ni siquiera

 

sabía cuántos eran…

 

Traté de pensar. Imposible. El miedo no me lo permitió.

 

De pronto, las «crótalos» pusieron an te este descompuesto explorador dos

 

figuras rojizas, abrazadas y tambaleantes.

 

Necesité unos segundos para cerciorarme…, y comprender.

 

¡Maldita sea!

 

No cabía la menor duda. Las risas y el vocerío lo confirmaron. El enterrador y

 

la plañidera regresaban de Nazaret…, borrachos como cubas.

 

Al entrar en el camposanto, ciegos por el vino, fueron a topar con una de las

 

estelas, cayendo entre las tumbas. Más risas. Más gritos. Más confusión…

 

El Destino, lo sé, tuvo piedad de mí.

 

Esperé. En un principio, la situación no parecía ta n crítica como había su-

 

puesto. Y el descompuesto ánimo, lenta y gradualmente, recobró el temple.

 

La pareja, auxiliándose mutuamente, tropezando aquí y allá, consiguió a

 

duras penas su propósito, alcanzand o la choza. Nunca comprendí cómo

 

demonios cruzaron el Nebi.

 

Al poco, el alboroto fue extinguiéndose, dejando paso a unos maravillosos y

 

tranquilizadores ronquidos.

 

Encajé susto y lección y, sin perder un minuto, restablecí el orden en la cripta,

 

clausurando la entrada.

 

Dos horas más tarde, con el alba, aquello era historia…

 

 

 

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Y apreté el paso, ansioso por ingresar en el Ravid y concluir esta fase de la

 

misión.

 

Una vez más, el Destino fue benevolente con quien esto escribe.

 

18 AL 24 DE JUNIO

 

La misma tarde del sábado, 17, sin tr opiezo ni percance, este explorador

 

abrazaba a su hermano. Todo en el «portaaviones» discurría a entera sa-

 

tisfacción. A decir verdad, tanta paz empezó a preocuparme. No era muy

 

normal…

 

Esa noche fue dedicada, única y exclusivamente, al descanso. Eliseo lo en-

 

tendió y, aunque ardía en deseos de pr eguntar y exponer lo descubierto en los

 

análisis de la sangre de la Señora, dejó que me recuperara.

 

A la mañana siguiente, con el alma y el corazón pictóricos, le puse al corriente

 

de cuanto había visto y oído en la prol ongada estancia en la Ciudad Santa y en

 

el cementerio de Nazaret. No hizo muchos comentarios. No merecía la pena.

 

El destino de los «embajadores del rein o» estaba claro. Y la valiosa infor-

 

mación, como era habitual, fue transferida al banco de datos de «Santa

 

Claus».

 

Eliseo, por su parte, no menos feliz, me mostró los informes y los resultados

 

de sus investigaciones en torno a la sangre que es te explorador, como se

 

recordará, tuvo la fortuna de recoger en Nazaret, cuando María, la madre del

 

Maestro, resultó levemente lesionada en la nariz.

 

El providencial lienzo y la no menos oportuna hemorragia nasal de la Señora

 

nos permitirían redondear otra decisiva misión, «especial y encarecidamente

 

encomendada por los directores de Caballo de Troya. Como ya comenté, en

 

aquellos momentos, los requerimientos de Curtiss nos parecieron lógicos y

 

normales. Como científicos, la posible paternidad de José era un reto apa-

 

sionante. Más tarde, aparentemente po r casualidad (?), mi hermano fue a

 

descubrir «algo» que nos horrorizó y nos hizo dudar de la bondad de seme-

 

jante «petición». Pero demos tiempo al tiempo…

 

Ambos éramos conscientes de que el referido lienzo había empapado la

 

sangre de la mujer. Yo era testigo. Sin embargo, fieles al procedimiento y a

 

los protocolos establecidos por los responsables de la Operación, los primeros

 

ensayos se orientaron hacia las cuestiones básicas: identificación de la

 

muestra como sangre humana, sexo, etc.. Por último, Eliseo centró sus es-

 

fuerzos en lo que realmente interesa ba: el grupo sanguíneo. Las pruebas

 

fueron contundentes. La Señora portaba el «B».

 

Esto nos situó ante el final de la experi encia. Sabíamos que el Hijo del Hombre

 

pertenecía al grupo «AB» y conocíamos ig ualmente, como digo, el de la madre.

 

Sólo restaban dos operaciones, no menos delicadas y definitivas: averiguar

 

los respectivos grupos sanguíneos de Jo sé y Amos, así como los ADN de todos

 

 

 

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ellos. Con este material estaríamos en condiciones de excluir -o no- la

 

paternidad del contratista de obras respecto al rabí. Desde el punto de vista

 

de la Ciencia, un gen de grupo sanguíneo sólo se presenta en un individuo si,

 

a su vez, está presente en uno de los padres o en ambos.

 

E hicimos algunos cálculos…

 

En teoría, sólo en teoría, aceptando que José fuera el padre biológico de Jesús,

 

las posibilidades combinatorias (en grupos sanguíneos) eran las siguientes:

 

Primera: el padre podía ser «A» y la madre «B».

 

Segunda: padre «A» y madre «AB».

 

Tercera: «B» para José y «AB» para la Señora.

 

Cuarta: «AB» para ambos.

 

Evidentemente, si María era «B», los siguientes análisis sólo podían ofrecer el

 

grupo «A». Pero teníamos que demostrarlo.

 

Y a partir del lunes, 19, mi hermano y quien esto escribe, sin prisas, se en-

 

tregaron a una intensa labor, conscientes de las repercusiones de estos ex-

 

perimentos.

 

La primera inquietud, aparecida ya en los arranques de la operación, se centró

 

en la posible contaminación de las mues tras y en el estado de las mismas.

 

Aunque las ampolletas de barro emplea das en el traslado de los dientes

 

fueron minuciosa y severamente desinfectadas, siempre cabía una duda

 

razonable. Sin embargo, las circunst ancias mandaban y, sencillamente,

 

confiamos en nuestra buena estrella. Respecto a la integridad de las piezas

 

dentarias, las observaciones al microscopio nos tranquilizaron y animaron. No

 

detectamos caries ni fisuras. Otra cuestión era el interior. Después de tantos

 

años, las pulpas del molar y del premolar (en el caso de José), así como las del

 

canino y molar (en Amos), podían haber resultado reabsorbidas y pegadas a

 

las paredes. Si era así, las cosas se complicarían. Los forenses conocen bien

 

este problema. Cuando los restos se hallan deteriorados, el ADN queda in-

 

servible, destruyéndose, incluso, los fragmentos mayores.

 

Pero, como digo, confiamos. Y llegó el gran momento.

 

Nos decidimos por el molar, reservando el premolar de José para un segundo

 

ensayo.

 

Eliseo lo perforó y, hábil, extrajo la pulpa.

 

¡Bingo!… ¡No había reabsorción!

 

Este explorador sabía qu e el diente correspondía a un ser humano. Pero

 

fuimos fieles al método científico. Primera determinación: la especie. El

 

examen fue concluyente. Corona y raíz se hallaban en el mismo plano, in-

 

dicando que pertenecía a un humano. (Como se sabe, el hombre es el único

 

mamífero en el que los dientes se desarrollan verticalmente.) Segundo y

 

obligado protocolo: edad. Siguiendo las directrices de Gustafson, evaluamos

 

algunos de los seis procesos evolutivos básicos. Lógicamente, no todos fueron

 

viables. Pues bien, cuantificando las modificaciones provocadas en el diente

 

 

 

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por cada uno de estos procesos, el resultado de la línea de regresión ofreció

 

un total de cuatro puntos. Considerando un error de más-menos cinco años,

 

la edad de José quedó así estimada en treinta y cinco años. En otras palabras:

 

lo que ya sabíamos (el padre terrenal de Jesús murió a los treinta y seis).

 

En cuanto a la tercera determinación -el sexo-, sería aclarada poco después,

 

con los análisis celulares. La incógnita, sin emba rgo, aparecía igualmente

 

despejada para quien esto escribe. Al inspeccionar la osamenta, pelvis, fémur,

 

sacro y el cuerpo del esternón -dos veces más largo que el manubrio- fueron

 

esclarecedores. Los huesos pertenecían a un varón. No obstante, esperamos.

 

Todo debía llevarse con rigor.

 

Los tres pasos siguientes –diagnóstico de los grupos sanguíneos de José y

 

Amos- no ofrecieron excesivas complicaciones. Repetimos los procedimientos

 

ya expuestos, obteniendo lo que sospec hábamos: el padre terrenal del rabí de

 

Galilea pertenecía al grupo «A». Exactamente igual que el niño.

 

El hallazgo nos estremeció. El Hijo del Hombre, verdaderamente, era hijo del

 

hombre…

 

Su grupo -«AB»-, como mandan las leye s de la herencia, fue propiciado por la

 

genética de José y de la Señora. Y lo mismo sucedía con Amos, el hermano.

 

Desde un punto de vista científico, todo encajaba matemáticamente. Como

 

dije, los aglutinógenos A y B se transm iten con carácter hereditario domi-

 

nante. O lo que es lo mismo: no se dan en los hijos, si no están presentes en

 

los progenitores. Así, por ejemplo, un os padres «AB» nunca podrían tener

 

hijos del grupo «O».

 

Pero la importante «pista» debía ser ratificada. Y Eliseo, nervioso y emo-

 

cionado, penetró en el último capítulo: la observación de los respectivos ADN

 

y sus estudios comparativos.

 

En esta ocasión, me mantuve al marg en. Mi hermano, supongo, lo com-

 

prendió. Aunque no era propio de un cien tífico, la «invasión» de los territorios

 

más íntimos del ser humano nunca me agradó. Y mucho menos, bucear y

 

sacar a la superficie los ADN de mis am igos… Fue instintivo. No sé expresarlo

 

con palabras, pero el sentimiento era claro: no manipularía las claves de la

 

vida de Jesús de Nazaret y de la Señora.

 

Para estos experimentos, Caballo de Troya nos había dotado de dos técnicas,

 

desconocidas, que yo sepa, por la comunidad científica. La primera fue

 

desarrollada y puesta a punto por los laboratorios de ingeniería genética de la

 

Navy. Durante años, como es habitual , la Inteligencia Militar fue «absor-

 

biendo» y «haciendo suyos» los interesa ntes descubrimientos de científicos

 

como Khorana y Niremberg (descifradores del lenguaje del código genético),

 

Smith y K. Wilcox (descubridores de las enzimas de restricción), A. Kornberg

 

y su equipo (que hallaro n la polimerasa) y Berg (q ue produjo la primera

 

molécula de ADN recombinado), entre otros muchos. Ni qué decir tiene que

 

estos brillantes hombres de ciencia nunca supieron de semejantes manejos…

 

 

 

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Desde luego, no agotaré al hipotético lect or de este diario con las complejas y

 

farragosas secuencias que integraban esa técnica, «propiedad» de la Armada.

 

No es éste, obviamente, el propósito que me mueve a narrar lo que nos tocó

 

vivir en la Palestina de Jesús de Nazaret.

 

Recuerdo que fue el miércoles, 21, hacia el mediodía…

 

Quien esto escribe se hallaba pasean do por la zona de la muralla romana,

 

absorto en los planes de nue stra próxima y casi inmi nente misión fuera de las

 

fronteras de Israel.

 

Eliseo, excitado, me reclamó a través de la conexión auditiva.

 

-¡Lo logramos!… ¡Aquí tienes las pruebas!

 

Tras los ensayos con los grupos sanguíneos, yo había intuido el desenlace.

 

Pero ahora estaba ante la definitiva confirmación…

 

Mi hermano, mostrando los diferentes «perfiles genéticos», me invitó a

 

compartir su alegría. Los examiné cuidadosamente, ratificando los resultados

 

en la pantalla del ordenador central. No había duda: el análisis conjunto de las

 

regiones seleccionadas ofrecía un patrón de bandas claramente coincidente.

 

«Santa Claus», frío y objetivo, lo resumió así:

 

«Para cada una de las regiones se obtiene una perfecta compatibilidad entre

 

las muestras del supuesto padre y de la supuesta madre… Se observa la

 

presencia de un fragmento materno y de otro…, de procedencia paterna.»

 

¡Dios!… ¡Aquello era dinamita!

 

En las seis regiones hipervariables seleccionadas, todos los «códigos de ba-

 

rra» resultaban coincidentes. La certeza, pues, era superior a un 99,9 por

 

ciento…

 

Eliseo, al final de su informe, escribió rotundo:

 

«La perfecta compatibilidad de perfiles en los ADN del Maestro, de José y de

 

María permite concluir que la paternidad y maternidad han sido probadas, a

 

pesar de no haber podido realizar un estudio estadístico referencial, por ra-

 

zones obvias… Teniendo en cuenta, sin embargo, la distribución de las fre-

 

cuencias en USA y otras poblaciones, la probabilidad de paternidad y ma-

 

ternidad obtenida supera el 99,9 por ciento.»

 

¿Qué significaba esto? En palabras sencillas, que el código genético de Jesús

 

aparecía repartido entre los de sus padres terrenales. El Hi jo del Hombre, por

 

tanto, según la Ciencia, fue concebido con el esperma de José y el óvulo de la

 

Señora.

 

Lo dicho: pura dinamita…

 

Y otro tanto sucedía con la «huella genética» de Amos.

 

¿Posibilidad de error?

 

Mínima, según mi hermano.

 

Para que dos perfiles de ADN, pertenecientes a individuos distintos, coincidan

 

en seis regiones hipervariables tendríamos que pensar en una «supercasua-

 

lidad». Dicho de otro modo: uno en un billón…, según «Santa Claus».

 

 

 

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Para ambos estaba claro. No obstante , cumpliendo lo programado por Caballo

 

de Troya, la experiencia fue repetida. En esta oportunidad, Eliseo echó mano

 

de la segunda técnica, igualmente desconocida por el mundo científico.

 

La prueba fue ejecutada so bre el premolar de José y el molar de su hijo,

 

Amos.

 

Extraídas las pulpas, tras congelarlas y esterilizarlas con nitrógeno líquido,

 

evitando así la posibilidad de contamin ación, las redujo a polvo, depositán-

 

dolas en una minicámara de flujo laminar. A continuación, consumada la

 

selección química del ADN, su aislamiento y el corte del ovillo con las enzimas

 

de restricción, «Santa Claus» tomó el mando, procediendo a la «inyección» de

 

un «nemo» en cada una de las regiones elegidas. (Esta especie de «micro-

 

sensor», de treinta nanómetros, al que bautizamos con el nombre de «nemo»

 

y que describiré en su momento con más detalle, actuaba como una «sonda»,

 

identificando y transmitiendo por radio el patrón de bandas. Es decir, el «perfil

 

genético» del individuo. La «huella», una vez en poder de l ordenador, era

 

amplificada a voluntad.)

 

Esta diminuta maravilla de la Ciencia -únicamente programable con el con-

 

curso de «Santa Claus»- ahorraba muchas de las fases de la primera técnica

 

de identificación del ADN, excepción hecha de las ya mencionadas. En defi-

 

nitiva, un sistema más rápido, limpio y fiable.

 

Segundos después del ingreso de los «nemos» en las regiones hipervariables

 

seleccionadas en las muestras, la pa ntalla de la comput adora ofrecía unas

 

imágenes incuestionables.

 

Eliseo, tranquilo, las repasó dos veces, emitiendo un veredicto:

 

-Paternidad y maternidad…, probadas. Porcentaje de seguridad: cien…

 

Misión cumplida.

 

Acto seguido, demostrada definitivamente la paternidad biológica de José, la

 

información fue transferida, en su totalidad, a los archivos de «Santa Claus».

 

En cuanto a los ADN, muestras, etc. , cumpliendo las órdenes, fueron her-

 

méticamente clausurados en un contened or especial. Ni siquiera nosotros

 

tuvimos acceso a la clave de apertura. Eso fue confiado al ordenador central.

 

El general Curtiss fue muy explícito y tajante: el envase con el ADN de Jesús

 

de Nazaret pasaría directa e inmediatam ente a sus manos, nada más aterrizar

 

en la meseta de Masada…

 

En esos momentos, como ya mencioné, no fuimos conscientes de las autén-

 

ticas intenciones de los directores de l proyecto respecto a ese delicadísimo

 

material genético. Éramos soldados. Cumplíamos una misión. No debíamos

 

preguntar. Pero el Destino, afortunadamente, lo tenía previsto…

 

A partir de esos instantes todo fue extraño. Confuso.

 

Abandoné la nave y, sin dar explicaciones, paseé durante horas por la cima

 

del Ravid. Tenía que pensar.

 

No sé cómo decirlo, pero, al demostra r la paternidad biológica de José, me

 

 

 

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invadió una sensación amarga. Era paradójico. Se trataba de un triunfo. Sin

 

embargo, mi espíritu se ensombreció. Quizá estábamos cruzando una fron-

 

tera sagrada. No lo sé…

 

Lo cierto es que, en mitad de aquel desasosiego, un pensamiento terminó por

 

instalarse en mi corazón, confundiéndo se definitivamente. Y no porque

 

afectara a mis principios religiosos, totalmente inexistentes, sino porque,

 

como científico, me descabalgó. No conseguía encajar lo que acababa de ver

 

-la «huella genética» del Maestro- con otra no me nos incuestionable realidad:

 

su divinidad.

 

Este explorador fue testigo de excepción. Había visto, verificado y -si se me

 

permite- «tocado» esa divinidad. La resurrección y posteriores apariciones no

 

dejaban lugar a dudas. Sin embargo, como digo, «aquello» no cuadraba en mi

 

corto conocimiento. Si concepción y naturaleza física del rabí de Galilea eran

 

absolutamente humanas, ¿dónde o cómo ubicar ese otro innegable rasgo que

 

completaba la esencia de Jesús? ¿Debía buscar en los genes? Las investiga-

 

ciones fueron transparentes. En el código genético no hallamos nada anormal.

 

Entonces, ¿fue adquirida a posteriori ? Pero, ¿cómo?, ¿cómo consiguió esa

 

divinidad?

 

Naturalmente, me enredé. No tenía resp uestas. Pero, terco, subido en el

 

ridículo pedestal de la Ciencia, seguí buscando…, y hundiéndome.

 

Los padres terrenales no disfrutaban de ese poder. Por tanto, no pudieron

 

transmitirlo. Pero estaba allí, en alguna parte…

 

Recuerdo que, al final, impotente, me quedé en blanco. Y el Destino, supongo

 

que compadecido, me lanzó un cabo.

 

«Quizá la divinidad -me dije en uno de los escasos momentos de lucidez- no

 

sea pariente de la genética. ¿No estaré midiendo con varas distintas? ¿Desde

 

cuándo, querido Jasón , lo adimensional (la divini dad) es comparable a lo

 

puramente material?»

 

Me rendí.

 

Y al retornar al módulo y compartir estas inquietudes con mi hermano, Eliseo

 

replicó con su proverbial lógica:

 

-¿Por qué te atormentas? Cuando le veas…, pregúntaselo.

 

Me desarmó. Llevaba razón. Así lo haría en cuanto diéramos el ansiado tercer

 

«salto» en el tiempo.

 

Y sin poder contenerse dejó en el aire otra delicada cuestión. Una interrogante

 

que también martilleaba en mi cerebro desde que acertásemos a probar la

 

paternidad biológica del contratista de obras:

 

-Si el Maestro fue engendrado como cualquier ser humano, ¿por qué los

 

evangelios y creyentes le asignan una concepción sobrenatural?

 

El asunto, obviamente, nos llevó muy lejos…

 

Ya lo toqué en su momento, pero, en honor a mi desaparecido hermano y a lo

 

que pudo ser la verdad, volveré sobre él, trazando las lí neas maestras de

 

 

 

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aquella interesante conversación.

 

Eliseo decía bien. Dos de los evangelis tas -Mateo y Lucas- aseguran que María

 

concibió a Jesús «por obra y gracia de l Espíritu Santo». Nosotros sabíamos

 

que no fue así, pero, ¿de dónde partió semejante noticia?

 

Tomamos el primer texto y lo desguazamos, analizándolo con frialdad.

 

¿Cómo supo Mateo Leví de aquella información?

 

Primera posibilidad: ¿se lo comunicó la propia Señora? Sinceramente, lo dudé.

 

Ella, por supuesto, creía firmemente en la concepción «no humana» de su hijo.

 

Así lo manifestó muchas veces. Nunca lo entendí pero, insisto, lo respeté. Y

 

digo que dudé porque, de haber contado a Mateo cuanto aconteció en aque-

 

llos meses previos al alumbramiento, la Señora nunca hubiera inventado lo

 

que asegura el escritor sagrado (?). Podía estar equivocada en sus aprecia-

 

ciones, pero jamás mentía. Me explico. El evangelista afirma que María se

 

encontró encinta «antes de empezar a estar juntos». Es decir, antes de estar

 

casados legalmente. Esto nunca lo hubiera dicho la Señora. Como ya informé

 

en su momento, cuando la mujer se quedó embarazada de Jesús, hacía ocho

 

meses que había contraído matrimonio con José. Más claro: tanto el anuncio

 

del ángel, como la concepción, tuvieron lugar después de las bodas (éstas se

 

celebraron en marzo del año «menos oc ho» y la visita de Gabriel y el in-

 

mediato embarazo se registraron en no viembre de ese mismo año). Lo escrito

 

por Mateo, por tanto, es erróneo: no fue durante los es ponsales o «noviazgo»

 

cuando María quedó encinta, sino mucho después…

 

Si esto es así, la siguiente afirmación -«José resolvió repudiarla en secreto»-

 

tampoco se sostiene. Imagino la cara de la Señora si alguien se hubiera

 

atrevido a plantearle semejante despropósito…

 

En cuanto al célebre sueño del perplejo José, el evangelista no dice toda la

 

vedad. Si la información procedía de la Señora, el escritor sagrado (?) volvió

 

a manipularla. María sabía lo que ocurrió. Sabía que la auté ntica preocupación

 

de su esposo era otra. Lo que realmente obsesionaba al entonces carpintero

 

era lo mismo, poco más o menos, que tenía confundido a quien esto escribe.

 

A saber: «cómo un niño concebido por humanos podía ser divino».

 

El resto del mensaje, proporcionado en el sueño, tampoco se ajusta a los

 

hechos. La Señora, insisto, nunca f altó a la verdad. ¿Cómo entender, en-

 

tonces, la categórica afirmación de que su marido era de la casa de David? Era

 

ella la única descendiente del famoso rey…

 

¿Pecados? ¿Vino Jesús al mundo para salvar a su pueblo de los pecados?

 

Esto, evidentemente, no fue cosa de la Señora. Ella supo de las palabras del

 

Resucitado en todas las apariciones. En ninguna se refirió jamás a «salvar a

 

su pueblo de sus pecados». Alguien, efectivamente, volvió a «meter la ma-

 

no»..

 

En suma: en mi humilde opinión, lo es crito por Mateo no procedía de la madre

 

del Maestro.

 

 

 

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Segunda posibilidad: ¿recibió la inform ación de la familia de Jesús, de sus

 

compañeros, los apóstoles, o de otros se guidores? Nadie está capacitado para

 

negarlo. Obviamente, entra dentro de lo posible. Sin embargo, si así fue,

 

detecto algo que no encaja con Mateo. El evangelista era galileo. Conocía las

 

tradiciones y leyes judías. ¿Qué quiero decir? Muy simple: Mateo Leví difí-

 

cilmente habría afirmado que María se quedó encinta antes de contraer ma-

 

trimonio. De ser así, Jesús de Nazare t -como ya expliqué en páginas ante-

 

riores- hubiera sido calificado como mamzer (bastardo). Nada de esto ocurrió.

 

Si lo narrado en el texto, supuestamente sagrado, fuera cierto, la vergüenza

 

y la marginación habrían caído como un a losa sobre la Señora, sobre su

 

familia y, naturalmente, sobre el Maestro. Y sus actos y palabras no habrían

 

tenido el menor eco social. Sus enemigos no le hubieran perdonado.

 

No, Mateo no era un irresponsable. No creo que esas afirmaciones sobre la

 

virginidad nacieran de su pluma…

 

Tercera posibilidad: una vez más…, algui en metió la mano en el primitivo

 

texto de Mateo. Poco importa quién y cu ándo. Lo triste, lo lamentable, es que

 

deformó la realidad. Una realidad, la magnífica maternidad de la Señora, que

 

no precisaba de adorno alguno. Porque, en definitiva, ésa parece ser la razón

 

que movió al «manipulador o manipula dores» a modificar los hechos. La

 

historia se repetía. El Hijo del Hombre -su figura, en suma- debía ser «ven-

 

dido» con todos los honores. ¿Y qué de cían las más antiguas y regias le-

 

yendas?: dioses, héroes y avalares en general nacieron siempre de una virgen.

 

En Alejandría, por ejemplo, mucho antes de Jesús de Nazaret, el pueblo ce-

 

lebraba el 6 de enero el alumbramiento del dios Fon. Un ser nacido de la

 

virgen Kore. En esa fech a, tras una ceremonia nocturna, las gentes mar-

 

chaban en procesión hasta la gruta en la que había nacido el dios. Lo tomaban

 

en sus brazos, lo paseaban y, finalmente, lo devolvían a la cueva en la última

 

vigilia: la del canto del gallo. Al abandonar el santuario, el grito era unánime:

 

«La virgen ha dado a luz… Aumenta la luz.» Y otro tanto sucedía en el vecino

 

reino de la Nabatea, al sureste de Israel. Allí, en los templos de Petra, otra

 

virgen -«Chaabou»- alumbraba al no menos célebre dios Dusares… (Esta

 

festividad pagana serviría después a los árabes cristianos para fijar la fecha

 

del nacimiento de Jesús en el menciona do 6 de enero.) ¿Fueron estos, u otros

 

mitos, los que condicionaron la verdad , reduciéndola a lo que hoy leen los

 

creyentes? Personalmente, así lo creo. Basta echar una ojeada a la Historia

 

para comprobar que las iglesias no tuvieron el menor reparo en hacer suyos

 

algunos de estos mitos. Ejemplo: la Na tividad. Cualquier investigador me-

 

dianamente avisado sabe que ese «25 de diciembre» no fue el día del naci-

 

miento de Jesús, sino la usurpación de una vieja celebración, igualmente

 

pagana. Desde la más remota antigüedad , sirios y egipcios festejaban en

 

dicha fecha lo que denominaban «la vict oria del sol». Es decir, el lógico

 

alargamiento de los días. Y la iglesia ca tólica, ni corta ni perezosa, proba-

 

 

 

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blemente hacia el siglo IV, se adueñó de la festividad -heredada entonces por

 

los romanos-, convirtiéndola, «por real decreto», en la «Navidad»… También

 

el segundo texto evangélico -el de Lucas- fue escrutado con minuciosidad. El

 

resultado -cómo no- nos decepcionó.

 

Para empezar, el médico de Antioquía no conoció personalmente a la Señora.

 

La información, en consecuencia, no fue de primera mano. (Lucas pudo

 

convertirse al cristianismo, e iniciar el seguimiento de su maestro, Pablo de

 

Tarso, hacia el año 47, aproximadamente. María, por su parte, al morir Jesús,

 

contaba alrededor de 50 años de edad. En el 47, por tanto, de haber estado

 

viva, rondaría casi los 70. Es decir, di fícilmente pudo coincidir con Lucas.

 

Todas las noticias apuntan a que falleció uno o dos años después de la cru-

 

cifixión, en el año 30.)

 

Partíamos, pues, de un hecho casi seguro: el evangelista recibió los datos de

 

segundas o terceras personas.

 

¿Cuándo empezó a escribir?

 

Todos los indicios señalan una época: tras la muerte de Pablo, en el año 67.

 

Esto nos situaba, como mínimo, a 40 de la desaparición del Maestro. ¡Cua-

 

renta años!…

 

¿Era fácil reconocer la verdad despué s de tanto tiempo? Evidentemente, la

 

tarea no era sencilla. Y much o menos si, como sospecha mos, ya circulaban las

 

torcidas interpretaciones sobre la supuesta virgin idad de la Señora. Quizá

 

Lucas no tergiversó deliberadamente los hechos. Quizá se limitó a escuchar y

 

copiar lo que era de dominio público entre los primeros cristianos. Aunque

 

también cabe la posibilidad ya apuntada con el texto de Mateo: que alguien,

 

mucho después, cambiara ese pasaje…, «porque así convenía».

 

Sea como fuere, lo cierto es que el aludido capítulo es otro cúmulo de errores

 

y falsedades…

 

Ni Nazaret era una «ciudad», ni María una «virgen», ni se hallaba «despo-

 

sada», ni José era de la «casa de David» , ni el ángel mencionó jamás que Dios

 

le daría el trono de dicho rey, ni la Señora pronunció las palabras que cita

 

Lucas -«¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»-, ni Gabriel se

 

refirió a la «sombra del Altísimo», ni aquél era el sexto mes del embarazo de

 

Isabel, ni María, en fin, se proclamó jamás como «la esclava del Señor»…

 

Aunque ya fue incluido en otro lugar de este diario, entiendo que es oportuno

 

y benéfico recordar ahora el texto del verdadero parlamento del ángel a la

 

joven esposa de José. La diferencia co n el del escritor sagrado (?) es elo-

 

cuente…

 

«Vengo por mandato de aquel que es mi Maestro, al que deberás amar y

 

mantener. A ti, María, te traigo buenas noticias, ya que te anuncio que tu

 

concepción ha sido ordenada por el cielo…

 

»A su debido tiempo serás madre de un hijo. Le llamarás “Yehosua” (Jesús o

 

Yavé salva) e inaugurará el reino de los cielos sobre la Tierra y entre los

 

 

 

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hombres…

 

»De esto, habla tan sólo a José y a Is abel, tu pariente, a quien también he

 

aparecido y que pronto dará a luz un niño cuyo nombre será Juan. Isabel

 

prepara el camino para el mensaje de liberación que tu hijo proclamará con

 

fuerza y profunda convicción a los hombres. No dudes de mi palabra, María,

 

ya que esta casa ha sido escogida como morada terrestre de este niño del

 

Destino…

 

»Ten mi bendición. El poder del Más Alto te sostendrá…

 

»El Señor de toda la Tierra extenderá sobre ti su protección.»

 

El mensaje es transparente.

 

«Concepción ordenada por el cielo…»

 

Eso no significaba que Dios fuera a modificar las natu rales leyes de la herencia,

 

haciendo concebir a María sin la participación de su esposo. Siempre he creído

 

que ese magnífico y poderoso Padre tiene la facultad para lograr que alguien

 

engendre al estilo de lo apuntado por los evangelistas. Pero también sé que,

 

por encima de todo, es un Dios sensato y respetuoso con sus propias leyes. Si

 

el Maestro deseaba ser un hombre -en todo el sentido de la palabra-, ¿por qué

 

empezar con una alteración tan singular? No es lógico, a no ser que fueran los

 

propios hombres quienes, en su afán por enaltecer a Jesús, cambiaran la

 

realidad. Como siempre, somos nosotros quienes hacemos a Dios a nuestra

 

imagen y semejanza…

 

«E inaugurará el reino de los cielos sobre la Tierra y entre los hombres.»

 

¿Cuándo, el ángel, hace alusión al trono de David o a la casa de Jacob?

 

¿No es más espléndido que el Hijo del Hombre viniera a abrir los ojos de toda

 

la Humanidad, en lugar de tomar posesión del «gobierno» de una nación?

 

Los primeros cristianos, en efecto, arrinconaron muy pronto las advertencias

 

del Resucitado. Y como buenos judíos no desaprovecharon la oportunidad,

 

identificando al Maestro con el Mesías prometido…

 

Y de nuevo creo que olvido algo import ante. Lo he mencionado de pasada,

 

pero entiendo que conviene profundizar en ello. Dije que la Señora estaba

 

convencida de la concepción «no humana» de su Hijo. Pues bien, ¿cómo era

 

esto posible? ¿Cuál fue su razonamiento? Si María, cuando se quedó encinta,

 

se hallaba legalmente casada, manten iendo las lógicas relaciones sexuales

 

con José, ¿por qué afirmaba que Jesú s fue engendrado de forma sobrena-

 

tural?

 

La clave, en mi opinión, era Isabel, su prima lejana. Fue, simplemente, una

 

deducción. Si la madre de Juan, el Bautista, estaba incapacitada para tener

 

hijos y, sin embargo, alumbró al Anunciador, eso quería decir que dicho

 

embarazo fue cosa del Altísimo. Y si ambos niños -Juan y Jesús- tenían

 

prácticamente la misma misión (así lo adelantó el ángel), ¿por qué la con-

 

cepción de su Hijo iba a ser diferente? El argumento tenía cierta lógica. Y la

 

Señora, como digo, lo hizo suyo. En definitiva, esta pretensión pudo más que

 

 

 

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las nítidas palabras de Gabriel: «tu concep ción ha sido ordenada por el cielo».

 

Para María, mujer a fin de cuentas, aquello era más sublime, y acorde con el

 

sagrado destino de Jesús, que la pros aica idea de un embarazo puramente

 

humano.

 

Ni qué decir tiene que no s desmoralizamos. Y Eliseo y quien esto escribe

 

dejamos ahí el enojoso asunto de los textos evangélicos. Tampoco éramos

 

jueces. Nuestra misión era otra. Si se me permite la inmodestia, más fina y

 

trascendental. Nos fue dada la oportuni dad de seguir al Hijo del Hombre y

 

narrar cuanto vimos y escuchamos. Ése era el trabajo. Y a él nos entregamos

 

con pasión…

 

El resto de aquella semana fue igualmente tenso. Tras no pocos cálculos, mi

 

hermano y yo fijamos el sábado, 24, como la fecha límite para partir hacia el

 

sur e iniciar así la Operación Salomón, que debería esclarecer las causas del

 

extraño sismo registrado en la histórica jornada del 7 de abril, en Jerusalén.

 

Un movimiento sísmico, como se recordará, que siguió a la muerte de Jesús

 

de Nazaret.

 

Al margen de la lógica preocupación por tan largo y comprometido viaje, lo

 

que nos mantuvo inquietos fue, sobre todo, el hecho de tener que abandonar

 

la «cuna». Lo sabíamos. No teníamos elección. Éramos plenamente cons-

 

cientes también de que el módulo quedaba en las mejores «manos»: las de

 

«Santa Claus». Todo se hallaba previsto. Nada debía fallar. Pero…

 

Supongo que fue un sentimiento natural. Aquél era nuestro «hogar» y el único

 

medio para regresar a «casa», a nuestro verdadero «ahora». Y estábamos a

 

punto de dejarlo…

 

Eliseo y quien esto escribe cruzamos algunas significativas miradas. Nadie

 

dijo nada. Los pensamientos, sin embargo, estoy seguro, fueron los mismos:

 

«¿Qué sucedería si no regresábamos? Peor aún: ¿qué sería de aquellos ex-

 

ploradores si, al ascender de nuevo al Ravid, encontraban la nave destruida o

 

inutilizada?»

 

Eso no es posible, me dije una y otra vez, en un vano intento por serenarme.

 

Desde un punto de vista estrictamente técnico -si no ocurría una catástrofe-,

 

llevaba razón. Las medidas de seguridad eran casi perfectas. Sin embargo…

 

Y la angustia, desde esos momentos, fue una inseparable compañera.

 

Pero no todo fue negativo en aquellos úl timos días. Otra de las inquietudes -la

 

falta de dineros- fue hábil y puntualmente eliminada por el genial Eliseo. El

 

muy ladino esperó casi al final para mostrar lo conseguido durante mi per-

 

manencia en la Ciudad Santa.

 

Fue al sugerir que el valioso ópalo blanco nos acompañase, intentando así el

 

canje, cuando mi hermano, sonriendo con picardía, me entregó una pequeña

 

bolsa, rechazando la proposición.

 

-No será necesario… Dejémoslo en la «cuna»… Con esto será suficiente…

 

Al abrir el saquito quedé atónito. -Pero…

 

 

 

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Sonrió de nuevo, haciéndome un guiño.

 

¡Dios santo!

 

E incrédulo vacié el contenido en la palma de la mano. Lo examiné una y otra

 

vez y, temiendo lo peor, lo interrogué con la mirada.

 

-No sea desconfiado -terció al punto, colocándose a la defensiva-. He cum-

 

plido sus órdenes, mayor… En ning ún momento he cruzado la línea del

 

manzano de Sodoma…

 

-Entonces…

 

E invitándome a pasar a la popa de la nave despejó definitivamente el

 

enigma.

 

No tuve más remedio que felicitarle. El «trabajo», amén de oportuno, fue tan

 

impecable como imaginativo.

 

Sabedor de la precaria situación económica dedicó un tiempo a consultar los

 

archivos de «Santa Claus». Y el ordenador le proporcionó la idea…

 

Inspeccioné de nuevo las diminutas, transparentes y luminosas piedras e

 

intenté encontrar el fallo. No lo conseguí. Los pequeños diamantes -porque de

 

eso se trataba- me parecieron perfectos. No eran birrefringentes. En cuanto al

 

índice de refracción, resultó casi idéntico al de los verdaderos. Sólo el «fuego»

 

-cuatro veces superior- infundía sospechas.

 

Sumé las piezas. Veinte. La mayoría de unos milímetros y, tres o cuatro, de

 

dos centímetros y medio.

 

¡Increíble!

 

Las falsas gemas, en efecto, podían sacamos del apuro.

 

Y Eliseo, complacido, fue a descubrir su particular «mina». El ingeniero había

 

puesto en marcha una reducida «cámar a de deposición», haciendo crecer

 

varias láminas de diamante. Para ello , auxiliado por el or denador central,

 

utilizó filamentos de tungst eno, manteniendo presio nes inferiores a la at-

 

mosférica. Unas descargas de microondas, generando el hidrógeno atómico,

 

hicieron el resto, propiciando el crecimiento de las gemas «sintéticas». El

 

resultado, como digo, impecable…, y salvador.

 

Con un poco de suerte, aquellos «diamantes» serían cambiados por monedas

 

de curso legal o canjeados por artículos que, necesariamente, nos veríamos

 

obligados a utilizar y consumir en el periplo que nos aguardaba.

 

La operación, también lo sabíamos, no era muy ortodoxa, pero, dadas las

 

circunstancias, no teníamos elección.

 

Y, con el alba, aquel sábado, 24 de ju nio, mi hermano y quien esto escribe

 

cargaron los sacos de viaje, despidié ndose del «portaaviones». La suerte

 

estaba echada…

 

Una nueva y fascinante aventura se abría ante nosotros.

 

1 AL 7 DE SETIEMBRE

 

 

 

 

 

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Eliseo y yo nos miramos. E instintivame nte apretamos el paso. A qué negarlo.

 

La duda nos consumía… ¿Seguiría todo igual?

 

Habían transcurrido dos meses. Dos largos e intensos meses…

 

¡Dios!… Teníamos que acabar con aquella cruel incertidumbre!

 

¿En qué estado encontraríamos la nave? Mejor dicho: ¿la encontraríamos?

 

Mi hermano, perfecto conocedor del blindaje de la «cuna» y de los cinturones

 

que la protegían, rogó calma.

 

Y con el sol en el cénit divisamos al fi n la «zona muerta», en la «popa» del

 

Ravid.

 

Esperamos al filo del camino. Varias reatas de onagros cruzaron rápidas hacia

 

Migdal. Era viernes, 1 de setiembre, y los burreros deseaban descargar las

 

mercancías antes de la llegada del sábado.

 

Vía libre…

 

Atacamos el desnivel y, en segundos, nos situamos en la línea del manzano de

 

Sodoma. Aquéllos, probablemente, fueron los instantes más duros…

 

La dulce pendiente aparecía tranquila y solitaria, como siempre. Pero….

 

Esta vez fue mi hermano quien apremió.

 

-¡Vamos!… ¡Las «crótalos»!…

 

En ello estaba, por supuesto. Y la visión infrarroja fue una bendición.

 

Aquel suspiro sonó redondo.

 

Eliseo se dejó caer sobre el terreno y, vencido por la tensión, lloró en silencio.

 

Lo entendí. Yo también hubiera dese ado dar rienda suelta a la carga que

 

soportaba. Pero hace mucho que mis lágrimas se secaron…

 

La nave, apantallada en IR, plata, rojo y naranja, se presentó ante este ex-

 

plorador como la más hermosa de las vi siones. Mi hermano no se equivocaba.

 

El sistema funcionó. Y lo hizo como un reloj. Éramos nosotros los que fallá-

 

bamos, los que dudábamos…

 

Proseguimos el avance y, ochocientos metros más allá, al irrumpir en el

 

cinturón infrarrojo, el fiel y eficaz «Santa Claus» reacci onó de inmediato,

 

alertándonos a través de la «cabeza de cerilla».

 

-¡Todo OK!… ¡De primera clase!

 

Y Eliseo, feliz, me dejó con dos palmos de narices, corriendo como un gamo

 

hacia el vértice del «portaaviones».

 

A decir verdad, así lo reconocimos, la dilatada ausencia fue una especie de

 

ensayo general para el tercer «salto». Nos sirvió, ya lo creo. En especial,

 

desde un punto de vista estrictament e sicológico. Aprendimos algo que re-

 

sultaría de gran utilidad: a separarnos de la «cuna» y a no obsesionarnos con

 

su seguridad. «Santa Claus» era un «aliado» que merecía más respeto y

 

confianza…

 

Y durante dos días -creo que con todo merecimiento- nos negamos a poner en

 

marcha ninguna otra actividad. Fueron cuarenta y ocho horas de absoluto

 

descanso. Necesitábamos un respiro. Era preciso que mente y espíritu

 

 

 

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hallaran un mínimo de reposo. La Op eración Salomón, honradamente, nos

 

dejó exhaustos. Por otra parte, con scientes de que había llegado el gran

 

momento, nos concedimos un margen para la reflexión. Cada uno, por su lado,

 

procuró mentalizarse. Estábamos a punt o de estrenar el viejo y añorado

 

sueño: retroceder en el tiempo y unirnos al quer ido y admirado Jesús de

 

Nazaret… Sí, un ideal que colmaba todas mis aspiraciones en la vida. Y creo

 

no equivocarme si digo que a Eliseo le sucedía lo mismo. Es difícil de exponer.

 

Haber conocido a este Homb re fue lo más grande qu e nos ocurrió. Y, lógi-

 

camente, no desperdiciaríamos aquella ocasión de oro…

 

Aun así, en el anochecer del sábado, 2 de setiembre, mantuvimos una serena

 

conversación. Fui yo quien lo planteó, ante la sorpresa y el desconcierto de mi

 

hermano.

 

-Todavía estamos a tiempo -expuse con frialdad-. Si no lo deseas, si no estás

 

seguro, cancelamos el proyecto… Ahora mismo volvemos a «casa»…

 

No me dejó terminar. Se hallaba preparado y ansioso. No había nada más que

 

hablar…

 

Insistí, recordando lo que ya sabía. Las nuevas inversiones de masa podían

 

acelerar el mal que nos aquejaba.

 

Fue inútil. Aquel Hombre tiraba de él como el más poderoso de los imanes.

 

-Si renunciara -se lamentó-, ¿cómo crees que sería el resto de mi vida?

 

Me llenó de satisfacción y orgullo.

 

E implacable, sentenció:

 

-Agradezco su delicadeza, mayor, pero… ¡a la mierda las neuronas!… ¡Él lo

 

merece!

 

Yo no lo hubiera expresado mejor.

 

El Maestro empezaba a dar sentido a mi torpe y vacía existencia. ¿Por qué

 

anteponer ahora la salud cuando me hallaba ante la verdadera «fuente de la

 

vida»?

 

Apuraríamos la copa. Llegaríamos al final. Nos convertiríamos en su sombra.

 

Nada quedaría oculto. El mundo, las nuevas generaciones, tenían derecho a

 

saber…

 

A la mañana siguiente -eufóricos- dividimos el trabajo. Mi hermano revisó los

 

preparativos para el tercer «salto» y este explorador consultó de nuevo el

 

instrumental científico que nos acompañó en la Operación Salomón, cargando

 

resultados y mediciones en la base de datos del ordenador.

 

El lunes, 4, aunque el plan había si do estudiado hasta el agotamiento, nos

 

sentamos frente al monitor de la comput adora, chequeando procedimientos y

 

valorando las informaciones de que disponíamos.

 

En principio, todo se presentó «OK». Mejor dicho, no todo…

 

La gran duda seguía instalad a en la fecha prevista para el retroceso en el

 

tiempo.

 

Las noticias proporcionadas por Zebedeo padre parecían sólidas. Sin embargo,

 

 

 

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la confusión de los íntimos respecto al inic io de la vida de predicación de Jesús

 

de Nazaret nos tenía preocupados. Unos señalaban el bautismo en el Jordán

 

como el arranque de dicho ministerio. Otros, en cambio, hablaban del célebre

 

y misterioso «milagro» de Cana. El resto lo asociaba a la muerte del Bautista.

 

En suma, un rompecabezas…

 

Finalmente, arriesgándonos, elegimos la propuesta del Zebedeo. El anciano

 

de Saidan nunca habló del comienzo de la vida pública. Eso también era cierto.

 

Basándose en lo dictado por el propio ra bí, él estimaba que, antes del periodo

 

de predicación, Jesús dedicó unos meses a «otras actividades de gran interés

 

y trascendencia». Aquello, lógicamente, nos intrigó. En los textos de los

 

evangelistas no hay mención alguna a esas «otras actividades». Tampoco era

 

de extrañar. En el desastre de las narraciones evangéli cas podía esperarse

 

cualquier cosa…

 

Lo averiguaríamos. El reto nos entu siasmó. ¿Qué sucedió en esos meses

 

previos al ministerio público? ¿Por qué el Zebedeo los calificó de «especial-

 

mente importantes»? Y si así fue, ¿por qué los escritores sagrados (?) lo si-

 

lenciaron?

 

Decidido.

 

De mutuo acuerdo, Eliseo y quien esto escribe fijamos la fecha: «agosto del

 

año 25».

 

Por cierto, ya que lo menciono, sigo sin saber qu é hacer con la valiosa do-

 

cumentación que me facilitó el anciano Zebedeo. ¿La incluyo en este diario?

 

¿La entierro definitivamente? ¿Por qu é dudo? ¿Es que lo acaecido en esos

 

años «secretos» escandalizaría hoy a las personas de buena voluntad?

 

Pero no debo distraerme. Lo dejaré en «sus manos»…, como siempre.

 

¡Año 25!

 

Eso significaba un seguimiento de más de cuatro años…

 

La misión -así lo determinamos- fin alizaría, inexorablemente, en febrero o

 

marzo del 30. De lo contrario nos halla ríamos de nuevo ante el peligroso

 

fenómeno de la «ubicuidad».

 

Eliseo, inasequible al desaliento, se felicitó ante lo prolongado de la aventura.

 

Este explorador, en cambio, más cauto, guardó silencio. Por supuesto que me

 

fascinaba. La sola idea de vivir junto al Hijo del Hombre durante tanto tiempo

 

me hizo vibrar. Pero la misión debía ser contemplada también en su conjunto.

 

No todo aparecía tan claro y prometedor. Aunque lo intenté, aunque procuré

 

olvidarlo, en la memoria destellaban implacables los preocupantes sucesos

 

vividos como consecuencia de las sucesivas inversiones de masa. Aquella

 

amenaza podía arruinarnos, acabando en un instante con el dorado sueño. Y

 

en mi cerebro, como decía, con una fuerza inusitada -como si de un aviso se

 

tratase-, fueron desfilando los informes de Curtiss, mostrados a estos ex-

 

ploradores poco antes del segundo «salto». En ellos, como ya mencioné, los

 

expertos de la base de Edwards recomendaban la inmediata suspensión del

 

 

 

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proyecto. En las pruebas sobre ratas de laboratorio detectaron una grave

 

alteración en algunas colonias neuron ales, provocadas, al parecer, por el

 

proceso de inversión axial de los swivels. En las microfotografías aparecía con

 

claridad. «Algo» sobreexcitaba dichas neuronas, multiplicando el consumo de

 

oxígeno y destruyéndolas. (Los pigmentos del envejecimiento -«lipofuscina»-

 

en las neuronas y en otras células fi jas posmitóticas no ofrecían ninguna

 

duda.)

 

Y «vi» también la misteriosa «caja secr eta», instalada por Caballo de Troya en

 

la nave. Una caja abierta por mi hermano que certificaría lo anunciado por el

 

general: nuestro mal era irreversible. Con suerte, nos restaban nueve o diez

 

años de vida… El experimento con las drosophilas (las diminutas moscas de

 

Oregón) fue definitivo: en las décimas de segundo consumidas en la inversión

 

axial, el ADN nuclear sufría una mutación desconocida. Resultado: varias de

 

las redes neuronales envejecían progresivamente y nosotros con ellas.

 

Esta dramática situación podía deteri orarse mucho más (?) con nuevos re-

 

trocesos en el tiempo. Ah í estaba, por ejemplo, el desvanecimiento sufrido

 

por Eliseo el 9 de abril, cuando nos di sponíamos a tomar tierra en el monte de

 

las Aceitunas. Ahí estaba la pérdida de sentido experimentada por quien esto

 

escribe, en esa misma jornada, cuando me dirigía al piso superior de la casa

 

de los Marcos, en Jerusalén. Ahí estaba, en fin, la «resaca síquica» que me

 

asaltó durante los críticos momentos que viví en el subsuelo de la casa de

 

Ismael, el saduceo, en Nazaret…

 

No…, no todo era tan claro y prometedor.

 

Pero me tragué los amargos recuerdos. Habíamos aceptado el riesgo. Lo

 

hicimos libre y conscientemente. ¡Adelante! Él, además, nos cubriría…

 

Martes, 5 de setiembre.

 

Tensa espera. La meteorología obligó a posponer el lanzamiento. Un in-

 

oportuno frente borrascoso, procedente del Mediterráneo, se estancó en la

 

región. Y nos hizo dudar. Pudimos arries garnos y levantar la «cuna». El viento

 

racheado no la hubiera desestabilizado excesivamente. Pero tampoco había

 

prisa… Miento. Ambos deseábamos escapar cuanto antes de aquel suplicio.

 

La tensión se hacía insostenible.

 

Sin embargo, la cautela se impuso. Aguardaríamos.

 

Eliseo no esperó a los últimos minutos. Se saltó el programa y, con la ayuda

 

de «Santa Claus», desmanteló los ci nturones de seguridad que nos custo-

 

diaban. Todos menos uno: la barrera de microláseres que peinaba la «popa»

 

del Ravid a razón de un centenar de barridos por segundo. Ésta fue la única

 

protección en aquellas postreras horas.

 

En cuanto a mí, procuré relajarme, re visando, por enésima vez, la ruta a

 

seguir en el intento de localización del Maestro. Lo conseguí a medias, claro…

 

Miércoles, 6 de setiembre.

 

 

 

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Poco antes del crepúsculo, los barómetros del módulo ascendieron. Fue una

 

subida lenta, pero progresiva.

 

Aquello, sin embargo, lejos de tranquilizarnos, disparó la ansiedad. Que re-

 

cuerde, en ninguno de los lanzamientos padecimos un nerviosismo tan

 

acusado. Quizá era lógico. La inminente inversión axial -la cuarta- era crucial.

 

¿Crucial? Creo que soy muy benevolente. Si las neuronas se desplomaban en

 

este retroceso, quién sa be lo que nos reservaba el Destino… Y la palabra

 

«muerte» rondó de nuevo.

 

No obstante, sujetando en corto los te mores, cada cual pr ocuró evitar el

 

asunto lo mejor que pudo y supo. Pa seamos. Oteamos los horizontes. Veri-

 

ficamos la meteorología. Hicimos proyectos. Conversamos y, sobre todo, nos

 

refugiamos en nosotros mismos y en esa espléndida y enigmática «fuerza»

 

que nos asistía…

 

1 020 milibares.

 

La noche, serena y estrellada, lo intentó. Quiso apaciguarnos. Fue inútil. No

 

hubo forma de conciliar el sueño.

 

El frente huyó y, una vez consolidad a la meteorología, el ordenador central

 

recomendó el despegue para las 6 horas del día siguiente, jueves, 7 de se-

 

tiembre. El «salto» no debía ser demorado. A partir del mediodía, el molesto

 

maarabit, el viento del oeste, irrumpiría puntual en el yam. Convenía, pues,

 

adelantarse.

 

1 030 mbar.

 

Respiramos.

 

La climatología se puso definitivamente de nuestro lado.

 

A eso de las tres de la madrugada, en varado como una lanza, mi hermano

 

abandonó su litera. Se sentó frente a los controles y tecleó. Así permaneció

 

durante una hora. Después, volviéndose hacia este explorador, mostró una

 

hoja de papel. Sonrió y me invitó a leer.

 

Al comprobar el contenido le respondí con otra sonrisa. Aquel joven brillante

 

y entusiasta no tenía arreglo…

 

Al medio centenar de preguntas ya dispuesto anteriormente -todas desti-

 

nadas a Jesús de Nazaret- sumaba ahora otras cincuenta, a cual más insólita

 

y comprometedora. La verdad sea dicha, en esos críticos instantes no presté

 

mayor atención a las inquietudes de Eliseo. Pero el piloto iba en serio. Muy en

 

serio…

 

En cuestión de días tendría la oportunidad de comprobarlo.

 

5 horas.

 

Me puse en pie. Y con una mirada, mi hermano me entendió.

 

Había llegado el momento.

 

El amanecer, previsto para 37 minutos más tarde, marcaría el comienzo de la

 

cuenta atrás.

 

Inspiré profundamente y sentí cómo aquella benéfica «fuerza» me empujaba

 

 

 

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hacia el puesto de pilotaje.

 

«Bien…, allá vamos.»

 

Y las últimas palabras del Resucitado en el monte de las Aceitunas sonaron

 

«cinco por cinco» (fuerte y claro) en mi memoria:

 

«Mi amor os cubrirá… ¡H asta muy pronto!… ¡Hasta muy pronto!… ¡Hasta

 

muy pronto!…»

 

Jueves, 7 de setiembre. 5.30 horas. A siete minutos del alba…

 

Enfundados en los trajes especialmente diseñados para la inversión de masa

 

procedimos al rutinario chequeo de los parámetros de vuelo. «Santa Claus»,

 

alertado, ya había efectuado la lectura. Pero quisimos asegurarnos.

 

-Caudalímetro…

 

-Leo siete mil doscientos once kilos…

 

-Roger… Entendí siete mil.

 

-Ok… Siete mil… ¿Sigues pensando que debe pilotarlo el ordenador?

 

Afirmativo… Es mejor así…

 

La insinuación de Eliseo no me hizo cambiar. Lo medité fríamente. La «cuna»

 

despegaría, haría estacionario, retrocedería en el tiempo y volvería a tomar

 

tierra…, en automático.

 

No quería correr riesgos. El recuerdo del incidente sobre la cima del monte de

 

los Olivos, en el que mi compañero pe rdió el conocimiento, me tenía obse-

 

sionado. Con «Santa Claus» al mando, si se repetía el desvanecimiento, ni el

 

módulo ni nosotros sufriríamos el menor percance. Ése, naturalmente, era mi

 

deseo… Que la técnica respondiera, o no, era otra cuestión…

 

Y el Destino -bendito sea- me iluminó.

 

-Repite combustible…

 

-Roger… Leo siete mil doscientos once…, sin la reserva.

 

Aquél era otro problema que no podíamos descuidar. La nave disponía de algo

 

más de siete toneladas de tetróxido de nitrógeno (oxidante) y una mezcla, al

 

cincuenta por ciento, de hidracina y dimetril hidracina asimétrica. Aunque la

 

maniobra prevista era breve, el cons umo del carburante debía ser vigilado

 

muy estrechamente. El vuelo de retorno a Masada, con suerte, demandaría

 

casi seis mil novecientos kilos de combustible. En otras palabras: estábamos

 

al límite. El menor fallo, cualquier contingencia, nos colocaría en una situación

 

altamente comprometida.

 

-«Apéese»… [sistema de propulsión de ascenso].

 

-OK…

 

-«Bee mag»… [giroscopio de posición].

 

-OK…

 

-«Ces»… [sección de control electrónico].

 

-Sin banderas…

 

-«Dap»… [piloto automático digital].

 

 

 

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-De primera…

 

Las primeras luces del amanecer resucitaron los suaves perfiles de la orilla

 

oriental del yam.

 

La meteorología parecía excelente: vi ento en calma, visibilidad ilimitada,

 

humedad a un 70 por ciento, temperatura en ascenso (Ð0° en aquellos ins-

 

tantes)…

 

En resumen: todo auguraba un despegue sin incidentes. Sin embargo…

 

-«Fait»… [«fuego en el agujero»: aborto del ascenso].

 

-OK…

 

-«Imu»… [unidad de medición de inercia].

 

-OK…

 

-«Indicadores de velocidad»…

 

-OK…

 

5.40 horas.

 

-«Erre ce ese»… [control de reacción].

 

-De primera clase…

 

-¡Atención, Eliseo!… «Esnap»… [pila atómica].

 

-Adentro…, y OK…

 

Mi hermano y quien esto escribe respiramos aliviados. La SNAP era el «alma»

 

del módulo. Sin ella, nada hubiera sido posible. No es que dudáramos, pero

 

después de tan largo periodo de inactividad…

 

-A cinco para ignición…

 

-Roger…

 

-Terminemos de una vez…

 

-Tranquilo…

 

Mi hermano alzó la mano izquierda, ro gándome calma. Procuré concentrarme.

 

Seguía siendo el jefe y no debía empeorar la ya crítica situación.

 

-Lo siento… Dame «erre eme ene»… [dispositivos de resonancia magnética

 

nuclear].

 

-Activados…, y en manos de tu «novio»…

 

Agradecí la broma. Y la tensión aflojó.

 

«Santa Claus», mi «novio», se hizo cargo de la RMN.

 

En el primer momento dudamos. ¿Incluíamos este sistema de control en la

 

cuarta inversión axial? En el segund o «salto», como ya expliqué en otras

 

páginas de este diario, fue decisivo, demostrando que los especialistas de

 

Edwards estaban en lo cierto. Lo medi té y, finalmente, estimé que era lo

 

correcto. Nos someteríamos al cheque o de la RMN. Aunque la dolencia era

 

irreversible, cualquier nuevo dato podía resultar de utilidad. Y venciendo el

 

inicial rechazo de mi compañero nos ajustamos las escafandras en las que

 

fueron dispuestos los referidos y miniaturizados dispositivos. La RMN, como

 

creo haber comentado, tenía por objetivo «fotografiar» los tejidos neuronales

 

 

 

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durante la fracción de tiempo en la que los swivels variaban sus hipotéticos

 

ejes. Estos «cortes», en definitiva, arrojarían más luz sobre el estado de las

 

respectivas masas cerebrales.

 

6 horas.

 

-¡Ignición!…

 

«Santa Claus», frío e inapelable, dio luz verde.

 

-¡Allá vamos!…

 

Congelamos la respiración. Y los corazones aceleraron, casi al ritmo del po-

 

deroso J 85. Una familiar vibración sacudió el módulo.

 

-¡Ánimo, «Santa Claus»! ¡Es todo tuyo!…

 

Un segundo después, la turbina a chor ro CF-200-2V elevaba la «cuna» con un

 

empuje de 1 585 kilos.

 

-¡Atento!… Dame caudalímetro…

 

-Roger… Quemando a cinco coma dos…

 

-OK… ¡Un poco más!…

 

El despegue, obligados por la escasez de combustible, concluiría a una altitud

 

máxima de ochenta pies. Eso fue lo programado por el ordenador. Como

 

medida preventiva, cada estacionario fue fijado por los directores de la

 

Operación en ochocientos pies sobre el terreno en el que deberíamos po-

 

sarnos. Este margen, en principio, soslayaba cualquier posibilidad de choque

 

en el crítico instante del retroceso en el tiempo. En esta oportunidad nos

 

planteamos la anulación del ascenso de la nave. La pelada cumbre del Ravid

 

no parecía haber cambiado en el transcurso de los últimos años. De esta

 

forma, haciendo únicamente estacionario a siete o diez metros de la cima, el

 

gasto habría sido prácticamente nulo. Pero, sinceramente, no nos atrevimos.

 

Era mejor actuar con prudencia y elevarnos a una altitud que ofreciera todas

 

las garantías y, por supuesto, que permitiera un consumo mínimo.

 

-Tres segundos y subiendo a cuatro…

 

-OK… Dame combustible…

 

-Sigue a cinco coma dos… Leo dieciséis…

 

-Roger… Entendí dieciséis kilos…

 

-Afirmativo… Dieciséis y subiendo a cuatro por segundo…

 

-¡Vamos, vamos!… -Preparados auxiliares…

 

-OK… Tranquilo… Tu «novio» sabe…

 

-Cinco… Seis…

 

-Adentro cohetes…

 

«Santa Claus», infinitamente más sereno, activó los auxiliares, estabilizando

 

el módulo a ochenta pies.

 

-Leo seis y dos… ¡Bravo!

 

La nave, en efecto, ascendió lenta y du lcemente, a razón de cuatro metros por

 

segundo y quemando según lo previsto: 5,2 kilos por segundo. Tiempo in-

 

 

 

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vertido hasta el estacionario: seis segundos y seis décimas.

 

-Caudalímetro… Dame caudalímetro…

 

-Lo previsto… Treinta y cuatro…

 

-Roger… Entendí treinta y cuatro…

 

-OK… Afirmativo… Treinta y cuatro coma treinta y dos…

 

-¡Preparados!…

 

-Membrana exterior activada…

 

-¡Incandescencia!… ¡Ya!

 

Y el ordenador disparó los circuitos de incandescencia que cubrían el fuselaje,

 

destruyendo así cual quier germen vivo que hubiera podido adherirse a la

 

estructura. Esta precaución, como detallé en su momento, resultaba esencial

 

para evitar la posterior inversión tr idimensional de los mencionados gér-

 

menes en los distintos «ahora» a lo s que nos «desplazábamos». Las con-

 

secuencias de un involuntario «ing reso» de tales organismos en «otro

 

tiempo» hubieran sido fatales.

 

-Siete… Ocho…

 

-¡OK!… ¡Inversión!

 

A los nueve segundos y dos décimas de l despegue -antes, incluso, de lo

 

previsto-, «Santa Claus» nos llevó, al fin, al instante decisivo: la inversión

 

axial de las partículas subatómicas de la totalidad del módulo. E hizo retro-

 

ceder los ejes del tiempo de los swiv els a los ángulos previamente estable-

 

cidos: los correspondientes a las 6 horas del miércoles, 15 de agosto del año

 

25 de nuestra era.

 

E imagino que, como era habitual, la «aniquilación» fue acompañada del

 

inevitable «trueno».

 

15 DE AGOSTO, MIÉRCOLES (AÑO 25)

 

-¡Jasón!… ¡No veo!… ¡Oh, Dios mío!…

 

No recuerdo más. Ni siquiera acerté a desviar la mirada hacia mi hermano…

 

Algo se clavó en mi cerebro. Fue un lanzazo…

 

Después llegaron los círculos. La oscuri dad y unos círculos concéntricos… Una

 

espiral luminosa que invadió la mente…

 

Y caí… Caí despacio, a cámara lenta, en un abismo negro e interminable…

 

Después, nada. Silencio.

 

Pero el Destino tuvo piedad…

 

Cuando desperté, un Eliseo sudoroso y demacrado pujaba por arrancarme la

 

escafandra.

 

Dijo algo, pero no comprendí.

 

-¡Jasón, responde!… ¡No me dejes con este monstruo!… ¡Lo ha consegui-

 

do!…

 

Pensé que estábamos muertos. Aquello no era real.

 

 

 

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¡Dios!… ¿Qué había ocurrido?… ¿Dónde habíamos ido a parar? ¿Y la nave?…

 

El cielo quiso que, lentamente, fuera recuperándome. Sólo entonces empecé

 

a entender. Mis temores se cumplieron. Algo falló. Algo se vino abajo en el

 

momento de la inversión axial.

 

Pero, ¿y la «cuna»?… ¡Dios!… ¡Estaba en tierra!

 

Me desembaracé del solícito Eliseo y, de un salto, me planté frente a los

 

controles.

 

-¡Calma! -terció mi compañero-. Él lo ha hecho todo… Estamos a salvo… Si

 

no fuera tu «novio» me casaría con él..

 

Necesité algunos minutos para captar el sentido de las refrescantes palabras.

 

Inspeccioné el panel de mando. Miré por las escotillas. Volví de nuevo a

 

«Santa Claus»…

 

Afirmativo. El ordenador, en automático, había rematado la operación. ¡Y de

 

qué forma!

 

Nada quedó al azar. La computadora, fiel al plan director, hizo descender el

 

módulo. Silenció el J 85 y, en el colmo de la eficacia, desplegó la totalidad de

 

los sistemas y cinturones de seguridad.

 

Eliseo, con un leve y afirmativo movimiento de cabeza, confirmó lo que tenía

 

a la vista. Y tuvo la gentileza de felicitarme:

 

-Mayor…, nunca más volveré a dudar… ¡Eres el mejor!

 

Me senté en silencio y fijé la mirada en los dígitos verdes que anunciaban el

 

nuevo «ahora». Tuve que hacer un esfu erzo. Un sudor frío y una ligera in-

 

estabilidad entorpecían los pensamientos.

 

«6 horas y 20 minutos…, del 15 de agosto, miércoles… Año 25 de nuestra era

 

(_ A.U.C. y 3786 del cómputo judío)».

 

Me costó reaccionar. Si el retroceso fue planificado para «aparecer» a las seis

 

de la mañana, esos veinte minutos de más representaban el tiempo que

 

habíamos permanecido inconscientes…

 

¡Dios!… Aquello era realmente grave.

 

Eliseo, como yo, presentaba un aspecto preocupante. La palidez era extre-

 

ma… Sin embargo, a decir verdad, coor dinación motora, fluidez de pensa-

 

mientos y estado general del organismo eran relativamente buenos. Ésa, al

 

menos, fue la sensación.

 

Pero lo primero era lo pr imero. Tiempo habría para intentar averiguar qué

 

diablos sucedió en la inversión de ma sa. Estábamos vivos. Eso era lo que

 

contaba…, y no era poco.

 

Ahora, lo prioritario era la «cuna» y nuestra situación en el «nuevo tiempo».

 

Chequeamos todos los parámetros.

 

«Santa Claus» ofreció un balance prometedor:

 

«Tiempo invertido: 16 segundos y 6 décimas. Consumo total de combustible:

 

86,32 kilos.»

 

 

 

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Perfecto. Inferior a lo programado. El ordenador había «pilotado» con una

 

finura de primera clase…

 

Esto nos proporcionaba un importante respiro. Las reservas de oxidante y

 

carburante sumaban 7 124,68 kilos. Sufi ciente para el vuelo de retorno,

 

siempre y cuando la nave quedara definitivamente inmovilizada.

 

Así nos comprometimos. Por nada del mundo tocaríamos esas siete tonela-

 

das.

 

«Deterioros: ninguno.»

 

Eliseo masculló algo entre dientes. Le di la razón. «Santa Claus» olvidaba a

 

este par de maltrechos exploradores…

 

En cuanto a la seguridad, nada que obje tar. El primer cinturón -el gravita-

 

torio- fue establecido por la casi «humana» computadora a 205 metros de la

 

«cuna». Los hologramas, co n las imágenes de las te rroríficas ratas-topo,

 

entre 1 000 y 1 500 metros del vértice en el que nos había posado tan ma-

 

gistralmente. La radiación IR (infrarroja), a 1 500 y, por último, el «ojo del

 

cíclope» fue disparado hasta la altura del manzano de Sodoma, en l

 

a «popa»

 

del Ravid.

 

En lo único en lo que no reparó fue en la descon exión de la pila atómica, la

 

SNAP. Pero no fue culpa suya. Fui yo quien, por prudencia, no la incluí en el

 

sistema automático.

 

MI Hermano la silenció y el suministro eléctrico partió de las baterías solares.

 

A pesar de los pesares, respiramos. Y nos sentimos medianamente optimistas.

 

Aquel retroceso de 1 848 días pudo ser peor…

 

Poco después, hacia las 8 horas, se nsiblemente repuestos, emprendimos la

 

última fase del obligado chequeo, con la observación directa, y sobre el te-

 

rreno, de la cumbre del «portaaviones».

 

Lo primero que nos llamó la atención fue el cambio térmico. La cima era casi

 

un horno. Los sensores de la «cuna» marcaban 30° Ce lsius. Un anticiclón,

 

montado en 1 035 milibares, era du eño y señor del yam. Pronto I nos

 

acostumbraríamos. Agosto, en aquellas latitudes, era tórrido. Sofocante…

 

Apenas percibimos modificaciones. La planicie continuaba solitaria, visitada

 

únicamente por aquel sol estival, cada vez más alto e inmisericorde.

 

La escasa vegetación, en especial los heroicos ca rdos -las Gundelias de

 

Tournefort-, casi había sucumbido. Ah ora apenas destacaba reseca y ceni-

 

cienta entre los azules de las agujas calcáreas y el negr o y brillante y re-

 

signado de los guijarros basálticos.

 

Descendimos hasta la «popa» y comprobamos con alegría que el manzano de

 

Sodoma -el cinco años más «joven» Calatropis procera- seguía manteniendo

 

una notable envergadura, luciendo miles de flores plateadas y aquel fruto

 

maldito para los judíos.

 

El resto del recorrido por los abruptos acantilados fue igualmente satisfacto-

 

rio.

 

 

 

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Abajo, hacia el oeste, junto a la se nda que unía Migdal con Maghar, distin-

 

guimos verde y sosegada la familiar plantación de los felah.

 

Y al fondo, el yam, el mar de Tiberíades, azul metálico, pacífico y pintado de

 

gaviotas.

 

Más al norte, en la lejanía, un gigante con la cara nevada: el Hermón…

 

Guardamos silencio. Y al co ntemplar el macizo montañoso creo que tuvimos el

 

mismo pensamiento. Allí, en alguna parte, se hallaba el añorado rabí de Ga-

 

lilea…

 

«Lo encontraríamos.»

 

Lanzamos una postrera ojeada a las difuminadas poblaciones que se recos-

 

taban a orillas del lago e, impacientes, retornamos a nuestro «hogar».

 

Todo en «base-madre-tres», en suma, se hallaba bajo control.

 

¿Todo? ¡Qué más hubiéramos querido!

 

La verdad es que Eliseo se enfadó. No le faltaba razón. Pero me impuse.

 

Debíamos ser audaces, sí, pero tambié n sensatos y previsores. Olvidar lo

 

ocurrido en la reciente inversión ax ial no nos beneficiaba. Teníamos que

 

conocer el auténtico alcance del prob lema. Si el nuevo desplome de las

 

neuronas -como suponía- era grave, el gran sueño peligraba. En cualquier

 

momento, la operación de seguimiento de Jesús de Nazaret podía cortarse en

 

seco.

 

No, no todo se hallaba bajo control…

 

Y el resto de aquel miércoles, a pesar del lógico mal humor de mi compañero,

 

fue hipotecado en el exha ustivo análisis de los disp ositivos alojados en las

 

escafandras: la RMN (resonancia magnética nuclear).

 

Las microfotografías, ampliadas por el ordenador, confirmaron las sospechas:

 

«algo» desconocido había alterado unas muy puntuales regiones del cerebro.

 

Concretamente, varias de las áreas neuronales del hipocampo. En las imá-

 

genes de los espacios extracelulares detectamos unos microscópicos depó-

 

sitos esféricos -no demasiados, afortunadamente- que asocié con agregados

 

de la proteína amiloide beta. Este po lipéptido aparecía también en vasos

 

sanguíneos de la corteza cerebral.

 

«Santa Claus», siempre en pura teoría, interpretó el daño como la conse-

 

cuencia del crecimiento desmedido de la enzima responsable de la síntesis del

 

óxido nítrico (la óxido nítrico sintasa). Este radical libre, muy tóxico, estaba

 

conquistando las grandes neuronas, aniquilándolas.

 

Las células glía, en cambio, que sirven de soporte metabólico a las anteriores,

 

se hallaban intactas. La alarmante situación, unida al claro deterioro del ADN

 

mitocondrial, me dejó hundido.

 

Lo que en esos momentos no acerté a concretar fue dónde se hallaba la raíz

 

primigenia de la doble alter ación. ¿Debía considerar al NO (óxido nítrico)

 

responsable de la caída del suministro energético del ADN mitocondrial? ¿O

 

era, quizá, la inversión de masa la qu e provocaba una mutación en dicho ADN,

 

 

 

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propiciando el descontrol de la óxido nítrico sintasa? (Como es sabido, los

 

radicales libres aparecen también co mo consecuencia de muy específicas

 

radiaciones ionizantes, oxidando las mo léculas -es decir, multiplicando los

 

átomos de oxígeno- y alterando su comportamiento. ¿Qué clase de «radia-

 

ción» (?) se registraba en ese instante infinitesimal de la inversión axial de los

 

ejes de los swivels?)

 

Con los medios a nuestro alcance, obvi amente, ni la computadora ni quien

 

esto escribe estábamos en condiciones de despejar tales incógnitas. Lo único

 

claro -la RMN era inapelable- es que el exceso de NO empezaba a «caniba-

 

lizar» algunos sectores de las grandes neuronas. Es to, en definitiva, podía

 

desembocar en una catástrofe generali zada, ya insinuada en los sucesivos

 

desvanecimientos. Semejante catástrofe, si no erraba en el diagnóstico, iría

 

manifestándose en síntomas de enveje cimiento prematuro, posible merma de

 

la memoria, confusión espacio-temporal, rechazo a la realidad y, finalmente,

 

la muerte.

 

Bonito panorama…

 

Pero debo ser honesto. No todo fue cruel y pesimista. Ante mi sorpresa, los

 

«cortes» de la resonancia magnética nuclear no ofrecieron rastro alguno de

 

algo que habíamos observado antes del segundo «salto». Lo repasé hasta el

 

aburrimiento. Y «Santa Claus» lo confirmó una y otra vez: los pigmentos del

 

envejecimiento (lipofuscina) que vimos en las microfotografías procedentes

 

de la base de Edwards, in stalados en neuronas y otras células posmitóticas…,

 

¡se esfumaron! ¿Explicación? Racion almente, ninguna. Aquellas redes neu-

 

ronales, sencillamente, recuperaron la lozanía. Lo único que acerté a deducir

 

es que, por razones desconocidas, la propia inversión axial sofocó el mal,

 

obsequiándonos, eso sí, con otro igual…, o peor.

 

¿Un rayo de esperanza?

 

Así lo interpreté, aferrándome a él como un náufrago a una tabla. Quizá no

 

todo estaba perdido. ¿Cabía aún la posi bilidad de que en el quinto y, su-

 

puestamente, último «salto» en el ti empo se obrara el milagro? ¿Limpia-

 

ríamos entonces los cerebros? ¿Seríamos indultados?

 

E, ingenuo, abracé la remota idea.

 

El Destino, sin embargo, se encargaría de colocar las cosas en su lugar. Y ese

 

«lugar» era el ya señalado por «Santa Claus» cuando mi hermano, violando

 

las normas, abrió la secreta caja de acero de las Drosophilas: la expectativa

 

de vida para ambos no superaba los nueve o diez años…

 

Prudentemente guardé silencio sobre los primeros y dramáticos «hallazgos»

 

de la RMN, transmitiendo únicamente a Eliseo el tímido e hipotético rayo de

 

esperanza. Me observó incrédulo, re spondiendo con un a media sonrisa.

 

Supongo que agradeció el ge sto aunque, a estas alturas, el deterioro neuronal

 

tampoco le quitaba el sueño. El valie nte muchacho lo tenía asumido. Su

 

verdadera preocupación era otra: partir cuanto antes hacia el Hermón.

 

 

 

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 98

 

Finalmente, amparado por el ordenador, busqué soluciones, en un vano in-

 

tento de frenar o paliar el avance de la destrucción cerebral.

 

Las propuestas de «Santa Claus» me decepcionaron.

 

Y no porque estuviera equivocado, sino ante la dificultad de materializar

 

aquellos remedios. El banco de datos fue muy explícito: sólo unas continuas

 

dosis de glutamato o de N-tert-butil-a-fe nilnitrona podían luchar contra el

 

proceso de oxidación. A esto, naturalmente, deberíamos añadir un consumo

 

máximo de vitamina «E».

 

¡Dios!… ¿De dónde sacábamos estos específicos?

 

La «farmacia» de la «cuna», si no record aba mal, no fue provista de fármacos

 

tan singulares…

 

El glutamato, efectivamente, administrado con prudencia, constituía un ex-

 

celente reductor, capaz de sanear, a me dio o largo plazo, los tejidos infec-

 

tados por el óxido nítrico.

 

En cuanto al segundo compuesto -el tert-butil-, de haber contado con él,

 

también habría sido de gran ayuda co mo antioxidante, colaborando en la

 

limpieza de los radicales libres y precipitando los niveles de las proteínas

 

oxidadas («Santa Claus» advirtió igualmente que los índices de superoxido-

 

dismutasa y catalasa, enzimas responsa bles de la inactivación del NO, se

 

hallaban muy bajos).

 

¿Qué hacer? ¿Qué partido tomar? ¿C ómo combatir semejante fantasma en

 

aquel «ahora» y con tan precarios medios?

 

Me resigné, claro está. E hice lo único que podía hacer: procurar aumentar la

 

ingesta de vitamina E (Ù.

 

Para ello convenía seleccionar muy bien la dieta, incluyendo, sobre todo, un

 

máximo de huevos, leche, aceites vegetales, legumbres verdes, mantequilla,

 

gérmenes de trigo, nueces, almendr as y algunos pescados muy concretos

 

(anguilas, sardinas y, a ser posible, extracto de hígado de bacalao. Este úl-

 

timo, obviamente, de difícil obtención en aquel tiempo).

 

También contaba con el auxilio de la vitamina C y el betacaroteno, como

 

«cazadores» de radicales libres.

 

Éste, en definitiva, era el oscuro horizonte que tenía a la vista.

 

Pero olvido algo…

 

La verdad es que, abrumado, no le presté excesiva atención. La solución de

 

«Santa Claus», además, me pareció entonces tan compleja como arriesgada.

 

Sencillamente mencionó los «nemo». Conocedor de la eficacia de estos mi-

 

crosensores sugirió la posibilidad de inyectarlos en los tejidos neuronales. Y

 

trazó, incluso, un minucioso plan, destin ado al «ataque» al NO y a la posterior

 

regeneración de las grandes neuronas. Los «nemo» se hallaban capacitados,

 

por supuesto, para una labor como la apuntada por el providencial e «ima-

 

ginativo» ordenador central. Sin embargo -torpe de mí-, la idea fue deses-

 

timada…, de momento. Y la olvidé.

 

 

 

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Pero las sorpresas no habían terminado…

 

Ocurrió esa misma tarde del miércoles, 15, cuando, casi por inercia (?),

 

«algo» me impulsó a repa sar de nuevo el contenid o de la «farmacia» de a

 

bordo. Fue curioso, sí, muy curioso…

 

Servidor estaba al tanto de dicho inventario. Casi lo recordaba de memoria.

 

Sin embargo…

 

Al principio me desconcertó.

 

¿Soñaba?

 

No era posible…

 

Revisé las etiquetas y verifiqué el interior.

 

No, no estaba soñando. Aquello era real..

 

Pero, ¿cómo?

 

Y el rayo de esperanza iluminó el negro túnel.

 

¡Dios de los cielos!… Ahora sí que creía en los milagros.

 

Pero, ¿cómo habían llegado hasta la «cuna»? ¿Quién los puso allí? ¿Por qué no

 

fuimos informados? ¿Por qué no constaban en el banco de datos de la

 

computadora?

 

Y lentamente, al reflexionar, de la na tural alegría pasé a una mortificante

 

duda y, lo que fue peor, a una creciente indignación.

 

En la cámara frigorífica ub icada en la «popa» se alin eaban, en efecto, tres

 

fármacos tan inesperados como salvadores:

 

glutamato, N-tert-butil-a-fenilnitrona y dimetilglicina. Todos ellos, como fue

 

dicho, de un especial poder antioxidante.

 

Los acaricié una y otra vez y, perplejo, intenté recordar. Fue inútil. El general

 

Curtiss jamás nos habló de ellos. Nadie nos puso en antecedentes.

 

Entonces…

 

¡Hijos de…!

 

Y una feroz sospecha me devoró.

 

Aquellos fármacos tan específicos fueron introducidos en el módulo subrep-

 

ticiamente. Ellos dedujeron que, tarde o temprano, los descubriríamos. Pero,

 

¿por qué no nos advirtieron?

 

La respuesta apareció clara e instantánea:

 

Curtiss y los suyos sabían más de lo que nos dijeron…

 

A partir de esa deducción, todo se encadenó.

 

¡Una comedia! Todo fue una comedia…

 

Los responsables de Caballo de Troya conocían el verdadero alcance del mal

 

que padecíamos. Supieron de su exis tencia mucho antes del inicio de la

 

operación. Y, sin embargo, siguieron adelante…, sacrificándonos.

 

Sí, un puro y triste teatro… Las dramáticas palabras de Curtiss en Masada, al

 

mostrar los informes de Edwards, sólo fueron eso: teatro. Apuntó parte del

 

mal, pero sabiendo de nuestro inte rés por aquella aventura, jugó con la

 

confianza y la buena voluntad de Eliseo y de quien esto escribe. Muy hábil…

 

 

 

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¡Pobres e incautos exploradores!

 

¿Informarnos? Si lo hubieran hecho, ningún piloto en su sano juicio se habría

 

prestado a semejante suicidio. No en un primer momento, cuando aún ig-

 

norábamos quién era en realidad Jesús de Nazaret.

 

Pero, conforme fui reflexionando, la indignación creció y creció. Fui atando

 

cabos y comprendí que la sibilina actitud de aquellos militares era más vil y

 

despreciable de lo que imaginaba.

 

Al retornar a «casa», mi hermano y yo lo confirmaríamos. No erramos ni un

 

milímetro.

 

¿Por qué los antioxidantes ingresaron en la «cuna» en el segundo «salto»?

 

¿Por qué no en el primero?

 

Muy simple: no llegaron a tiempo.

 

Curtiss y los directores del proyecto decidieron suministrar los fármacos en la

 

primera aventura. Pero, al no poder contar con ellos, optaron por arriesgarse.

 

Mejor dicho: por arriesgar nuestras vi das. Y la segunda experiencia, sin

 

querer, se convirtió en un magnífic o «banco de pruebas». Fue entonces

 

cuando depositaron los medicamentos en la «farmacia» y no por caridad, sino

 

como parte del sucio experimento.

 

¿Sibilinos? No, el calificativo no era ése…

 

Pero hubo más. Algo que siguió entu rbiando mi corazón, haciéndome des-

 

confiar de la «bondad» de aquel, supuestamente, espléndido proyecto. Y es

 

que, en el fondo, cometieron un error.

 

Lo deduje al contabilizar los fracasos que contenían los referidos antioxi-

 

dantes. Sumé diez para cada uno de los específicos. ¿Por qué tantos? Ningún

 

otro medicamento contaba con unas existencias tan exageradas. La dime-

 

tilglicina, por ejemplo, reunía un total de ¡900 tabletas! Considerando que la

 

dosis óptima eran 125 miligramos (es decir, una tableta) por persona y día,

 

esas 900 unidades permitían prolongar el tratamiento durante ¡450 días!

 

¡Qué extraño!

 

Oficialmente, el segundo «salto» no debería ir más allá de los 40 o 45 días en

 

el nuevo «ahora» histórico…

 

Muy raro, sí, muy raro.

 

Y la intuición me puso en guardia. En esos momentos era imposible verificarlo,

 

pero el instinto se manifestó «cinco po r cinco» (claro y fuerte): Curtiss sospe-

 

chaba o sabía que estos ex ploradores desobedecerían las órdenes, lanzán-

 

dose a una tercera exploración.

 

No tenía pruebas, lo sé, pero la intuición jamás se equivoca.

 

¡Dios!… ¡Y no se equivocó!

 

Pero debo contener mis impulsos. Todo en su momento…

 

Una vez más dudé. ¿Hacía partícipe a Eliseo de estos «hallazgos» y deduc-

 

ciones? Finalmente elegí el silencio. ¿Para qué cargarle con un suplicio extra?

 

Con lo que nos aguardaba tenía más que suficiente.

 

 

 

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«Sí -me dije, buscando un mínimo de consuelo-, lo haré más adelante. Quizá

 

la víspera del definitivo retorno a nuestro verdadero “ahora”.»

 

E intenté quedarme con lo positivo. Los fármacos recién descubiertos eran un

 

buen augurio. Nos aliviarían, inyectándonos nuevas fuerzas.

 

¡Pobre ingenuo!

 

Y esa misma noche iniciamos el tratamient o. Eliseo, confiado, no preguntó. Mi

 

escueto comentario, supongo, aclaró la situación:

 

-De parte de la Providencia…

 

16 DE AGOSTO, JUEVES (AÑO 25)

 

¿Casualidad? Me niego a admitirlo.

 

En realidad, parecía como si el Destino tuviera prisa. Como si deseara mostrar

 

todas las cartas. En especial, las «mar cadas». Como si quisiera desvelar la

 

otra «cara» de Caballo de Troya. Co mo si pretendiera hacerlo antes del

 

arranque de la nueva misión…

 

¡Y ya lo creo que lo logró!

 

¿Casualidad?

 

Aparentemente, sí, pero hoy sé que la palabra azar es un espejismo, una

 

pésima justificación de la Ciencia para lo que no controla.

 

Esta vez fue Eliseo el «descubridor». Y el desagradable «hallazgo» echó leña

 

al ya crecido fuego de la desconfianza.

 

El «incidente» surgió a raíz de una ma niobra rutinaria. Después de meditarlo,

 

en previsión de una posible emergencia, el ingeniero informático me puso al

 

corriente de algo importante. Algo qu e, honradamente, pasamos por alto y

 

que pudo costamos un disgusto en la «reciente» (?) Operación Salomón. (Por

 

fortuna, esos meses estivales fueron secos y extremadamente tórridos.)

 

Como ya expliqué, el apantallamiento infrarrojo de la «cuna» y los cinturones

 

de protección dependían vitalmente de la SNAP, la pila atómica. Pues bien, al

 

desconectarla, financiando el suministro eléctrico con los espejos solares, mi

 

hermano se planteó una seria y lógica duda: ¿qué sucedería si, en nuestras

 

prolongadas ausencias, cambiaba la climatología? La respuesta era simple y

 

grave: el sistema se vendría abajo, dejándonos sin protección. Si el cielo se

 

encapotaba, disminuyendo la radiación solar, los acumuladores, como mucho,

 

resistirían cinco o seis d ías. Había que encontrar, por tanto, una solución

 

alternativa que nos permitiera abandonar el Ravid sin temor.

 

Eliseo estimó que lo más prudente era dejar el asunto en «manos» de «Santa

 

Claus». Bastaba con transferir una orden para que, en caso de emergencia

 

-variación climática o cualquier otro contingente-, el ordenador activase

 

automáticamente la SNAP, sosteniendo as í la infraestructura de seguridad.

 

Considerando que la pila atómica tenía una vida útil superior a un año, el

 

peligro quedaba conjurado.

 

 

 

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Aprobé la idea y, aunque las ausencias no deberían superar nunca las dos o

 

tres semanas, se puso manos a la obra.

 

Y fue en el desarrollo de esa sencilla operación cuando mi hermano se so-

 

bresaltó al «descubrir» algo con lo que no contábamos.

 

Siguiendo el procedimiento tecleó en el ordenador central, reclamando el

 

directorio correspondiente: «CD-SGM» («código de acceso a los sistemas

 

generales de mantenimiento»). Como de cía, pura rutina. Al introducir la

 

orden, «Santa Claus» la hacía suya, archivándola en el sistema director.

 

Pero mi compañero cometió un pequeño, ca si insignificante, error. Al pulsar la

 

mencionada clave -«CD-SGM»- los dedos equivocaron una tecla. En lugar de

 

tocar la «S» se deslizaron unos milímetros hacia la izquierda, alcanzando la

 

«A».

 

¿Casualidad? Lo dudo…

 

La cuestión es que la clave requerida no fue la misma. Eliseo, involuntaria-

 

mente, demandó a «Santa Claus» la orden de entrada en otro directorio: el

 

«CD-AMG» («acceso a material genético»).

 

Ahí llegó la sorpresa. Toda una desagradable sorpresa…

 

Recuerdo que escuché un exabrupto. De spués, tras un breve silencio, mi

 

hermano, alterado, pidió explicaciones (?) a la máquina.

 

-¡Será malnacido! Me aproximé intrigado.

 

-No puedo creerlo, Jasón… Tu «novio» desvaría… En la pantalla, en efecto,

 

pulsaba en rojo una frase que me dejó atónito. -¿Qué pasa?

 

Eliseo explicó el pequeño desliz. -Inténtalo de nuevo…

 

Así lo hizo, solicitando el directorio qu e contenía los informes sobre el material

 

genético. Y lo hizo despacio, recreándose.

 

-¡La madre que lo parió!

 

«Santa Claus», impertérrito, ofreció la misma y desconcertante consigna.

 

Nos miramos confusos. No había duda. E liseo repitió la clave un total de

 

cuatro veces. E, impotente, me cedió el puesto ante el rebelde ordenador

 

central. Tampoco tuve fortuna. -¿Cómo es posible?

 

Mi hermano, tan perplejo como quien esto escribe, se encogió de hombros. Y

 

sentenció:

 

-Una de dos: o se ha vuelto loco o «a lguien»… ¿Loco? No, la máquina era casi

 

perfecta. Y la respuesta de «Santa Cl aus» abrió de nuevo la caja de los

 

truenos: «El usuario no tiene prioridad para ejecutar esta orden.»

 

Increíble…

 

Tanto Eliseo como yo estábamos lógicamente capacitados para ejecutar esa y

 

todas las órdenes, abriendo los directorios que estimásemos oportuno. Así lo

 

hicimos, por ejemplo, al introducir los resultados de los análisis efectuados

 

sobre las muestras de la Señora, de José, de Amos y de Jesús de Nazaret. ¿A

 

qué venía ahora esta estupidez? ¿A nosotros?

 

Tuvimos que rendirnos. Los esfuerzos de l ingeniero se estr ellaron. «Santa

 

 

 

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Claus», convertido de pr onto en enemigo, fue in abordable. «Acceso dene-

 

gado.»

 

Discutimos. Intentamos desmenuzar el problema. La conclusión, lamenta-

 

blemente, fue siempre la misma: «alguien», en efecto, una vez transferido el

 

paquete informativo sobre los ADN, programó el ordenador, bloqueándolo.

 

¿«Alguien»?

 

Mi hermano estuvo de acuerdo conmigo. Ese «alguien» era Curtiss…

 

Pero, ¿por qué? ¿A qué obedecía aquella desconfianza?

 

Eliseo sonrió con benevolencia.

 

-¿Es que no comprendes?… Son de Inteligencia…

 

Le reproché la venenosa insinuación aunque, en el fondo, tenía sobradas

 

razones para opinar como él. Finalmente se excusó:

 

-Hay militares y militares, querido mayo r… Tú y yo pertenecemos a los de

 

buena voluntad, como muchos compañeros, que tratan de servir a su nación

 

lo mejor posible.

 

Acepté la matización, regresando al te ma principal. ¿Qué encerraban esas

 

investigaciones para que «alguien» las hubiera clausurado?

 

-Está muy claro -prosiguió el ingenier o con cierto cansancio-. Los ADN son

 

mucho más que un experimento científico… ¡Sólo Dios sabe lo que planean

 

con ellos! Por eso han sido clasificados…

 

Reconocí que podía estar en lo cierto . Y poco faltó para que le confesara

 

cuanto había descubierto con los fármacos. Pero la indignación del leal sol-

 

dado era tal que me contuve.

 

Definitivamente, sólo éramos marionetas al servicio de «algo» que me es-

 

tremeció.

 

¡Pobres, esforzados e incautos exploradores! ¿Cuándo aprenderíamos?

 

Y ambos tomamos buena nota.

 

Eliseo, herido en lo más íntimo, juró que «aquello» no quedaría así. Encon-

 

traría la «puerta trasera» o la clave de acceso para abrir de nuevo el directorio

 

de los ADN. Creía conocer la psicología del administrador del sistema y pe-

 

learía por hallar la «llave». No dudé de su capacidad pero, sinceramente, la

 

empresa se me antojó casi imposible. Estaba claro que nos enfrentábamos a

 

una mente especialmente agresiva y diabólica. El tiempo me daría la razón…

 

En cuanto a mí, a raíz del «incidente», también tomé algunas «decisiones».

 

Para empezar, nos aprovecharíamos de la Operación en todos los sentidos.

 

Uno, en particular, recibiría la máxima prioridad: la información obtenida en

 

aquel tercer y extraoficial «salto» sería de nuestra absoluta propiedad. Nadie

 

nos arrebataría la valiosa documentación.

 

Y una audaz y peligrosa «idea» fue germinando en mi cerebro.

 

No lo consentiría. No permitiría que esas tenebrosas fuerzas que nos estaban

 

utilizando se apoderasen del valioso «cargamento» depositado en el módulo.

 

Los ADN no caerían en sus manos.

 

 

 

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También lo juré. Y lo hice por lo más sagrado que conocía: el Hijo del Hom-

 

bre…

 

He sido militar, y me siento orgulloso, pero entiendo que todo tiene un límite.

 

Mi hermano tampoco supo de estas drásticas «decisiones». No lo consideré

 

oportuno. Dado lo arriesgado de la «i dea», y las imprevisibles «consecuen-

 

cias» que podían derivarse de una «acci ón» así, preferí mantenerlo al margen.

 

Nadie le culparía. Sería yo el único responsable.

 

Así terminó aquel extraño y difícil día. Una jornada, como apuntaba ante-

 

riormente, en la que el Destino se empe ñó en mostrarnos la otra «cara» de la

 

Operación Caballo de Troya.

 

Por supuesto, lo agradecí. Era más útil y rentable saber a qué atenernos…,

 

antes de emprender la nueva y fascinante aventura. Era vital que estos ex-

 

ploradores conocieran de antemano lo que les aguardaba al retornar a su

 

verdadero «ahora».

 

Y me puse en manos de la Providencia. Ella «sabe»…

 

17 DE AGOSTO, VIERNES

 

No sé por qué pero, al asomarme al «portaaviones», me sentí optimista.

 

Cielo azul. Viento en calma… Un día magnífico, sí.

 

Los recientes y tristes «hallazgos» parecían casi olvidados. Ahora sólo con-

 

taba el inminente viaje al macizo montañoso del Hermón. E imaginé al

 

Maestro en algún bello rincón de aquel coloso nevado…

 

¿Qué haría? ¿Por qué tomó la decisión de refugiarse en un lugar tan apartado?

 

Y, sobre todo, ¿cuáles eran sus pensamientos? ¿Había concebido ya la idea de

 

lanzarse a predicar?

 

Súbitamente, sin embargo, el Destino me arrancó de estas reflexiones. Y

 

siguió tejiendo y destejiendo…

 

Fue al reparar en mis manos cuando, de pronto, el optimismo se evaporó.

 

¿Cómo no me di cuenta? Al acostarme no estaban allí… Esto tuvo que apa-

 

recer en el transcurso de la pasada noche.

 

Y los viejos temores, los familiares fant asmas, se agolparon en tropel en el

 

corazón de este cansado explorador. ..

 

¡Dios mío!

 

Lo examiné cuidadosamente, llegando a un único e inmisericorde diagnóstico:

 

la degradación neuronal avanzaba con mayor rapidez de lo inicialmente su-

 

puesto.

 

Desperté a mi hermano y, sin mediar palabra, repetí la inspección.

 

¡Afirmativo!

 

Eliseo, como yo, reaccionó con asombro. Se restregó las manos y, titubeante,

 

preguntó:

 

-¿Es grave?

 

 

 

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No supe contestar. Mejor dicho, no quise.

 

Por supuesto que lo era. Desde mi punto de vista como médico, «aquello», al

 

menos, constituía un síntoma preocupante.

 

Terminé mostrando las mías y creo que entendió.

 

-¿Y bien?

 

Moví la cabeza negativamente y, supongo, se hizo cargo.

 

De la noche a la mañana, en efecto, como un aviso, los dorsos de las manos

 

aparecieron abundantemente moteados. No había duda. Las máculas seniles,

 

de un inconfundible color rojizo oscuro y con las típicas formas circulares, nos

 

estaban invadiendo. El envejecimiento , animado por la agre sión de los ra-

 

dicales libres, seguía su curso. Y me eché a temblar…

 

Si las manchas se presentaron en cuarenta y ocho horas, ¿cuánto necesitaría

 

el resto de la patología para hacer acto de presencia? La recuperación tras los

 

desvanecimientos, ciertamente, fue bu ena. Casi óptima. Sin embargo, allí

 

estaba la verdad. El mal cabalgaba inexorablemente.

 

Luché por serenarme. Ahora, más que nunca, debía ser frío y consecuente.

 

Lo primero era someter a mi compañero, y a mí mi smo, a un concienzudo

 

chequeo. Después, ya veríamos…

 

Eliseo, dócil y preocupado, me dejó hacer.

 

Estaba claro que los capilares fallaban como consecuencia del déficit de vi-

 

tamina C. La fragilidad saltaba a la vista.

 

Al inspeccionar los ojos, sin embargo, me tranquilicé relativamente. El arco

 

corneano senil, alrededor del iris, no se había presentado aún. El gerontoxon,

 

a nivel de la córnea, con su depósito de calcio y células muertas, era otro de

 

los indicios más temido. Esta opacidad amarillenta de la superficie de la

 

córnea, por la degeneración adiposa de las citadas células corneales, podía

 

marcar el principio del fin…

 

Ninguno de los dos lucíamos aquel «aviso»…, de momento.

 

Tampoco el cabello y las unas aparecían afectados. El primero se conservaba

 

firme y lozano, sin señales de recesión o encanecimiento. Las segundas, por

 

su parte, se hallaban igualmente lim pias e íntegras. Un envejecimiento

 

prematuro las volvería quebradizas.

 

Otra cuestión fue la piel…

 

Al igual que sucediera con este expl orador, la de mi hermano acababa de

 

iniciar un preocupante proceso de secado, con una abundante descamación.

 

Estaba, por tanto, ante una piel hiperqueratósica.

 

Procuré animarle, explicando que el síntoma, aunque aparatoso y desagra-

 

dable, no era alarmante. Ni yo me lo creí…

 

El piloto continuó en silencio, cada vez más entero y reposado. E intenté

 

imitarle, aunque la verdad, sólo lo conseguí a medias.

 

Al proceder con la vista y el oído, Eliseo estalló. No pudo contenerse y se

 

desbordó en una risa li mpia y contagiosa. Aquello era absurdo, en efecto.

 

 

 

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Tanto él como quien esto escribe conservábamos unos índices inmejorables.

 

Naturalmente, los valores de presbiac usia (menor audición) y presbicia

 

(menor vista) fueron negativos.

 

Y atacado por las carcajadas bromeó:

 

-¿Dos ciegos y dos sordos a la búsque da del Maestro?… ¡Eso me suena,

 

mayor!

 

Agradecí el buen humor. Y la tensión aflojó.

 

El resto del chequeo resultó igualmente negativo. No observé los típicos

 

dolores que hubiera provocado la oste oporosis y tampoco signo alguno de

 

arteriesclerosis.

 

Respecto a la secreción neurohormonal, sólo los «nemo» podrían haber va-

 

lorado la situación del factor «tropo », responsable de la estimulación hor-

 

monal a través de la hipófisis. Y supuse que no debía de ser muy boyante.

 

En cuanto al otro «problema» -la andropausia o disminución de las hormonas

 

gonadales, con la consiguiente «caída» de la libido-, a qué

 

engañarnos: nos

 

traía sin cuidado. Después de tan prolon gada estancia en las tierras de Pa-

 

lestina era, sin duda, el único síntoma de envejecimiento que agradecíamos…

 

El balance, pues, a pesar de las apariencias, no era tan derrotista. El mal nos

 

cercaba, sí, pero, al parecer, se mantenía a distancia.

 

Aun así, dudé.

 

La patología, la enfermedad, anidaba en nuestro interior y, tarde o temprano,

 

nos asaltaría.

 

¿Qué decisión tomaba?

 

Si el daño nos conquistaba gradualmente quizá tuviéramos una oportunidad.

 

Quizá, al detectar el primer indicio grave, fuéramos capaces de abortar la

 

misión, regresando de inmediato a Masada y a nuestro legítimo «ahora». Pero

 

esto sólo eran suposiciones…

 

¿Qué sucedería si la memoria, por ej emplo, fallaba repentinamente? ¿Qué

 

sería de nosotros si las neuronas se colapsaban sin previo aviso, originando

 

un accidente cerebrovascular? ¿Qué hacer ante una pérdida de visión?

 

Aquellas muy reales posibilidades me mantuvieron absorto el resto de la

 

jornada. Fue otro mal trago. Y todo quedó pospuesto.

 

Por último, al atardecer, abrumado, incapaz de hallar por mí mismo una

 

solución responsable, me reuní con Eliseo. Fui medianamente franco. Detallé

 

algunos de estos peligros -no todos- , expresando mis dudas sobre la con-

 

veniencia de emprender la misión.

 

Escuchó paciente y resignado. Pero, al pronunciar la frase clave -«entiendo

 

que deberíamos suspender el proyecto »-, se descompuso. Olvidó rango y

 

amistad y me tachó de cobarde, pusilánime y no sé cuántas otras «lindezas».

 

Lo encajé sin alterarme. Hasta cierto punto era comprensible. Y dejé que se

 

vaciara.

 

Abandonó la «cuna» y lo vi alejarse hacia el manzano de Sodoma. Fue un

 

 

 

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momento amargo. El primer enfrentamien to serio. ¿Era en verdad un co-

 

barde?

 

El pensamiento me torturó.

 

Quizá tenía razón… Ya lo habíamos hablado. Ya convenimos que nuestra

 

salud no era lo importante. Entonces…

 

Sí, un cobarde…

 

Y aquella magnífica y poderosa «fuerza» que nos asistía me puso en pie. Salté

 

a tierra y, decidido, salí al encuentro de Eliseo.

 

No hubo muchas palabras.

 

Fui yo quien solicitó disculpas. Y el noble amigo, sonriendo abiertamente, se

 

encargó del resto:

 

-No, soy yo quien te pide perdón… Y ahora, escúchame… Comprendo que la

 

situación no es óptima. Si quedáramos disminuidos físicamente en este

 

tiempo, tal y como apuntas, no sé qué sería de nosotros y, muy es-

 

pecialmente, de la valiosa información que se nos ha concedido…

 

¿A dónde quería ir a parar? Al punto, con idéntica seguridad, aclaró la cues-

 

tión:

 

-… Pues bien, te propongo una vía intermedia.

 

Me observó fijamente. Sin pestañear. Y tras la breve y estudiada pausa,

 

proclamó:

 

-Prosigamos. Busquemos al Maestro. Cumplamos la misión…, hasta donde

 

sea posible. Y al primer síntoma grave, al primero…, regresemos.

 

Su mirada se intensificó. Yo diría que brilló.

 

-¿Aceptas?

 

Sonreí complacido. Su devoción e interés por aquel Hombre eran más fuertes

 

y profundos que los míos.

 

Le tendí la mano.

 

-Hecho… Pero con una condición…

 

Aguardó impaciente.

 

-Llegado ese momento, cuando la nave despegue del Ravid, no deberás

 

preguntar…, sobre lo que veas. Sencillamente, acéptalo.

 

Frunció el ceño, sin comprender. Pero, astuto, no indagó.

 

-Hecho…, mayor. Usted está al mand o… Llegado ese instante tendrá un

 

copiloto ciego, sordo y mudo. Lo normal en nuestra situación…

 

Recompuesto el ánimo, olvidado el ag rio enfrentamiento, nos enfrascamos en

 

el último repaso del plan y de la modesta impedimenta.

 

Como mencioné, si la información de l anciano Zebedeo era correcta, en

 

aquellos días -agosto del año 25 de nuestra era-, el Galileo debía de encon-

 

trarse en algún lugar del macizo montañoso que espejeaba al norte. En mi

 

poder obraban dos valiosas pistas que, quizá, si la fortuna seguía de nuestro

 

lado, nos permitirían localizarlo con relativa facilidad (?).

 

En teoría, el plan era sencillo.

 

 

 

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A la mañana siguiente, al amanecer, abandonaríamos el Ravid, encami-

 

nándonos hacia la primera desembocad ura del Jordán, en las cercanías de

 

Saidan. Desde allí, a buen paso, remontando el río, podíamos alcanzar la orilla

 

sur del lago Hule (Semaconitis) antes del ocaso. La segunda etapa del viaje,

 

prevista para el domingo, 19, era más compleja. Y no por la distancia a re-

 

correr -prácticamente similar a la del d ía anterior-, sino por el hecho de

 

penetrar en las estribaciones del inmenso Hermón. El macizo, integrado por

 

múltiples alturas, sumaba más de sesenta kilómetros de longitud. Todo un

 

laberinto. Si las pistas fallaban, la bú squeda de Jesús de Nazaret sería un

 

empeño casi inviable.

 

Pero no quisimos pensar en esa posibilidad. Lo importante, de momento,

 

como repetía Eliseo, «era llegar al río». Una vez allí, ya ve

 

ríamos cómo

 

«cruzarlo»…

 

Si lo hallábamos, si en contrábamos al Maestro, y si las fuerzas nos acom-

 

pañaban, el trabajo consistiría en seguirlo. Vivir a su lado día y noche. Reunir

 

toda la información posible. Conocer sus pensamientos, deseos y proyectos.

 

Averiguar, en definitiva, quién era aquel Hombre…

 

Ni qué decir tiene que, conforme fuimos chequeando el plan, mi compañero se

 

encendió, contagiándome su entusiasmo. El instinto (?) nos gritaba que lo

 

teníamos al alcance de la mano. Estábamos a punto de desvelar otro miste-

 

rioso e ignorado capítulo de su vida…

 

Aquellos intensos momentos, francamente, nos compensaron de las pasadas

 

amarguras. Parecíamos niños, ilusion ados con la magia de un encuentro

 

largamente deseado.

 

Y fue el pletórico ingeniero quien plante ó también una de las cuestiones clave:

 

¿nos reconocería?

 

El problema era arduo.

 

Si nos ajustábamos a un criterio estrictamente racional, ese «reconoci-

 

miento» era imposible. Lo habíamos cono cido en el año 30. Es decir, en el

 

«futuro». Obviamente, al retroceder cinco años, Él no podía saber quiénes

 

eran aquellos griegos. ¿O sí? Y en mi mente surgió la increíble escena en la

 

casa de Lázaro, en Betania. El Maestro, a pesar de ignorarlo todo sobre mí,

 

dejó a los suyos y, avanzando hacia quien esto escribe, fue a posar sus largas

 

y velludas manos sobre mis hombros. Y haciéndome un guiño, sonriendo,

 

exclamó:

 

«Sé bien venido.»

 

Aquello ocurrió un 31 de marzo, viernes. Nunca lo olvidaré.

 

Pues bien, si fue capaz de tal recibimiento en dicho año 30, ¿qué sucedería

 

ahora, en el 25?

 

El examen de los petates e indumentar ias fue rápido. No era mucho lo que

 

precisábamos. En cambio, sí necesitábamos dormir y reponer las maltrechas

 

fuerzas.

 

 

 

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Dineros.

 

Optamos por introducir quince denarios de plata en cada una de las bolsas de

 

hule que colgarían de los respectivos ceñidores. Las setenta monedas res-

 

tantes -capital sobrante de la Oper ación Salomón- permanecerían en la

 

«cuna» junto al valioso ópalo blanco y lo s providenciales diamantes sintéticos,

 

que tan excelente «juego» nos proporcionaron en el desierto. Según nuestros

 

cálculos -basados siempre en las noticias del Zebedeo padre-, el regreso de

 

Jesús al yam (mar de Tiberíades) debería registrarse en los primeros días de

 

setiembre, más o menos. En ese mo mento, inexcusablemente, ascende-

 

ríamos al Ravid, reaprovisionándonos. En principio, por tanto, si no surgían

 

imprevistos, esas treinta piezas de plata (equivalentes al salario mensual de

 

un jornalero) cubrirían las necesidades básicas de aquellos exploradores.

 

Agua y medicinas.

 

Cargaríamos también sendas calabazas ahuecadas, a guisa de cantimploras,

 

con tres litros de agua cada una, previamente tratada en el módulo. Como ya

 

informé, tanto la producida en la nave como la recogida del exterior, si-

 

guiendo la normativa, eran filtradas y sometidas a ebullición, con el fin de

 

evitar los gérmenes. Los quistes Entamoeba histolyíica y Giardia lamblia re-

 

cibirían un tratamiento especial con tintura de yodo de hasta diez gotas por

 

litro (a un 2 por ciento). Estos parásitos, muy frecuentes en aquellas latitudes,

 

eran resistentes, incluso a la cloración.

 

A decir verdad, estas precauciones, muy loables y necesarias, terminaban

 

siendo impracticables a los pocos días de iniciada una exploración. Por lógica,

 

el agua se agotaba y nos veíamos obligados a consumir la que aparecía más

 

a mano. Para evitar estos problemas, además de ser extremadamente es-

 

crupulosos a la hora de beber, incluimo s en las ampolletas de barro de la

 

«farmacia» de campaña abundantes dosi s de fármacos antiinfecciosos. Co-

 

ntra el paludismo, por ejemplo, ambo s ingeríamos, obligatoriamente, tres-

 

cientos miligramos de cloroquina dos veces por sema na, reforzando la barrera

 

quimioprofiláctica con una asociación de pirimetamina-dapsona. (Teníamos

 

fundadas sospechas de que algunas de las cepas -caso de la P. falciparum-

 

eran resistentes a la citada cloroquina.)

 

El resto de la «farmacia», amén de lo ya habitual, lo integraba uno de los

 

providenciales específicos antioxidantes, la dimetilglicina. En total dispuse

 

una treintena de tabletas para cada uno. Con ello, el tratamiento estaba a

 

salvo durante un mes.

 

Por último, haciendo caso omiso a las protestas de Eliseo, los ropones fueron

 

cuidadosamente plegados y depositados en el fondo de los sacos. A pesar de

 

las altas temperaturas del verano en la Galilea convenía ser prudente

 

s y

 

cargar con los incómodos mantos de lana. Las noches en el Hermón no tenían

 

nada que ver con las del yam. Seguramente lo agradeceríamos…

 

En cuanto a mi petate, tr as reflexionar, decidí completarlo con los últimos

 

 

 

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papiros existentes en la «cuna»

 

y que tan útiles habían resultado en la tr anscripción de lo escrito por el Ze-

 

bedeo padre respecto a los años «secretos» del Maestro. Lo pensé y terminé

 

decidiendo que lo más adecuado era tomar notas sobre la marcha. Las pa-

 

labras del rabí, los suceso s cotidianos, así como nuestras impresiones per-

 

sonales, serían minuciosa y puntualmente registrados. La memoria era buena,

 

pero prefería anotarlo todo, día a día. Para ello sólo contaba con aquel rústico

 

soporte vegetal, del tipo amphitheatrica. Gradualmente, co nforme lo nece-

 

sitara, iría reponiéndolo, redondeando as í el precioso «diario». Cada hoja,

 

como ya expliqué, de ocho por diez pulgadas (veinticuatro por treinta cen-

 

tímetros), permitiría escribir por ambas caras, siendo enlazadas a continua-

 

ción con un sencillo cosido. E incluí, lógicamente, un par de cala-mus o ca-

 

rrizos, cortados oblicuamente y convenientemente hendidos, que servirían de

 

plumas. Junto a ellos, tres pequeños «cubos» de tinta solidificada -de unos

 

doscientos gramos de peso cada uno- , con el correspondiente y necesario

 

tintero de barro. La tinta, fabricada con hollín y goma, se conservaba seca,

 

siendo diluida en agua cuando el escribano se disponía a escribir.

 

Provisiones.

 

Este capítulo sería resuelto en la cercana plantación de los felah. Nada más

 

descender del Ravid intentaríamos adquirir lo necesario.

 

Seguridad personal.

 

Poco cambió. En principio, con lo habitual era más que suficiente: «piel de

 

serpiente» cubriendo la totalidad del cu erpo, «tatuajes» en las respectivas

 

manos izquierdas y la inseparable «vara de Moisés», provista de los ya co-

 

nocidos sistemas de defensa (láser de gas y ultrasonidos). En un primer

 

momento, dado que aquel tercer «salto» era extraoficial, pensamos en retirar

 

el resto de los dispositivos de análisis alojado en el cayado de «augur». Final-

 

mente opté por dejarlos donde estaban. Quizá fueran útiles. La verdad es que

 

no sabíamos a qué nos enfrentábamos. Por otro lado -y de esto, obviamente,

 

no dije nada a mi compañero-, si aquella malévola «idea» continuaba cre-

 

ciendo en mi cerebro, no tenía por qu é preocuparme por dichos dispositivos…

 

Seguridad de la «cuna».

 

Como en la Operación Salomón, fue confiada al inflex ible e «insomne» «Santa

 

Claus».

 

Los dos largos meses de ausencia, como ya manifesté, sirvieron de ejemplo y

 

lección. El ordenador nunca falló.

 

Como precaución extra, sin embargo, Eliseo sugirió la desconexión de las

 

mangueras que suministraban oxidante y combustible al J 85 y a los restantes

 

motores. El tetróxido de nitrógeno y la mezcla de hidracina y dimetril hidra-

 

cina asimétrica (al cincuenta por cien to) eran propulsores hipergólicos (es

 

decir, se queman espontáneamente cuando se combinan, sin necesidad de

 

ignición). Y aunque el riesgo era muy remoto, algo así hubiera ocasionado una

 

 

 

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catástrofe, dejándonos en aquel «tiempo» para siempre…

 

Los tanques, por tanto, fueron convenientemente aislados. El ordenador, por

 

su parte, se responsabilizaría del chequeo de los mismos, velando para evitar

 

cualquier fuga. La alta toxicidad, en el caso de emanación, habría resultado

 

letal para todo el entorno, incluyendo, naturalmente, a los pilotos.

 

En el caso de una alta emergencia -a lgo realmente improbable-, la compu-

 

tadora fue programada para modificar la direccionalidad del «ojo del

 

cíclope»,

 

advirtiéndonos. En dicho supuesto, el último cinturón protector -el de los

 

microláseres- sería dirigido hacia el cielo. Si nos hallábamos en el yam, o en

 

sus alrededores, el abanico infrarrojo podía ser detect ado con el auxilio de las

 

«crótalos». Todo era cuestión, entonces, de retornar de inmediato a la cima

 

del Ravid. La privilegiada atalaya, como creo haber mencionado, se encon-

 

traba a diez kilómetros en línea rect a de Nahum y a catorce de la pequeña

 

localidad costera de Saidan. Suficiente para «visualizar» el «faro» de los

 

microláseres.

 

Y, satisfechos y nerviosos, nos retiramos a descansar.

 

Al poco, sin embargo, mi hermano volvió a levantarse. Parecía preocupado.

 

Lo atribuí a lo inminente del viaje y, quizá, al no muy lejano encuentro con el

 

Hijo del Hombre. Pero, ante mi sorpresa, descendió a tierra, perdiéndose en la

 

oscuridad. Aquello me intranquilizó.

 

¿Qué sucedía?

 

Supongo que fue lógico. Por mi mente desfiló de inmediato la vieja amenaza

 

del deterioro neuronal.

 

¡Dios!… ¡Otra vez no!

 

¿Es que presentaba algún nuevo síntoma? ¿Cuál de ellos?

 

E inquieto lo busqué a través de las escotillas.

 

Imposible. La luna nueva caía negra y espesa sobre el «portaaviones».

 

¿Y si estuviera equivocado?

 

Debía contenerme.

 

Quizá se trataba, únicamente, de un insomnio pasajero, fruto de la tensión…

 

No, mi hermano disfrutaba de unos nervios de acero. Siempre dormía como

 

un bendito…

 

Tenía que sacudirme aquella maldita duda.

 

Media hora más tarde, ansioso, cuando me disponía a saltar, lo vi llegar.

 

Se sorprendió al verme en pie. Y, co mprendiendo, se excusó, explicando el

 

porqué de la repentina salida al exterior.

 

Al escucharle, mi estima por aquel es píritu limpio y generoso creció nota-

 

blemente. La verdad es que la Provid encia -estoy convencido- tuvo mucho

 

que ver en la «organización» de aquel gran «viaje». De haber tropezado con

 

otro piloto, nada hubiera sido igual…

 

Naturalmente asentí, aprobando la sugerencia. A pesar de los pesares,

 

cumpliríamos…

 

 

 

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Mi hermano, según confesó, se vio as altado por una duda. Él, como yo, seguía

 

teniendo presente la súplica del general Curtiss antes de partir hacia el se-

 

gundo «salto»:

 

«… Llevad también este retoño y plantadlo en nombre de los que quedamos

 

a este lado… Será el humilde y secr eto símbolo de unos hombres que sólo

 

buscan la paz. Una paz sin fronteras. Un a paz sin limitaciones de espacio…, ni

 

de tiempo. ¡Gracias!…»

 

Pues bien, después de lo descubierto e intuido, el joven no supo qué hacer.

 

¿Me recordaba la presencia en el módulo del vástago de olivo? ¿Aceptaría su

 

propuesta? ¿Me mostraría conforme con el hecho de transportar el retoño y

 

plantarlo en alguna parte?

 

Los recientes acontecimientos, colocando a Curtiss y a su gente en una si-

 

tuación tan reprobable, lo frenaron. Él deseaba cumplir la palabra dada, pero

 

desconocía mis sentimientos.

 

Lo tranquilicé. Cumpliríamos. Aunque no merecían nuestro respeto, cumpli-

 

ríamos…

 

Después de todo, aquel olivo no representaba únicamente a unos pocos, sino

 

a toda la Humanidad. Era nuestro modesto homenaje al Hombre que más ha

 

hecho por la paz.

 

Y el vástago, «hijo de una época», fu e igualmente depositado en su saco,

 

dispuesto para ser trasplantado a «otra».

 

Curioso. La sugerencia de Eliseo terminaría haciendo feliz a quien menos

 

imaginábamos…

 

Cosas del Destino.

 

Y la noche y el silencio -como una bella premonición- me trasladaron lejos,

 

muy lejos…

 

Nunca olvidaré aquel sueño.

 

18 DE AGOSTO, SÁBADO

 

¿Fue sólo un sueño?

 

Quién sabe…

 

Recuerdo que nos hallábamos en una pequeña meseta, rodeada de espesos

 

bosques…

 

En la ensoñación no identifiqué el lugar, pero yo sabía que era el Hermón…

 

Eliseo estaba conmigo, a mi lado. Y al fondo, resplandeciente, la «cuna»…

 

Hablábamos con el Maestro…

 

Más allá, cerca de la nave, Pedro y lo s hermanos Zebedeo nos miraban es-

 

pantados… Parecían medio dormidos…

 

Jesús, mi hermano y quien esto escr ibe conversábamos sobre el «futuro»,

 

sobre nuestra misión y lo que nos aguardaba al retornar a nuestro verdadero

 

«ahora». El Maestro lo conocía todo. Y nos aconsejó valor y confianza. Todo

 

 

 

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saldría bien…

 

Era extraño. Hablábamos, sí, pero no escuchábamos sonidos… Sin embargo,

 

nos entendíamos…

 

Fueron momentos intensos y felices. Una paz desconocida nos invadía…

 

Pero lo más increíble (?) es que, triunf ando sobre el radian te sol, rostros,

 

manos y vestiduras irradiaban una luminosidad blanca, intensa y deslum-

 

brante…

 

El Maestro, después, se refirió a su próximo ingreso en Jerusalén. Notamos

 

cierta tristeza…

 

Eliseo le animó.

 

Por último, tras abrazarnos, regresam os al módulo. Ento nces, los íntimos

 

corrieron hacia Jesús. Y al pasar ante nosotros, con gran veneración, se de-

 

cían unos a otros:

 

«Son Moisés y Elías.»

 

Mi hermano quiso hablar. Sacarles del error, pero yo tiré de él, recordándole

 

que «eso estaba prohibido»…

 

¡Dios mío!… ¡Qué absurdo!… ¿Absurdo? Hoy no estoy tan seguro.

 

Despegamos y, de pronto, algo falló…

 

«Santa Claus» se volvió loco… Las alarmas acústicas atronaron la cabina…

 

¡Peligro!… ¿Qué sucedía?

 

En ese instante desperté… Mejor dicho, me despertaron.

 

-¡Jasón!… ¿Qué ocurre?… ¿Qué ha fallado?

 

Inmenso todavía en el recuerdo del aparentemente «loco» (?) sueño necesité

 

unos segundos para reaccionar. ¿Dónde estaba? ¿Seguía en el Hermón?

 

-¡Jasón!… ¡Peligro!…

 

Salté de la litera y, confuso, me dirigí al panel de mando.

 

Aquello era un manicomio.

 

El ordenador había disparado las señales luminosas y acústicas. En el exterior,

 

los hologramas, con las gigantescas ratas-topo agitándose y chillando, mul-

 

tiplicaron la confusión.

 

-Pero, ¿qué sucede?… ¿Qué es eso?

 

Algo se movía y llenaba la pantalla del 2 D, el radar de alerta temprana (AT).

 

Eran cientos, miles, de target.

 

Eliseo desconectó las alarmas y el silencio nos favoreció. Debíamos obrar con

 

un máximo de cautela y precisión.

 

Fui serenándome.

 

-¡Jasón!… ¿qué diablos es eso?

 

No supe responder. No tenía ni idea. Algo, en efecto, acababa de irrumpir en

 

el «portaaviones» haciendo saltar la totalidad de los cinturones de protección,

 

incluido el gravitatorio, a 205 metros de la «cuna».

 

-No veo nada… Las imágenes infrarro jas sólo detectan pequeños cuerpos

 

calientes…

 

 

 

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Afiné la resolución, amplificando los target. -Negativo. «Santa Claus» dis-

 

tingue únicamente focos de calor… ¡Son seres vivos!…

 

¿Miles y miles?

 

Consulté los relojes. Faltaban diez minutos para el alba.

 

-Está bien. Nos arriesgaremos… ¡Anula defensas!

 

Eliseo me miró perplejo.

 

-¡Por Dios, obedece!… ¡Desconecta!… ¡Voy a salir!…

 

No había alternativa.

 

Tomé la «vara» y me lancé a tierra. No sabíamos qué era «aquello», pero

 

tampoco podíamos quedarnos con los br azos cruzados. El «intruso» era lo

 

suficientemente importante como para haber violado toda nuestra seguridad.

 

No necesité caminar mucho. A escasos me tros de la muralla en ruinas, «algo»

 

alado, ligero y silencioso se precipitó sobre este atónito explorador, cu-

 

briéndolo de pies a cabeza.

 

¡Dios!

 

Mi hermano, a la escucha a través de la conexión auditiva, irrumpió alarmado:

 

-¡Jasón!… ¿Estás bien?… ¿Qué es eso? … ¡Veo miles de focos calientes!…

 

¡Responde!

 

Y contesté, claro está.

 

-¡Maldita sea!… ¡Están por todas partes!…

 

Cuando acerté a quitármelos de encima creí entender. Pero «otros» cayeron

 

de nuevo sobre mí colocándome al borde de la histeria…

 

Los toqué y, al tacto, a pesar de la oscuridad, me parecieron insectos. Pero

 

eran enormes…

 

Minutos más tarde -a las 4.55-, con las primeras luces del amanecer, el susto

 

fue disipándose.

 

Respiré aliviado.

 

-¡Falsa alarma!… Sufrimos una plaga…

 

La cima, en efecto, se vio asolada po r una «nube» de mariposas -de hasta

 

diez y quince centímetros de envergadura-, de alas blancas, naranjas y ne-

 

gras, con unos tórax y cabezas igualmente oscuros. Se hallaban por doquier…

 

Al penetrar en la planicie e invadir las barreras de seguridad, microláseres, IR,

 

hologramas y gravitatorio «despertaron» a «Santa Claus», «volviéndolo lo-

 

co».

 

¡Qué extraña y singular «conexión» con el sueño del monte Hermón!

 

Al regresar al módulo y analizar uno de los ejemplares, el banco de datos nos

 

dio la respuesta. Se trataba de la Danaus chrysippus, un lepidóptero dotado

 

de brillantes colores de ad vertencia cuyo principal alimento -¡qué casualidad!-

 

lo integran las hojas de los manzanos de Sodoma, así como otros vegetales de

 

la familia de las asclepias. Durante la pr imavera y el verano, por lo visto,

 

forman inmensos «enjambres», precip itándose como una maldición bíblica

 

sobre los oasis, la costa o